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Hala, Madrid

Ahí iba Florentino Pérez, humildísimo cual mesías prometiendo el edén de los partidos del siglo, y le traicionan sus discípulos ante el motín de los fieles

El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez en el Wizink Center, en Madrid, el pasado 25 de febrero.
El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez en el Wizink Center, en Madrid, el pasado 25 de febrero.GEtty

Al final de su vida mi madre se hizo madridista acérrima. Jamás antes le había interesado el esférico, hasta el punto de que nunca le oí decir “el fútbol”, sino “el balón”, cuando se quejaba de que no ponían “más que balón” en la tele. Pero en sus últimos años se convirtió al madridismo con fe de conversa. Se sabía el calendario de la Liga, la Copa y la Champions al dedillo y, en víspera de sorteo, le ponía una vela a Santa Rita, patrona de los imposibles, para que a los blancos les tocara el rival más débil. A mí aquel forofismo súbito me divertía tanto como me laceraba. Porque mi madre abrazó el madridismo por lo que se abrazan las pasiones tardías: por interés, por amor ciego, o por las dos cosas. Su niño chico, mi señor hermano, aparejador treintañero expulsado de la obra por la crisis del ladrillo, había abierto un garito de barrio. Nada: cervezas, cubatas, cuencos de pipas saladísimas para secar bocas y doblar rondas, y un plasmazo XL para que la peña fuera allí a ver el balón a lo grande. Esa y no otra fue la causa de la caída del caballo de mi madre. No sabía qué es un córner, pero le bastaron dos jornadas para ver que, si perdía el Madrid, la recaudación era mediocre, y si ganaba, triplicaba la caja.

Recordaba aquellos días una, a quien el balón le aburre hasta el extremo de dormirse con el gol de Iniesta, viendo a Florentino Pérez ir a la tele a vender su Superliga para salvar al fútbol de la ruina mientras fuera arrecian los ERE. Ahí iba el presidente, humildísimo cual mesías prometiendo el edén de los partidos del siglo, y le traicionan sus discípulos ante el motín de los fieles. Se me caían las lágrimas viendo a dios recibir un no por respuesta. ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir avaricia? Mi madre, al menos, no engañaba a nadie. Por cierto, mi hermano cerró el garito. Y la forofa no volvió a ver más partido que el del cáncer que le metió el gol por la escuadra. Va por ella.

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