Editorial
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Nubarrones en el Brexit

El reiterado fracaso en las negociaciones acrecienta la probabilidad de una salida británica caótica

El primer ministro británico, Boris Johnson.
El primer ministro británico, Boris Johnson.ANDREW PARSONS/10 DOWNING ST / Reuters

El reiterado fracaso de las rondas negociadoras entre la Unión Europea y el Reino Unido sobre su relación futura tras el período transitorio —previsto hasta final de año— acrecienta la probabilidad de una definitiva retirada británica sin acuerdo, caótica y salvaje. La última ronda, además, acaba de consagrar la pérdida casi insalvable del plazo máximo del mes de junio para que Londres pida una prórroga de las discusiones durante 2021. Pero contra lo que imagina el Gobierno de Boris Johnson, su manejo del tiempo le perjudica mucho más que a los 27.

Su promesa de que no ampliará la negociación pretende demostrar firmeza y radicalidad. Pero dejar en la práctica para el último cuatrimestre un acuerdo que en condiciones normales consume años no solo no es realista. En el peor caso, equivale a apostar por su boicoteo; y en el mejor, es contraproducente para los ciudadanos británicos, pues la mayor presión recae sobre la parte más débil. Y la economía isleña depende mucho más de la europea que a la inversa, hasta el punto de que su negociador, David Frost, ha reconocido que el período negociador se ha acortado por la pandemia y se ha “llegado al límite” de lo que puede conseguirse con rondas virtuales. Si su Gobierno no echa mano de esa coartada para revertir su promesa de no solicitar árnica en forma de nuevo plazo, decantará definitivamente cualquier duda de que prefiere de hecho la salida del caos.

Todos saben que el coste económico para Europa de un Brexit duro significará una ínfima porción del coste de la recesión que va a provocar la pandemia, y que los cálculos oficiales internos pronostican que la duplicará para el Reino Unido. Por eso, el Banco de Inglaterra y la Confederación de la Industria incrementan sus alertas contra una salida sin pacto.

La realidad acude en su ayuda. La multinacional japonesa Nissan acaba de anunciar que cerrará su planta de Sunderland si se produce ese escenario, con los consiguientes aumentos de costes por aranceles, pues el 70% de su exportación se destina al continente. Y la libra esterlina experimenta una caída continua, que prefigura su paridad con el euro. Esto puede hacer repuntar temporalmente alguna exportación, aunque no compensaría ni de lejos los obstáculos de entrada al gran mercado que es la UE. Sobre todo para su sector de servicios financieros: la City representa el 12% del PIB.

En las áreas más dinámicas no se entiende, por ejemplo, que se sacrifique la posibilidad de acceso fluido al mercado continental. Ello ocurrirá si Londres obstaculiza la pesca europea —para beneficiar la propia, que supone un 0,1% de su PIB—, que llevaría a penalizar incluso a su exportación de productos pesqueros, que en un 70% tienen a la UE como destino. Johnson sabrá.


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