tribuna
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El comercio como arma: Europa entre Estados Unidos y China

En un mundo en el que Washington y Pekín han optado por la vía del enfrentamiento, la UE debe reflexionar sobre su propia política industrial y sobre sus propios instrumentos y enfoque

Chips con semiconductores en una tarjeta de ordenador.
Chips con semiconductores en una tarjeta de ordenador.FLORENCE LO (REUTERS)

Estados Unidos ha bloqueado la exportación de semiconductores sofisticados a China. Esto demuestra cómo ha cambiado fundamentalmente su actitud hacia el comercio. Hace una década, los políticos estadounidenses todavía sostenían que el comercio transformaría el mundo. Los mercados abiertos traerían la libertad a su paso, transformando países como China. Ahora, Estados Unidos ve el comercio con los adversarios como una debilidad y un arma.

A la Administración Biden le preocupa que algunos tipos de comercio puedan debilitar a Estados Unidos creando vulnerabilidades estratégicas. En particular, las autoridades estadounidenses temen que si se vuelven demasiado dependientes de China, esta se aprovechará. Señalan el dominio de China en la fabricación de paneles solares, baterías y procesamiento de tierras raras como prueba de que un día China podría pedir un rescate a Estados Unidos, amenazando con retener las tecnologías necesarias para la transición a la energía verde.

Taiwán presenta otras vulnerabilidades. Si China invadiera Taiwán o lo bloqueara, Estados Unidos dejaría de tener acceso a los semiconductores avanzados fabricados por TSMC, la Taiwan Semiconductor Manufacturing Corporation, que tiene el monopolio efectivo de la fabricación de los semiconductores más pequeños y potentes.

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Todo esto explica que Estados Unidos haya pasado del libre comercio a la política industrial. Recientemente, Estados Unidos ha aprobado dos importantes leyes que pretenden fomentar la producción de tecnología clave en suelo estadounidense. La CHIPS and Science Act subvenciona a los fabricantes de semiconductores para que construyan instalaciones de producción en suelo estadounidense, con la condición de que no construyan instalaciones en China. La más reciente Inflation Reduction Act subvenciona la fabricación de energía limpia en baterías, vehículos eléctricos y otras tecnologías clave.

Estas nuevas leyes suponen un coste para Europa y Corea del Sur, cuyos fabricantes de automóviles no pueden beneficiarse actualmente de estas subvenciones. La UE estudia actualmente la posibilidad de emprender acciones contra EE UU en la Organización Mundial del Comercio. El problema es que el proceso de apelación legal de la Organización Mundial del Comercio está efectivamente muerto, porque Estados Unidos se niega a nombrar funcionarios para ello.

Todo esto es más complicado, porque Estados Unidos están convirtiendo los vínculos comerciales en un arma. La acción más reciente de la Administración Biden sobre los semiconductores está deliberada y explícitamente destinada a socavar el dominio de China sobre la alta tecnología. Como lo describe el asesor de seguridad nacional de Biden, Jake Sullivan, los semiconductores avanzados son una parte “fundamental” de la ventaja de Estados Unidos sobre China. El Gobierno estadounidense solía pensar que era suficiente con mantener a China un par de generaciones por detrás de la tecnología más avanzada. Ahora, en cambio, Sullivan dice que “debe mantener una ventaja tan grande como sea posible”, haciendo todo lo posible para asegurarse de que China nunca pueda alcanzarla.

De nuevo, esto tiene implicaciones para Europa y para los aliados de Estados Unidos en Asia. Las nuevas normas no sólo impiden a las empresas estadounidenses exportar semiconductores avanzados a China. Bloquean a cualquier empresa que utilice una cantidad significativa de propiedad intelectual estadounidense para fabricar semiconductores, o incluso la propiedad intelectual estadounidense para el equipo que se utiliza para construirlos. Dado que los conocimientos técnicos de Estados Unidos son fundamentales para la cadena de suministro de semiconductores y tecnología avanzada, las empresas europeas como ASML (que fabrica los equipos para construir chips superavanzados), y las taiwanesas como TSMC, tienen que obedecer las leyes estadounidenses. De lo contrario, perderán el acceso a la tecnología y los conocimientos técnicos que necesitan.

Esto es rehacer el comercio internacional. Estados Unidos solía apuntalar el sistema de comercio mundial, aunque a menudo tergiversara las reglas en su propio beneficio. Ahora, su actitud hacia el comercio es más complicada.

En un reciente discurso, la Representante de Comercio de Estados Unidos, Katherine Tai, prometió que Estados Unidos no dejaría que el sistema de comercio mundial se convirtiera en un “estado de naturaleza en el que la fuerza hace el bien”. Pero también hizo hincapié en que el libre comercio tendría que dejar paso en ocasiones a la política industrial. Como dijo, “la apertura del mercado, la liberalización y la eficiencia... no pueden producirse a costa de debilitar aún más nuestras cadenas de suministro, exacerbar las dependencias de alto riesgo, diezmar nuestras comunidades manufactureras y destruir nuestro planeta”.

Esto plantea algunos problemas incómodos para Europa. Los fundamentos de la UE son las “cuatro libertades”, que permiten la circulación de bienes, servicios, dinero y personas en toda la Unión Europea. La UE pudo vivir muy feliz en un mundo de comercio libre y abierto que parecía reflejar su propia composición interna, y aprendió durante décadas a dar un empujón a las normas comerciales mundiales para que reflejaran los intereses europeos.

Ahora, tiene que rehacerse en un mundo más frío y duro. Y las cosas pueden empeorar mucho. Aunque a Europa no le gusten algunas de las políticas de Biden, su Administración está dispuesta a colaborar con sus aliados. Si Trump, o alguien como él, es elegido en 2024, entonces Estados Unidos podría empezar a armar las relaciones comerciales también contra Europa.

El viejo mundo del comercio abierto ha desaparecido. Tanto Estados Unidos como China creen, con razón, que pone en peligro su seguridad. También lo cree Europa, aunque aún no haya calculado bien las consecuencias. La dependencia de Alemania del gas ruso durante décadas resulta haber sido un error político fundamental. En el mundo después del comercio abierto, los políticos tendrán que pasar de hablar de una Unión Europea “geopolítica” a los cambios políticos e institucionales concretos y difíciles que necesita para defender sus intereses.

La UE debe reflexionar sobre su propia política industrial y sobre si sus restricciones a las ayudas estatales siguen teniendo sentido. Se enfrentará a nuevas luchas entre el norte y el sur de Europa sobre cómo centralizar el poder y asegurarse de que no sean sólo Alemania y Francia quienes tomen las decisiones clave. Por último, tendrá que reflexionar más sistemáticamente sobre sus propios instrumentos y su enfoque del comercio. En un mundo en el que China y Estados Unidos están dispuestos a convertir el comercio en un arma contra sus adversarios, ¿qué armas necesita la UE para protegerse? Los retos y problemas son más evidentes que las respuestas.

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