Tribuna
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Socialdemocracia insumisa

El acuerdo en Francia marca un hito en la evolución de la política europea, como 2015 lo fue el ‘sorpasso’ de Syriza al Pasok

Cartel electoral de Jean Luc-Mélenchon pegado en una señal de tráfico, en abril en París.
Cartel electoral de Jean Luc-Mélenchon pegado en una señal de tráfico, en abril en París.JOEL SAGET (AFP)

El acuerdo entre La Francia Insumisa y el Partido Socialista francés (PS) por el cual este se sumará (si lo que resta de sus bases finalmente lo ratifica) a la unión de izquierda radical que lidera Jean-Luc Mélenchon marca un hito en la evolución de la socialdemocracia europea, como 2015 lo fue el sorpasso de Syriza al Pasok.

Será la primera vez, en la época contemporánea, que uno de los grandes referentes (particularmente para España) de la izquierda mainstream europea acepta incorporarse a —muchos dirían diluirse en— un proyecto político que aspira a priori a la demolición de lo que los socialdemócratas han ayudado a construir desde la Segunda Guerra Mundial: la conciliación entre Estado y mercado, la unificación europea, la alianza atlántica.

Es cierto que no puede entenderse bien el trasfondo de esta decisión sin tener en cuenta el contexto francés. En su IV República, el liderazgo electoral de la izquierda ya lo ostentaba el partido comunista, aunque los cargos gubernamentales progresistas los ocuparan luego radicales y socialistas. Ese trauma instaló en el socialismo francés una fuerte reticencia a despegarse de la tradición marxista y abrazar la identidad socialdemócrata, como en cambio, sí hacía el SPD por entonces. No olvidemos que hasta 1969, el socialismo francés se organizaba como la Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO), de la que se habían ido escindiendo todos aquellos jóvenes que, como Michel Rocard, propugnaban su incorporación a la tradición moderada encarnada por el laborismo británico y la socialdemocracia alemana o escandinava.

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Y, por eso, el PS siempre ha vivido en su interior una tensión ideológica entre la retórica radical de muchos dirigentes y la práctica social-liberal de sus gobiernos, como explican Alain Bergounioux y Gérard Grunberg en su historia del socialismo francés (L’Ambition et le remords, 2005). Una pulsión centrífuga que facilitó pactos de gobierno con los comunistas en 1981 y 1997, pero también actitudes más oportunistas como la oposición promovida por el ex primer ministro socialista Laurent Fabius contra la misma Constitución Europea que su partido impulsaba.

Además de la clave histórica, también las reglas institucionales de la V República favorecen el acuerdo entre socialistas e insumisos. La deriva personalista del semipresidencialismo francés acelera, especialmente tras la última reforma, la lógica cortoplacista con la que operan muchos de sus dirigentes cuando deben tomar decisiones estratégicas. La política francesa se entiende hoy mucho mejor con el ritmo vertiginoso de Baron Noir que con la perspectiva cartesiana de Pierre Mendès France, para quien la moral política debía impedir que estrategia y convicción divergieran.

No obstante, tras ese acuerdo hay probablemente más ruptura generacional que ideológica. En los cálculos de los jóvenes dirigentes socialistas cuentan sin duda los negros pronósticos apuntando la pérdida de sus escaños en la Asamblea Nacional. Y la juventud de todos ellos alienta hipótesis inverosímiles sobre la reconstrucción del espacio político tras la salida de Macron de aquí a cinco años y el incierto futuro de Mélenchon y otros dirigentes actuales.

Sin embargo, la trascendencia del pacto de la izquierda francesa va mucho más allá del contexto nacional. En realidad, ilustra dramáticamente la mutación del entorno en el que se ubica la socialdemocracia hoy. Y nos recuerda una vez más que, lejos de despreciar las formas frecuentemente demagógicas de las nuevas fuerzas emergentes, debemos centrar la atención en la decepción ciudadana que las impulsa. Por eso, se tiende a hablar más de los riesgos de la socialdemocracia por cuestionar algunos de sus principios políticos, pero mucho menos de cómo preservarlos en el futuro.

Dos estrategias políticas se contraponen como respuesta. Por un lado, la de quienes defienden la integridad socialdemócrata rechazando los tratos con los nuevos movimientos radicales a su izquierda, a menudo teñidos de retórica populista. Con esa oposición, sugieren esperar a que el temporal amaine y confiar en la lealtad de sus antiguos electores. Por otro lado, la de quienes recurren al pragmatismo de la renovación mediante una entente con estas nuevas fuerzas, como manera de recuperar el pacto social que muchos creen roto. Son dos estrategias teóricas, porque en la realidad los partidos hacen lo que pueden.

Con todo, la observación de cómo ha operado la socialdemocracia institucional en los últimos años apunta a una pauta común: con formas y discursos variables, la supervivencia del liderazgo político de la izquierda está pasando por pactar con la izquierda radical desde una posición de predominio más que de fuerza. Y de hacerlo para conjugar el pragmatismo con la incorporación de las nuevas demandas sociales, tamizadas por la experiencia gubernamental de quienes deben aplicarlas. Pedro Sánchez es quien probablemente mejor ejemplifica esa postura y sus contradicciones.

Es una interesante divergencia con lo sucedido en la derecha, donde se replican los mismos dilemas estratégicos, pero con un resultado diferente. Mientras que la entente entre radicales y pragmáticos en la izquierda está sirviendo, de momento, para moderar a aquellos, esa misma entente en la derecha está arrastrando en muchos casos a democristianos y conservadores hacia posiciones más radicales. Ese parece ser el incierto precio que ha aceptado pagar el socialismo francés, aunque con ello apunta al horizonte que espera a la socialdemocracia, si no materializa sus promesas de reforma social: tras el sorpasso, viene la subordinación.

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