Editorial
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El Partido Republicano de EE UU, al borde de perder el alma

La formación conservadora debe optar por la Constitución y abandonar a Trump

El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Convención Republicana celebrada en agosto.
El presidente de EE UU, Donald Trump, en la Convención Republicana celebrada en agosto.Andrew Harnik (AP)

El viejo Partido Republicano —con casi dos siglos de historia a sus espaldas y figuras extraordinarias como Abraham Lincoln— afronta con Donald Trump algunas de sus horas más bajas. No solo acaba de perder la presidencia y la mayoría de la que todavía disponía en el Senado; después de este trágico 6 de enero, con su actitud ante el asalto al Congreso azuzado por el mandatario durante la certificación del resultado electoral, está a punto de perder también su alma de partido que defiende sin fisuras la Constitución y la división de poderes en Estados Unidos de América.

La gravedad de los hechos y el futuro de la democracia estadounidense requieren una respuesta contundente. No es suficiente que las principales figuras del partido —el vicepresidente, Mike Pence, y el jefe republicano en el Senado, Mitch McConnell— se hayan negado a secundar los intentos subversivos de Trump. Toda la formación conservadora debe proceder ahora a un inequívoco distanciamiento del mandatario y sacar conclusiones. Por desgracia, los titubeos resultan evidentes.

La secuencia habla claro. Después del asalto, un centenar largo de congresistas y un puñado de senadores republicanos votaron contra la aceptación de los votos para Biden, atendiendo así a los injustificados llamamientos de Trump y a los deseos de la masa insurrecta que interrumpió la sesión conjunta de las dos cámaras. El propio Comité Nacional Republicano, máximo organismo de la formación, copado por los trumpistas, se desentendió de la incitación a la violencia desde la Casa Blanca en su reunión del viernes pasado en Washington y siguió apoyando a su líder. Ayer, el partido bloqueó una iniciativa de los demócratas que requería al vicepresidente Pence que activara la inhabilitación del presidente en virtud de la 25ª enmienda. Ante este escenario, los demócratas pusieron en marcha el procedimiento para un impeachment exprés. En él, cada cual quedará retratado, y el Partido Republicano en su conjunto debería situarse del lado correcto de la historia sin cálculos miopes. La violenta interrupción de la sesión de los representantes de la soberanía democrática cuando procedían a certificar la elección del presidente no puede dejar resquicio para ninguna duda entre las filas de los republicanos decentes.

Los últimos días de Trump, desde su llamada telefónica reclamando un pucherazo electoral al Gobierno de Georgia, han sido testigos de la decisión de numerosos colaboradores y miembros del gabinete de abandonarle, al igual que medios de comunicación afines. Las redes le han enmudecido. Pero ahora es el conjunto del partido el que debe emitir una señal clara.

La formación empezó a perder su identidad en 2016 cuando alguien como Trump consiguió hacerse primero con la candidatura republicana y luego con la presidencia gracias a la complicidad de sus senadores y representantes. Posteriormente se hizo con las riendas del partido, que por el camino perdió su alma.

Toca ahora recuperarla, salvar a la formación y sus votantes del secuestro al que están sometidos por la extrema derecha racista, identificada con la causa de la Confederación esclavista derrotada en la guerra civil. El símbolo de la vergüenza republicana son esas banderas confederales que pasearon impunemente algunos manifestantes por los pasillos del Capitolio. Trump merece un repudio bipartidista, la unión de todos los defensores de la democracia.

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