Editorial
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Rusos valientes

La condena de cárcel dictada contra Alexéi Navalni evidencia la creciente inquietud del Kremlin ante el desafío del líder opositor

Policías y manifestantes durante una protesta contra la detención del opositor Alexéi Navalni en San Petersburgo, en Rusia.
Policías y manifestantes durante una protesta contra la detención del opositor Alexéi Navalni en San Petersburgo, en Rusia.SERGEI MIKHAILICHENKO / ZUMA PRESS / CONTACTOPHOTO / Europa Press

La sentencia con la que un tribunal ruso condenó al líder opositor Alexéi Navalni a tres años y medio de cárcel constituye un inaceptable paso más de la deriva autoritaria del presidente Vladímir Putin. El activista ha sido declarado culpable de violar las condiciones de una condena por fraude dictada en 2014. Para dar una idea del cariz del proceso —que apenas ha durado unas horas— basta señalar que la sentencia de 2014 fue considerada arbitraria por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y que la Fiscalía ha cargado contra Navalni por su no comparecencia a citaciones judiciales en el periodo en el que el opositor se encontraba en coma en Alemania, tras sobrevivir por escaso margen a un intento de envenenamiento en Siberia.

La escandalosa sentencia marca el que quizás sea el momento más difícil para Putin en clave nacional desde las protestas por el fraude en las elecciones de 2011. Con su valiente regreso a Rusia, tras el intento de asesinato y sabiendo que iba a ser detenido nada más pisar territorio ruso, Navalni ha insuflado nuevo vigor a la protesta contra Putin. Decenas de miles de ciudadanos se han manifestado repetidamente por toda la extensa geografía del país incluso siendo conscientes de que cada jornada de protesta se salda con millares de detenidos y que, en un régimen autoritario como el ruso, significarse tiene un alto y duradero coste. Solo durante el pasado fin de semana la policía —que empleó pistolas eléctricas— detuvo a más de 5.100 personas. Estos ciudadanos que protestan también son, por tanto, valientes.

La reacción del régimen es un indicio del creciente apoyo al líder encarcelado, quien está ensanchando sus bases geográfica y socialmente. En este aspecto hay que destacar el incremento de presencia femenina en las protestas. Y frente a los métodos represivos tradicionales, los partidarios de Navalni han convertido hábilmente el recurso de las redes en un activo clave. Putin se ha visto obligado a dar explicaciones sobre un vídeo de un lujoso palacio, presuntamente de su propiedad, que acumula ya 100 millones de visitas en la Red.

Está por ver que la protesta logre continuidad y eficacia, pero Putin tiene motivos para estar inquieto ante ese malestar, esa valentía y esa estrategia. En este escenario, debe reclamarse libertad e integridad física para Navalni —que ha recalcado que no tiene intención alguna de suicidarse—. Occidente debe mostrar su apoyo con inteligencia, sin exponer a Navalni a críticas de filooccidentalismo, y además cerrar filas para que su presión sobre el Kremlin sea más eficaz. Una buena oportunidad es la visita a Moscú que tiene prevista esta semana el Alto Representante de la UE para la Política Exterior, Josep Borrell. Sería conveniente que tratara de entrevistarse con el opositor condenado.

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