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COLUMNA
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El tercer Lula: ni revanchas, ni amnistías

El nuevo Gobierno brasileño no lo tendrá tan fácil, tendrá que enfrentar a una oposición que se ha pasado cuatro años amenazando con un golpe institucional

El presidente de Brasil, Lula da Silva, después de su toma de posesión en Brasilia, el pasado 1 de enero.
El presidente de Brasil, Lula da Silva, después de su toma de posesión en Brasilia, el pasado 1 de enero.André Borges (EFE)
Juan Arias

Instalado el nuevo gobierno progresista brasileño dirigido por tercera vez por el izquierdista Lula da Silva, que sustituirá a la extrema derecha golpista bolsonarista, se plantea qué hacer con los que fueron responsables por la grave crisis, incluso institucional, a la que fue sometido el país. Y han resonado, al respecto, dos palabras claves en los varios discursos de Lula.

Las primeras afirmaciones en los discursos del nuevo jefe de Estado se resumen en el rechazo a la “revancha y la amnistía”. Lula ha encuadrado dichas realidades con total claridad. Nada de venganzas inútiles, ya que lo que necesita el país es un nuevo espíritu de reconciliación nacional tras haber salido salomónicamente dividido por la crisis de gobierno de Bolsonaro.

Pero si no habrá venganzas que ensombrezcan más aún el clima de cisma dentro del país, tampoco habrá amnistía de los “crímenes” cometidos en estos cuatro años. Todos sus protagonistas tendrán que dar cuentas ante la justicia aunque “con derecho a la legítima defensa dentro del debido proceso legal”.

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Ello es importante porque lo que se barajaba en los perdedores bolsonaristas era la concesión de un indulto al expresidente Jair Bolsonaro que ahora, por primera vez en toda su vida política, se queda sin ningún cargo que le conceda la llamada “impunidad parlamentaria”.

El Gobierno de Bolsonaro había tentado aprobar una ley en el Congreso que concediera, por primera vez a los expresidentes el cargo de senador vitalicio, lo que le concedería una coraza contra posibles condenaciones judiciales. No lo consiguieron y hoy Bolsonaro es sólo un ciudadano más que debe responder de sus posibles crímenes.

Aunque sin citar su nombre, Lula tachó al expresidente de “genocida” por las víctimas de la pandemia de la covid, con uno de los balances de muertes mayores del mundo, según una investigación llevada a cabo por el Senado durante seis meses. Quedó claro en esa investigación que Bolsonaro no solo boicoteó el uso de las vacunas sino que llegó a burlarse, imitando a los que morían asfixiados en los hospitales por falta de oxígeno.

Lula ha sido tajante: “Las responsabilidades de este genocidio deben ser investigadas y no pueden quedar impunes”, dijo alzando la voz en su discurso en el Congreso. Y por lo que se refiere a las bravatas de Bolsonaro contra la democracia en los cuatro años que se pasó amenazando con un golpe de Estado militar, Lula fue contundente: “El mandato que recibimos frente a adversarios inspirados en el fascismo será defendido con los poderes que la Constitución confiere a la democracia”. Y añadió: “Al odio responderemos con amor, a la mentira con la verdad, al terror y a la violencia con la ley y sus más duras consecuencias”.

Ese va a ser el programa del nuevo gobierno en el que por primera vez, el mayor partido de la izquierda, el Partido de los Trabajadores (PT), llega al poder de la mano de compañeros de partidos del centro y hasta de la derecha no golpista, algo que se hizo imprescindible para derrotar al nuevo fascismo que se había instalado.

En muchas décadas un nuevo gobierno llega al poder en Brasil después de cuatro años de tierra arrasada, con índices tan altos de pobreza y hasta de personas con hambre, y sobretodo con una sociedad tan dividida y envenenada. De ahí que el nuevo Gobierno de Lula no lo tendrá tan fácil ya que tendrá que enfrentar a una oposición esta vez no simplemente de derechas sino de cuño dictatorial que se ha pasado cuatro años amenazando con un golpe institucional.

Habrá ahora que ver y analizar día a día cómo piensa comportarse la oposición derrotada y humillada en las urnas. Habrá que ver si Bolsonaro, que por el momento ha enfurecido a los suyos huyendo a los Estados Unidos y ha sido tachado de cobarde, se quedará fuera de Brasil por miedo a ser juzgado y encarcelado por sus presuntos crímenes o intentará retomar las riendas de la oposición al nuevo gobierno.

Según los analistas políticos, todo ello dependerá también de cómo el nuevo gobierno ponga o no en práctica, y ya, sin esperar ni un día, sus promesas no solo de reconciliación nacional sino de devolver al país sus posibilidades de crecimiento económico que ya tuvo en el pasado y de rescatar de la miseria a los 30 millones que apenas si tienen para comer.

Lula tendrá que olvidarse esta vez de que su gobierno es solo del PT, su partido, aunque acapare los ministerios más importantes. Tendrá que entender que está formado por un arco amplio de fuerzas democráticas dispuestas a poner un dique a la amenaza de ruptura institucional que hasta hace días amenazaba al país. Un peligro que sigue latente a pesar de la euforia natural de la renovación que trae en su mochila el nuevo gobierno después de las tinieblas en las que lo había sumergido el aluvión destructivo de Bolsonaro, que había aislado del mundo a la potencia que Brasil supone en el continente americano.

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