Columna
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El tiempo que nos queda

Deberíamos aprender de Caballero Bonald ahora que empieza una nueva época y aprovechar el futuro que a cada uno nos quede, que es el tiempo que nos tocará vivir

Varias personas pasean por el Paseo Marítimo de Sanxenxo, en Pontevedra, Galicia (España).
Varias personas pasean por el Paseo Marítimo de Sanxenxo, en Pontevedra, Galicia (España).Beatriz Ciscar / Europa Press

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Somos el tiempo que nos queda, tituló José Manuel Caballero Bonald, que acaba de morir en Madrid, su obra poética completa y el título suena revelador en estos tiempos que estamos viviendo, cuando todo parece querer empezar de nuevo, no solo por la primavera, que es época de renacimiento, sino por la esperanza de que por fin los oscuros meses de la pandemia y sus secuelas de todo tipo vayan comenzando a ser un recuerdo. Cansados de tanta tensión, todos soñamos con que esto termine por fin y podamos volver a vivir como vivíamos antes de que la pandemia vírica se desatara sobre la humanidad como un nuevo jinete del Apocalipsis.

Somos el tiempo que nos queda por vivir parece decirse la gente aún sin expresarlo con esas mismas palabras, deseosa de recuperar el espíritu y la ilusión por vivir sin miedo y con la libertad de quien nada teme de lo que le rodea. En poco más de un año hasta hemos olvidado cómo vivíamos antes de la pandemia y nos va a costar recuperar aquellas costumbres, aquella normalidad, pese a lo cual todos estamos soñando con empezar a vivir de nuevo y recobrar el tiempo perdido por culpa de la enfermedad.

“A mí lo que me sobra es pasado, futuro es lo que me va faltando”, declaró Caballero Bonald en una entrevista a punto de cumplir los 79 años (murió la semana pasada con 94) en lo que era más una constatación que un lamento, pues nunca fue de lamentarse mucho. Al contrario, su entusiasmo por la vida le llevó a disfrutarla todo lo que pudo, lo que explica su apego a ella y su positividad. Deberíamos aprender de él ahora que empieza una nueva época y tratar de aprovechar el futuro que a cada uno nos quede, que es el tiempo que nos tocará vivir. Durante todos estos meses de angustia, ansiedad y miedo (para muchos también de desolación y dolor), se ha discutido sobre a qué parte de la población la pérdida de este tiempo le ha sido más gravosa, si a los jóvenes, que se han perdido un tiempo precioso en su vida, el de su descubrimiento, a sus padres, a quienes la pandemia les ha obligado a replantearse todo, hasta la forma de trabajar, o a sus abuelos, a los que menos tiempo les queda de vida por naturaleza y para los que la pérdida de un año supone una frustración mayor por ello que para los anteriores. Sea como sea, lo cierto es que para todos el tiempo de la pandemia ha sido un tiempo perdido y de lo que se trata ahora es de dejarlo atrás y comenzar a vivir de nuevo partiendo desde el principio o por lo menos con toda la ilusión. Lamentarse por lo perdido, salvo en el caso de las vidas de personas, no nos ayudará a recuperar el tiempo y en el lamento y la frustración podemos dejar pasar el que viene sin disfrutarlo, como tantas veces pasa en la vida. Éramos felices y no lo sabíamos, tituló en este periódico el periodista Íñigo Domínguez un artículo a las pocas semanas de comenzada la pandemia para resaltar la contradicción, tan humana, de no valorar la normalidad hasta que la perdemos y esa advertencia, como la de José Manuel Caballero Bonald o la de John Lennon: “La vida es eso que va sucediendo mientras tú haces planes para la vida”, debería servirnos de inspiración para el tiempo que nos queda por vivir.

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