editorial
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Belicismo norcoreano

La dictadura de Kim Jong-un acelera la carrera armamentística para que su capacidad nuclear la inmunice ante cualquier presión internacional

Kim Jong-un, su hija y varios militares posan ante un misil capaz de llevar armamento nuclear, en una foto sin datar distribuida por Pyongyang el 27 de noviembre.
Kim Jong-un, su hija y varios militares posan ante un misil capaz de llevar armamento nuclear, en una foto sin datar distribuida por Pyongyang el 27 de noviembre.AP

Situado este año en un segundo plano de la atención mundial, principalmente debido a la guerra de Rusia contra Ucrania, el régimen norcoreano ha acelerado su carrera armamentística con capacidad de desestabilización global hasta un punto inédito en la historia de la dictadura hereditaria de los Kim. Se trata de un alarmante desarrollo tecnológico acompañado de una actitud de desafío permanente a las democracias vecinas —y principalmente a Estados Unidos— respaldado siempre por su capacidad bélica nuclear alcanzada en 2006.

Solo en 2022 Kim Jong-un ha efectuado más lanzamientos de prueba de misiles de medio, largo alcance y balísticos que durante las décadas en que gobernaron su padre, Kim Jong-il, y su abuelo, Kim Il-sung. En total, y hasta el momento, 70 lanzamientos, algunos de los cuales tenían capacidad teórica de alcanzar el territorio de Estados Unidos y en la práctica han violado los espacios aéreos de Corea del Sur y Japón obligando a Tokio a activar en algunas regiones las alarmas de aviso a la población sobre un inminente bombardeo. Y no es la primera vez, sucedió ya en 2017 en un hecho sin precedentes desde la II Guerra Mundial.

El belicismo y la amenaza directa a sus vecinos es una seña de identidad de Pyongyang desde la partición de la península de Corea en agosto de 1945 después de 35 años de ocupación japonesa. Fue Corea del Norte la que invadió a su vecino del sur en junio de 1950 dando lugar a uno de los episodios más graves de la Guerra Fría, que se prolongó durante tres años. Es preciso resaltar que, ya en el siglo XXI, la guerra de entonces no ha terminado técnicamente y permanece en situación de alto el fuego, que la línea de demarcación entre el Norte y el Sur —el célebre paralelo 38— es la más militarizada del mundo y que durante décadas la dictadura de Pyongyang ha secuestrado a ciudadanos del Sur en el país surcoreano, una de las democracias más avanzadas del mundo, de cuyo destino no ha vuelto a saberse.

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A pesar de una situación económica ruinosa y de recurrir a uno de los sistemas más represivos del planeta para eliminar físicamente cualquier signo de disidencia o simple descontento de su población, el régimen norcoreano considera que su capacidad nuclear lo inmuniza ante cualquier presión internacional. Por ello se niega rotundamente a establecer ningún tipo de negociación que permita controlar la proliferación nuclear en su territorio y avanza sistemática y eficazmente en el desarrollo de tecnologías que le permitan colocar una ojiva en cualquier lugar del planeta. Se trata de una situación muy complicada de abordar a la que la comunidad internacional debe prestar especial atención y recursos y explorar vías eficaces para, al menos, encauzar unas circunstancias que, alejadas de los titulares, están cada vez más fuera de control.

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