tribuna
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De qué hablamos cuando hablamos de ‘queer’

En los últimos años se ha multiplicado la utilización de un término que presenta tantos significados que resulta inaprensible

Centenares de personas durante una manifestación organizada por la plataforma de Orgullo Crítico en Madrid bajo el lema ‘Sin papeles no hay Orgullo’,
Centenares de personas durante una manifestación organizada por la plataforma de Orgullo Crítico en Madrid bajo el lema ‘Sin papeles no hay Orgullo’,Fernando Sánchez (Europa Press)

En los últimos años, vengo constatando la multiplicación del uso de una palabra inglesa que se pronuncia más o menos así: kwir” Se trata de un nombre, adjetivo o verbo que puede aludir a algo raro, pero que más comúnmente es manejado como un insulto de carácter sexual (como pueden ser, por ejemplo, maricón o bollera). Me sorprende su extensión, siendo la lengua española tan generosa en rarezas y en ese universo infamado desde hace siglos, según se constata ya en el Tesoro de Sebastián de Covarrubias (1611). O tan creativa como cualquier otra, como cuando se optó por traducirla como torcido o como transmaricabollo.

Pero, ¿de qué hablamos hoy en España cuando hablamos de queer? Diría que se trata de un concepto que presenta tantos significados que resulta inaprensible. La circunstancia de que sea un anglicismo no lo favorece; en algunos países hispánicos, incluso, se ha optado por manejar cuir con objetivos complementarios. De manera que dependerá de quién use la palabra que nos encontraremos con alfa o con omega. Hay quienes, por ejemplo, se antoja que la manejan como figuración laica de Satanás con cara de Judith Butler; en cambio, hay quienes la usan como término que englobaría a lesbianas, gais, trans y bisexuales, de manera festiva o reivindicativa. Y por en medio, muchas más acepciones, como las que aborda Gracia Trujillo en El feminismo queer es para todo el mundo (2022).

Evidentemente, podríamos echar mano de un diccionario histórico de la lengua inglesa para constatar su curiosa evolución, que reverbera solo en parte sobre las significaciones en nuestro contexto lingüístico y cultural. Es como amor: todos sabemos lo que significa, aunque apenas tengamos presentes sus múltiples acepciones, ni su caudalosa trayectoria ni los seculares matices que puede llegar a encerrar. Depende de quién diga queer será un oprobio, un pecado, una enfermedad o un delito, casi como antaño las palabras sodomita, homosexual o invertido. Dependerá de quién la pronuncie será una singular identidad a caballo entre la revolución sexual y el anticapitalismo. A esto se denomina polisemia: la pluralidad de significados de una expresión lingüística. Aceptemos, pues, la polisemia de queer y constatemos que es de gusto y de uso entre tirios y troyanos en la actualidad.

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Cuestión diferente sería el gusto y el uso del sintagma teoría queer, pues ya no nos referiríamos a un contenido más común (el que reflejan palabras como amor), sino al “conocimiento especulativo considerado con independencia de toda aplicación”, según el Diccionario de la lengua española. No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero me atrevería a afirmar que para reflexionar sobre un corpus teórico debiera ser imprescindible estudiarlo con cierto detalle. Uno puede tener una idea más o menos acertada de la teoría de la relatividad; sin embargo, no me atrevería a sentar cátedra sobre un ámbito que ignoro y del que he leído poco, pues siento un enorme respeto por quienes dedican sus esfuerzos a desarrollar una teoría.

Así, saber de qué hablamos cuando hablamos de teoría queer resulta incluso más peliagudo que averiguar de qué hablamos cuando hablamos de queer a secas, pues debiera exigirnos algo más que un sentimiento. Por ejemplo, la tarea de contextualización de unos activismos y el esfuerzo de comprensión de un amplio abanico de textos de marcado acento interdisciplinario gestados en muy diversas latitudes desde hace más de tres décadas. Lo constaté al compilar las antologías Sexualidades transgresoras (2002) y Manifiestos gays, lesbianos y queer (2009), a las que remito. Aunque desde entonces haya llovido mucho.

En 1987 la editorial Anagrama publicó un pequeño volumen de relatos del narrador estadounidense Raymond Carver que ha venido gozando de considerable estima. Me refiero a De qué hablamos cuando hablamos del amor, hermoso título que reflejaba unos sentimientos ambiguos que no parecen tan alejados de las inquietudes de nuestro presente. Los protagonistas del cuento que bautiza el libro parecen revelar nuestras contradicciones y nuestros silencios; en definitiva, la polisemia de amor. He releído esta pieza de Carver, claro está, al calor de los recientes debates sobre cuestiones vinculadas al género, a la sexualidad y a lo queer, pues fue en la década de los años 80 del siglo XX cuando esta palabra empezó a adquirir nuevos usos que se proyectan sobre nuestro presente.

Visto lo visto, sin embargo, me temo que en lo que atañe al uso de teoría queer en España debamos mirar también hacia otro anaquel: con la peor o la mejor de las intenciones, queriendo o sin querer, hay quienes andan imitando a un personaje de Patricia Highsmith, también editada por Jorge Herralde en la década de los ochenta: Tom Ripley, impostor por excelencia. Otro clásico plenamente vigente.

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