Tribuna
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El malestar francés

El país está dirigido por un tecnócrata y no está claro que el nuevo Gobierno de Macron sea capaz de dar respuestas a esa parte del pueblo que no llega a fin de mes, que protesta, grita y reclama justicia

eduardo estrada

Antes de los acontecimientos de mayo de 1968, Pierre Viansson-Ponté, redactor jefe del periódico Le Monde, publicó un artículo premonitorio titulado Francia se aburre. Hoy, sobre todo tras un año de agitación semanal a cargo de los chalecos amarillos, seguido de las duras huelgas desde el 5 de diciembre de 2019 hasta febrero de 2020, que prácticamente paralizaron el país, podemos decir que Francia está indignada. Nadie está satisfecho, ni los ricos ni los pobres. Hay tanto malestar que los sindicatos, que estaban debilitándose, han recobrado fuerza y han rechazado todas las reformas que presentaba el Gobierno de Macron. La Francia “de abajo”, como decía un antiguo primer ministro, ha dejado de apoyar las políticas del presidente. Una Francia de ocho millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza. Y que protesta, grita y reclama justicia.

La aparición de la covid-19 acabó de paralizar una economía que ya no iba bien. Tras la crisis sanitaria (que aún no ha terminado), ha llegado una crisis económica de gran alcance. A los tres millones de parados que había antes de la llegada del virus se han sumado cientos de miles más (246.100 en marzo).

Desde las primeras revueltas de los chalecos amarillos en octubre de 2018, hay una cosa innegable: el Estado francés carece de autoridad. Es un Estado débil. Con una policía deprimida. Con una gendarmería exhausta. El orden republicano no siempre está garantizado.

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El pasado 23 de junio, unos manifestantes ecologistas se encadenaron a la verja del Ministerio del Interior para protestar contra la violencia policial; otros se subieron a ella para colgar una pancarta contra Macron y el ministro. La policía no pudo impedir que pintaran de rojo la entrada del ministerio que, en teoría, garantiza la seguridad y el orden. Los agentes están descontentos, y arrojaron las esposas al suelo en señal de protesta. En los enfrentamientos con los manifestantes ha habido abusos. A una enfermera vestida con la bata blanca que arrojaba objetos contra unos agentes la detuvieron de forma brutal, la esposaron y la arrastraron por el suelo hasta el furgón policial. La acusan de alterar el orden público. Ella, a su vez, ha demandado a los agentes que la maltrataron.

La muerte de George Floyd, el 25 de mayo en Minneapolis, sirvió para que la comunidad negra de Francia recordara el fallecimiento, en 2016, del joven francés Adama Traoré, de 24 años, mientras la policía le interrogaba. Dentro de la oleada mundial, salieron por lo menos 20.000 manifestantes para protestar contra el racismo en el país y acusar a la policía de tener un comportamiento excesivamente violento e incluso racista. Los manifestantes entonaban los nombres de los negros muertos a manos de la policía en los últimos años: Babacar Guèye, el 3 de diciembre de 2015; Angelo Garand, el 30 de marzo de 2017; Gaye Camara, el 20 de enero de 2018; Ibrahima Bah, el 6 de octubre de 2019; todos muertos por culpa de la policía. El ministro del Interior en esos momentos, Christophe Castaner, no supo ni defender ni proteger a la policía, lo que seguramente contribuyó a que le haya sustituido el que era ministro de Presupuestos Gérald Darmarin, de padres malteses y argelinos, y que ha declarado que está dispuesto “a proteger a quienes nos protegen”.

Sin embargo, el tribunal de apelaciones de París ha ordenado que se investigue una denuncia por violación que pesa sobre él desde hace tres años. En espera de juicio, disfruta de la presunción de inocencia, pero el movimiento feminista ha protestado porque no comprende por qué se ha designado para un cargo tan importante a un hombre acusado de violación. Normalmente, para formar parte de un Gobierno hay que ser irreprochable. Por lo visto, Macron y su primer ministro han debido de pensar que la denuncia no era importante. Pero la gente no entiende esa complacencia y eso afectará a la imagen de Macron. Tres años después del #MeToo, el Estado francés vuelve a demostrar que el bienestar y la seguridad de las mujeres no son prioritarios. ¿Qué mensaje está enviando el Gobierno a las mujeres que vacilan a la hora de denunciar?

Esta es la Francia actual, llena de ruido y furor, y con un presidente inteligente, sin duda, pero que no tiene experiencia. Alguien ha dicho que “no deberíamos haber votado por un hombre que no tiene hijos”. Y esa afirmación tan dura no es banal. Emmanuel Macron pasó de la Escuela de la Administración al Banco Rothschild, de ahí al Elíseo, con François Hollande, y después, tras lanzar el movimiento En Marcha, fue elegido presidente de la República. No tiene suficiente experiencia de vida ni ha pasado las adversidades que forjan a un hombre. Es un tecnócrata que intenta dirigirse al pueblo, pero no le oyen. No es de izquierdas ni de derechas sino, en el fondo, un defensor de los poderosos, de los que amasan millones. La prueba es que ha eliminado del impuesto sobre el patrimonio las inversiones bancarias, y solo ha dejado los bienes inmuebles. Como dijo un día su predecesor, François Hollande, “no es el presidente de los ricos, es el presidente de los muy ricos”. La remodelación de Gobierno marca el principio de su campaña para la reelección en 2022.

La crisis sanitaria ha puesto de relieve lo mal preparado que está el país para afrontar una pandemia. Falta de mascarillas y escasez de camas con respiradores. Hay que reconocer que Macron heredó una sanidad pública en estado catastrófico. Fue Alain Juppé, primer ministro de Jacques Chirac en 1996, quien emprendió el cierre de camas y la reducción presupuestaria de la sanidad pública. Y siguieron sus pasos todos los ministros de Sanidad que llegaron después. Bajo la presidencia de Sarkozy, la directora de Salud decidió que “cada paciente admitido en el hospital es un cliente”, con el sobrentendido de que el Estado debería sacar provecho.

Varios profesores de Medicina han alertado a Macron sobre la miserable situación de los hospitales. El personal sanitario, de los médicos a los enfermeros, está mal remunerado. Un enfermero gana entre 1.300 y 1.500 euros al mes.

La llegada del virus ha dejado al descubierto esta situación. Alrededor de 60 personas que perdieron a familiares debido a la falta de camas y material de reanimación han demandado al Gobierno por “omisión del deber de socorro a una persona en peligro”. Macron, en sus discursos, ha prometido revalorizar a los sanitarios, que se han manifestado varias veces.

Se prevé un septiembre caliente y lleno de indignación. No está claro que el nuevo Gobierno sea capaz de dar respuestas a esa parte del pueblo francés que no llega a fin de mes. Francia se empobrece y los mejores cerebros se van al extranjero. La investigación carece de medios.

Este panorama no es ninguna exageración. Es el reflejo de una situación de malestar y de ira que, sin duda, beneficiará a la extrema derecha, que aguarda su oportunidad. Y a eso hay que añadir la situación de los barrios marginales, las desigualdades y el racismo que sufren sobre todo los hijos de inmigrantes, que, en realidad, son franceses de segunda categoría.

Tahar Ben Jelloun es escritor, ganador del Premio Goncourt en 1987.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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