EDITORIAL
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El poder de Bukele

El presidente de El Salvador debe ejercer con responsabilidad el liderazgo tras lograr en las urnas también el control del Parlamento

El presidente de la República de El Salvador, Nayib Bukele, en rueda de prensa el pasado domingo en un hotel de San Salvador.
El presidente de la República de El Salvador, Nayib Bukele, en rueda de prensa el pasado domingo en un hotel de San Salvador.STANLEY ESTRADA / AFP

La contundente victoria de Nayib Bukele en las elecciones legislativas de El Salvador ha dejado en manos del presidente y su partido, Nuevas Ideas, la llave de las instituciones. El margen del triunfo no tiene precedentes desde el fin de la guerra y la llegada de la democracia en el país centroamericano, hace casi treinta años. El mandatario controlará la Asamblea a través de su formación, que logró dos tercios de los escaños, y no necesitará negociar con sus adversarios. Si la última fase del escrutinio confirma estos datos, Bukele podrá tomar de forma unilateral decisiones como el nombramiento del fiscal general o renovar una tercera parte de la Corte Suprema.

Los salvadoreños optaron por ampliar el poder del presidente y entregarle una autonomía prácticamente sin contrapesos. Su voluntad se expresó dentro de los cauces democráticos y merece respeto, pero los resultados son al mismo tiempo el síntoma de un horizonte preocupante. En primer lugar, se produjo un desmoronamiento de los partidos tradicionales, de la izquierda del Frente Farabundo Martí a la derecha de la Alianza Nacional Republicana. El voto representa un castigo a las formaciones del establishment, percibidas como las responsables de los elevados índices de desigualdad y corrupción del país.

El descontento ya aupó a Bukele al poder en 2019. Desde entonces, este político de 39 años ha aumentado su popularidad haciendo bandera de su mano dura contra las pandillas. Ha convertido el estilo de Gobierno en una telecracia, ejecutando órdenes y despidos desde las redes sociales. Su estrategia de lucha contra las maras y la criminalidad ha reducido las estadísticas, pero le ha costado críticas de organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos. A estas señales se añade el hecho de que el proyecto político del presidente carece de antecedentes en el país, lo que complica hacer previsiones sobre sus próximos pasos. Lo cierto es que a partir de ahora apenas tendrá contrapoderes en las instituciones y esta circunstancia le obliga a actuar con mayor responsabilidad y apego a las reglas del juego de una democracia.

El acoso a medios de comunicación críticos refleja, por ejemplo, un comportamiento muy preocupante. Pero, quizá, el principal temor de la oposición después de las elecciones del domingo es la puesta en marcha de una Constituyente para tratar de extender su mandato, que está fijado en cinco años. En definitiva, las urnas han confirmado el empuje de Bukele y su formación, y está en sus manos demostrar si es un líder lo suficientemente maduro para administrar tanto poder sin caer en una deriva autoritaria.


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