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Las otras vidas
Tribuna
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En un paisaje de murallas

Los israelíes ilustrados, agudamente críticos con el poder, se saben abandonados por una parte considerable de la izquierda internacional, encallada en la fidelidad a sus propios estereotipos y maniqueísmos

En un paisaje de murallas / Antonio Muñoz Molina
SR. GARCÍA

En el breve viaje entre Tel Aviv y Jerusalén se ve un gran muro de hormigón desnudo y alambre espinoso subiendo y bajando a través de un paisaje de colinas áridas, pinares y olivares que se parece mucho al de la Andalucía interior. El muro da una sensación de inmensidad bajo el cielo muy azul, interrumpido por torres de vigilancia, con algo arcaico de fortaleza ciclópea. Es al acercarse a él cuando se advierte su brutal modernidad, como el tajo de un hachazo de nueve metros de altura, del mismo tono gris que las autopistas que discurren a su costado y con frecuencia también son en sí mismas murallas de separación entre palestinos e israelíes. Israel es un país muy pequeño, atravesado por muros visibles e invisibles que vuelven todavía más angosto el espacio, marcado por límites, por puestos de control, por contrastes tan bruscos como los que podrían separar épocas lejanas entre sí y, sin embargo, contiguas. Al llegar a la zona del Muro de las Lamentaciones, lo que sorprende es lo reducido del espacio. Hay que atravesar un pasadizo subterráneo bastante oscuro y de techo muy bajo y un control de seguridad. Justo encima de este lienzo escaso de una antigua muralla contra la que rezan devotos barbudos vestidos de negro, está la Explanada de las Mezquitas, en una yuxtaposición espacial que es el reverso de una insalvable distancia teológica y política. Familias ultraortodoxas tan innumerables como tribus bíblicas desfilan sumergidas en su propio mundo, las miradas ajenas a todo lo que está fuera de él. No muy lejos de allí están las calles muy estrechas y mucho menos limpias de la ciudad musulmana, dentro de las cuales también hay zonas fronterizas: en Jerusalén Este, igual que en Cisjordania, se multiplican los asentamientos de colonos ultraortodoxos, urbanos y no rurales, pero con una idéntica actitud de ocupación y fortaleza asediada. En los paisajes del campo, con su belleza austera, los asentamientos parecen colonias compactas de adosados en un páramo español, también rodeadas de muros y alambradas, con torres y reflectores, con carreteras de acceso exclusivo.

Hay muros visibles que se marcan como cicatrices sobre una tierra inhóspita, y otros que no se ven y pueden ser todavía más radicales. En 2007, la primera vez que yo estuve en Israel, se notaba mucho la distancia entre Tel Aviv y Jerusalén, la capital relajada y cosmopolita junto al mar y la ciudadela de todas las ortodoxias posibles, amurallada en lo alto de su colina desnuda, con sus callejones estrechos y sus expediciones de turismo religioso. La atmósfera urbana de Tel Aviv estaba marcada por el horizonte del mar y por los edificios de la Bauhaus, levantados desde mediados de los años treinta por arquitectos judíos huidos de Alemania. En Jerusalén, por el contrario, ha prevalecido un historicismo que fue impuesto en los tiempos del dominio británico, una fidelidad, a mi juicio funesta, a la piedra blanca como osamenta pulida y a un vago aire medieval. En Tel Aviv reinaba esa atmósfera discutidora y siempre algo febril de las grandes capitales de cultura judía, Nueva York o Buenos Aires. Israel es un país de una informalidad muy desenvuelta, incluso áspera. Pero en Jerusalén se notaba mucho más que en Tel Aviv el peso de lo institucional, la presión creciente del integrismo religioso y político.

