Columna
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El jaguar y el chuletón bañado en oro

La selección brasileña traslada los dilemas del país al césped de Qatar

Aficionados brasileños animaban el lunes a su selección en Río de Janeiro durante el partido contra Corea del Sur.
Aficionados brasileños animaban el lunes a su selección en Río de Janeiro durante el partido contra Corea del Sur.ANDRE COELHO (EFE)

Cuando empezó el Mundial de 2022, apoyar a Brasil no era fácil para algunos de los que habían votado a Lula en las elecciones. La corrupción de la Confederación Brasileña de Fútbol ya había mancillado bastante la camiseta de la selección, pero nada comparado con su usurpación, junto con otros símbolos del país, por parte de la extrema derecha encarnada por Jair Bolsonaro. El Mundial empezó y los bolsonaristas, vestidos con la camiseta amarilla, seguían pidiendo un golpe militar ante los cuarteles del ejército. Una de las figuras públicas más entusiastas de Bolsonaro es Neymar, el principal jugador brasileño. ¿Cómo sentarse frente a la televisión con una bolsa de palomitas para apoyar a Neymar y a una selección de niños multimillonarios? ¿Y cómo no hacerlo, en un país cuya identidad se ha definido en gran parte por el fútbol?

Que el Mundial se juegue en la dictadura de Qatar, opresora de las mujeres, homofóbica, corrupta y con un pasado y un presente de violaciones de los derechos humanos y de la naturaleza, revela mucho del negocio del fútbol y ya sería motivo suficiente para boicotearlo. Pero entonces llegó Richarlison, un jugador que se manifiesta políticamente por causas sociales. Para mejorarlo, ha adoptado a un jaguar. No una adopción de ponerle collar al animal, sino de monitorearlo en su entorno natural. Para completarlo, hizo una obra de arte en forma de gol en el partido contra Serbia. Fue suficiente para que la izquierda se agarrara a Richarlison como una redención. Ver al bolsonarista Neymar en el banquillo por una lesión en el tobillo y al progresista Richarlison triunfando en el campo se interpretó como una sinopsis del momento que vive Brasil, con la derrota de Bolsonaro y el regreso de Lula al poder.

Para una parte del frente amplio que apoyó a Lula, hay que “pacificar” Brasil. El Mundial sería una oportunidad para demostrar que la camiseta amarilla es de todos los brasileños. El problema es que nunca ha existido un Brasil pacificado, a no ser como mistificación. La imposibilidad de que haya esta pacificación quedó explícita en el festín que patrocinó Ronaldo, el ex-Fenómeno, en el restaurante Nusr-Et, acompañado de dos jugadores de la selección: pidieron y comieron el Golden steak, un chuletón bañado en oro de 24 quilates.

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Que jugadores que representan a un país con 33 millones de personas que pasan hambre coman y —se espera— caguen oro es doloroso. Igual de malo es que el oro, venga de donde venga, esté asociado a la destrucción de la naturaleza y a la violación de los derechos humanos. En Brasil, la carne y el oro están llevando a la selva amazónica al punto sin retorno. Bajo el comando de Ronaldo, los jugadores consiguieron la hazaña de unir a los dos villanos en una única horterada.

El fútbol siempre ha contado mucho sobre Brasil. En 2023, el país seguirá entre el jaguar que sobrevive al exterminio de Richarlison y el chuletón bañado en oro de Ronaldo. Esta es la disputa. Que se ha traducido perfectamente en este Mundial patrocinado por una dictadura.


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