Columna
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Cuidar las instituciones es cultivar la democracia

La planta concreta de algún partido podrá seguir floreciendo, pero perdemos el jardín

Pablo Casado durante el pleno del Congreso de los Diputados, en Madrid, el pasado 10 de noviembre.
Pablo Casado durante el pleno del Congreso de los Diputados, en Madrid, el pasado 10 de noviembre.Sergio R Moreno (GTRES)

Se atribuye a Montesquieu la frase de que “las instituciones también mueren de éxito”. No es fácil saber a qué se refiere exactamente, porque parece más una máxima de la pitonisa del oráculo de Delfos que algo propio de la analítica mente del barón francés. Pero no creo que sea demasiado arriesgado entenderla como una llamada de atención sobre el hecho de que a las instituciones hay que cuidarlas. Como si fueran una planta frágil. Al menor descuido, donde antes se alzaba una floreciente mata podemos encontrarnos enseguida con un tronco marchito. Y en el caso que nos ocupa, el fertilizante idóneo es una sólida cultura cívica ―ya saben, el término cultura viene de cultivo― . Cuando nos olvidamos de que esto es así, y sigo interpretando audazmente a Montesquieu, cuando su vigor lo damos por supuesto o cuando utilizamos el abono equivocado, acaban pereciendo. Esto viene a cuenta de la renovación de los cuatro magistrados del Tribunal Constitucional, pero es también un aviso para quienes minimizan el daño que prácticas como las del rey emérito pueden infligir a la Corona. Repito, las instituciones son frágiles y cualquier desprecio o error en su mantenimiento puede hacer que lo que antes parecía “exitoso” devenga en su contrario.

Los supuestos defensores de la Constitución del 78 ya han pasado antes por esta experiencia ―recordemos el 15-M―, pero ahora parecen perseverar en lo mismo. Y el resultado de la renovación del TC es el último hito, la representación más conspicua de que no han aprendido nada. Y no lo digo solo por el caso que ha atraído más las miradas, el de Enrique Arnaldo, el gran escándalo; también está esa selección de candidatos de perfiles claramente políticos, como si temieran que pudieran reproducirse decisiones de algunos magistrados que no han sentenciado siguiendo el interés del partido que los promocionó. ¿Será por eso que no eligen a catedráticos de verdadero prestigio o a jueces del Supremo? ¿Por qué esta deriva que se manifiesta en la negación del PP a renovar el CGPJ o en el pasteleo del TC?

Como me dijo un amigo, situaciones como estas son las que nos permiten ver las costuras del sistema. Un sistema que en su día se quiso vertebrar a partir de partidos sólidos y cohesionados, algo natural en momentos en los que prácticamente hubo que inventarlos, devino después en víctima de su avidez por acaparar el Estado. Pero cuando se enfrentaban a lo serio, como la renovación del TC, al menos se atenían al espíritu de la Constitución. La posible proximidad de algunos de los candidatos se compensaba por el prestigio de los nombres. Ya no hace falta disimular siquiera. Porque a las prácticas partitocráticas se ha superpuesto ahora uno de los principales efectos de la polarización: que todo queda impune, que no hay por qué preocuparse por la pérdida de votos hacia el bando contrario. Al menos en teoría, ya vimos como el 15-M, de nuevo, puso esto en entredicho.

La moraleja es, sin embargo, descorazonadora, porque eso significa que los intereses de los partidos están por encima de la salud del propio sistema democrático. Si cada uno de ellos va a su bola, si su única motivación es autorreferente ―el éxito electoral o el acopio de cargos―, no solo sufre la gobernabilidad, sino que se desbarata el invento; ese invento, la democracia, que ahora muestra su lado más frágil mientras preferimos mirar para otro lado. La planta concreta de algún partido podrá seguir floreciendo, pero perdemos el jardín.

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