Columna
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En misa y repicando

Resulta difícil desbrozar del chorreo informativo que recibimos aquellos discursos punibles, incitadores reales de la violencia, de aquellos otros que aun siendo pestilentes, no se pueden considerar pirómanos

Protesta por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, este viernes en Barcelona.
Protesta por el encarcelamiento del rapero Pablo Hasél, este viernes en Barcelona.Albert Garcia / EL PAÍS

Es muy posible que, si en España no fueran considerados delitos las injurias a la Corona o a las fuerzas de seguridad del Estado y el enaltecimiento del terrorismo, personas como usted y como yo jamás nos hubiéramos enterado de los ripios baratunos de un rapero de cuyo nombre no quiero acordarme. Ha sido la justicia, paradójicamente, quien lo ha visibilizado, quien ha convertido a este hombre en una celebridad. Lo suelen llamar chico o muchacho, pero ya está bien de rebajar la edad de los jóvenes como para convertir sus actos en travesuras; basta de esa retórica, hablamos de un hombre de 32 años que vende como discurso antifascista canturrear que le da más pena el inmigrante en patera que el asesinado en un atentado terrorista, por el que por supuesto no siente la menor piedad, sino un deseo de que se vuelva a perpetrar un crimen que encuentra justificado. No estoy dispuesta a que me vuelvan a contar la diferencia entre realidad y ficción. Este tipo no es metafórico sino de una simpleza literal: se jacta de hacer rap político y para ello celebra la violencia contra aquellos que, según él, son serviles con el sistema. Quisiera que la justicia nos hubiera evitado este espectáculo. Que su mensaje no se hubiera popularizado, y por eso mismo es urgente eliminar algunos límites de nuestra libertad de expresión, aunque una ingenuamente desearía que el interesado defendiera causas más nobles que el asesinato (ay, ya estamos con las execrables tendencias humanistas). En mi opinión, no humilde, hasta la palabra antifascista queda mancillada en todo este embrollo: no hay nada más fascista que la justificación del crimen.

Esta semana hemos convertido al tipo en héroe. Hasta los corresponsales han traducido a otros idiomas sus canciones. Enhorabuena. Su rostro y su nombre han abanderado unos disturbios que en apariencia se libraban por la libertad de expresión, pero en los que confluían diferentes motivos, desde el simple hartazgo que mucha gente vulnerable comparte, aunque no lo expresen quemando contenedores, hasta la ira de aquellos que se valen de causas que tampoco les importan demasiado para encender la llama.

El Gobierno debería trabajar a largo plazo y sin aspavientos para evitarnos este espectáculo que se viene repitiendo con demasiada frecuencia: evitar que la justicia popularice aquellas expresiones que desearíamos eludir, porque la verdad es que los artículos que hoy escribimos ya los hemos escrito. Con el castigo penal todos nos convertimos en espectadores involuntarios de este hombre, que es rapero. Suele decirse, como ley no escrita, que el arte debe incomodarnos. La incomodidad ha alcanzado momentos excelsos, pero no es este el caso. Para colmo, la retórica de un Gobierno que a menudo está en misa y repicando no ayuda. Sería de agradecer un trabajo más de fondo, menos tuitero, que no abusara del término antifascista para definir a todo aquel que salga a la calle.

Nos han tocado en suerte tiempos convulsos en los que resulta difícil desbrozar del chorreo informativo que recibimos aquellos discursos punibles, incitadores reales de la violencia, de aquellos otros que aun siendo pestilentes, no se pueden considerar pirómanos. No es este un debate que concierna solo a nuestro país. Se trata, sin duda, del tema de nuestro tiempo. Los Gobiernos deberían alentar la sensatez, jamás encender los ánimos, porque eso es estar en misa y repicando. En el reparto ciudadano que hemos suscrito no está contemplado que un partido en el Gobierno esté un rato buscando la playa bajo los adoquines y otro rato disfrutando de los sillones del Congreso. Pero parece que nadie renuncia al golpe de efecto, a la performance, al payaseo. Por eso a veces es difícil distinguir entre lo que dice un artista, un rapero, un titiritero, de lo que afirma un político, y eso favorece nuestra confusión, también nuestro desaliento, porque no podemos vivir asistiendo a la ceremonia de sus continuos desacuerdos. Alimentan nuestra rabia, aunque no la despachemos quemando contenedores.

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