editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

La viruela del mono

La decisión de la OMS de recomendar yugular la propagación del virus es correcta aunque llegue a sociedades hartas de restricciones

Un sanitario prepara una vacuna contra la viruela del mono en un hospital de Munich, el pasado 14 de julio.
Un sanitario prepara una vacuna contra la viruela del mono en un hospital de Munich, el pasado 14 de julio.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

La viruela del mono reviste poca gravedad, pero solo en tres meses se ha propagado por 75 países, causando 16.500 casos. Esto es diferente de los brotes locales y limitados que el virus, siempre procedente de África, había provocado antes. Por leve que resulte la enfermedad, la expansión del agente infeccioso debe detenerse: nadie quiere que se haga endémico en países que hasta ahora permanecían libres de él. Además, esta versión del virus muta más que las anteriores, y sería un error darle la oportunidad de hacerlo hacia una forma más agresiva o letal. Con la declaración de emergencia internacional, la Organización Mundial de la Salud (OMS) pretende empujar a los gobiernos a abandonar una cierta pasividad en la que han caído, como si la pandemia del coronavirus los hubiera vacunado de lo que suene a restricciones, operaciones de concienciación o campañas de vacunación. Es hora de despertar.

La principal medida asociada a la emergencia sanitaria es restringir los viajes —de cualquier tipo, incluidos los internacionales— a cualquier persona que muestre signos de la enfermedad o haya tenido contacto con un positivo confirmado. Con un brote que se ha extendido por 75 países en un tiempo récord, esta medida es de sentido común, pero no se ha aplicado. Otra es vigilar a los animales que pueden transmitir la enfermedad, como las ratas y otros mamíferos pequeños. Los pobres monos son una víctima más, pese a que han puesto el nombre a la enfermedad. Dirigir la atención a los animales es una buena idea en general, pues todo virus emergente proviene de ellos. Y la tercera medida es aumentar la producción de vacunas y antivirales.

La mayoría de los casos iniciales se han dado en hombres que practican sexo con frecuencia con distintos hombres, lo que ha llevado a algunas voces a acusar a los médicos y científicos que investigan el brote de estigmatizar a los homosexuales. Una acusación infundada porque los expertos deben identificar las fuentes más probables de contagio precisamente para proteger a las poblaciones en situación de riesgo. Los estigmas se crean por el uso sensacionalista e interesado de los datos y evitarlo es responsabilidad de los medios de comunicación. Sea como sea, cualquier ciudadano está expuesto, como demuestra el contagio de 12 clientes en un negocio de tatuajes de San Fernando, Cádiz.

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La emergencia decretada por la OMS no será un paseo triunfal. Después de dos años de pandemia de la covid-19, hay cansancio de virus y de medidas restrictivas. No faltarán quienes vuelvan a esgrimir la libertad y el valor terapéutico de la ignorancia para resistirse a la mínima vigilancia. Incluso el comité de expertos que asesora a la OMS está dividido. Pero intentar yugular la propagación del virus parece la decisión razonable.

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