Volví a Jerusalén en 2013, y la ciudad me pareció cambiada, con zonas de vida nocturna y restaurantes de aire europeo, con una mayor viveza y libertad en las costumbres, al menos entre la gente laica y progresista con la que me relacionaba. Pero las divisiones políticas se agrandaban cada vez más, por el peso agobiante de la extrema derecha y el integrismo religioso, y por la pérdida de influencia y la debilidad de una izquierda que se había quedado sola en la defensa de una solución justa para la frontera más grave y más cruel de todas, la representada visiblemente por ese muro que corta en dos el paisaje. Hablé con personas que habían perdido a seres queridos o habían sufrido heridas y traumas ellas mismas por culpa de las olas de atentados de 2002 y 2003, cuando los terroristas palestinos se autoinmolaban en mitad de una calle o en el interior de un autobús lleno de gente: hubo cerca de 500 muertos tan solo en 2002. La realidad es dolorosa, y complicada. Personas que habían sufrido en carne propia en esos atentados, y que habían seguido perteneciendo a asociaciones pacifistas y de apoyo a la población palestina, me decían que ese muro de injusticia y vergüenza había servido también para salvar vidas, haciendo más difícil el paso de los terroristas desde los territorios ocupados. Defender los derechos de la población palestina desde el confort de una ciudad europea sin duda es meritorio, pero no muy arriesgado. Hacerlo en Israel, bajo la amenaza permanente de un atentado o de un cohete venido del otro lado de una frontera siempre cercana, requiere un temple moral y físico del que no todos seríamos capaces. Los israelíes ilustrados, agudamente críticos con el poder, activistas del laicismo, sublevados contra las corruptelas, el oportunismo cínico, el extremismo del Gobierno de Netanyahu, también se saben abandonados por una parte considerable de la izquierda internacional, encallada en la fidelidad a sus propios estereotipos y maniqueísmos, tan enfervorizada en la defensa de la causa palestina que confunde a veces a terroristas sanguinarios con luchadores por la libertad, y siente tanta compasión por las víctimas de las agresiones de Israel que ya no le queda ninguna para las otras víctimas israelíes que no son menos inocentes. La derecha sufre una miopía inversa. La melancolía incurable que transpiran los escritos políticos de David Grossman y de Shlomo Ben Ami tienen que ver con esa soledad interior y exterior a la que parecen destinados los ciudadanos israelíes que piensan como ellos.

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Ahora que la monstruosidad de la guerra tiende a borrar todos los matices y toda esperanza de concordia es cuando se vuelven más necesarias esas voces de lucidez y templanza. En Jerusalén y en Tel Aviv oí hablar mucho de la muralla de Gaza, y del hacinamiento y la pobreza que hay al otro lado, pero yo no llegué a verla. Era mucho más tecnológica que el muro de Cisjordania, con sus torres de telefonía, sus sensores de movimiento y de calor, sus videocámaras y ametralladoras guiadas por control remoto: un tramo más de la gran muralla que se está erigiendo para proteger a los privilegiados de los pobres, desde los desiertos de la frontera entre Estados Unidos y México a la valla de Melilla, y a las que levantan los países más xenófobos del este de Europa. En Israel advertí que muchas personas se habían acostumbrado a vivir como si al otro lado de las fronteras visibles e invisibles no hubiera nadie. Para los ultraortodoxos el mundo secular no existe. Se puede vivir a unos pasos de una muralla más allá de la cual hierve una población exasperada de dos millones y medio de personas. Ahora el espanto de los ojos abiertos solo ofrece un horizonte de mortandad y de ruinas. Pero más pronto o más tarde llegará el alto el fuego, y habrá que apartar los escombros y reconstruir poco a poco la cotidianidad de la vida, que será más segura en la medida en que se levanten viviendas dignas, escuelas, hospitales y caminos abiertos, y no murallas de hormigón o de tecnología. Ya sé que esto parece imposible, en esta hora de los incendiarios y los vengadores, del ojo por ojo y el diente por diente. Pero la alternativa, tal como está el mundo, da miedo imaginarla.

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