Columna
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Réquiem desde el Iztaccíhuatl

Muy pronto no quedará ningún glaciar. Aun así, hay políticos para quienes valen más los pasatiempos que lo que debería ser su obsesión

Cima del Iztaccíhuatl, el pasado 16 de abril.
Cima del Iztaccíhuatl, el pasado 16 de abril.AFP

La historia ha dejado claro, una y otra vez, que aquello que alguna vez fue una obsesión política, puede terminar convirtiéndose en pasatiempo. Hacia mediados del siglo XVIII, sobre nuestro planeta no quedaba casi ningún territorio que no hubiera sido recorrido por conquistadores, colonizadores, comerciantes, evangelizadores, aventureros o simples viajeros.

La obsesión por la conquista horizontal del globo terráqueo había terminado; quedaba, tan solo, su conquista vertical. Quizá por eso, hacia finales del XVIII y principios del XIX, los ingleses, que no querían dejar de conquistar, convirtieron al montañismo, primero, y al alpinismo, después, en dos de sus pasatiempos principales.

Como siempre ha sucedido, dichos pasatiempos, que habían nacido localmente —lo mismo sucedería, por ejemplo, con el futbol—, se contagiaron pronto al resto de Europa y al continente americano, a través, sobre todo, de crónicas, reportajes, ficciones y poemas —entre los primeros montañistas y alpinistas de la historia, además de naturalistas y políticos retirados, se cuentan decenas de novelistas y poetas—.

Los grandes picos de Europa, los Andes sudamericanos y, poco después, las descomunales montañas de los Himalaya se convirtieron en el objetivo de todos aquellos que decidían abandonar la cotidianidad de manera momentánea para entrar en guerra con los elementos y con su propia resistencia, aún a pesar de que la muerte podía ser el fin de la aventura —se calcula que, hacia mediados del XIX, por cada quinientos seres humanos que intentaron hacer cumbre en el Mont Blanc, murieron diecisiete—.

Poco después, hacia finales del XIX, influenciados por la carrera que se llevaba a cabo en los confines norte y sur del planeta, donde se luchaba por los polos, esos últimos planos vírgenes del mundo; es decir, influenciados por la fiebre azul de los hielos perpetuos, el objetivo de los montañistas y de los alpinistas de tercera y cuarta generación se desplazó de la roca, las cumbres y el aire hacia otro de los elementos que siempre habían estado ahí pero que, de repente, se había vuelto imprescindible, central en la experiencia límite de lo desconocido: los glaciares.

Como tantos otros escritores de su época, Mark Twain —recuerda Macfarlane, a quien este artículo debe bastante— se dejaría seducir por esa fiebre azul y, tras embarcar a su familia y a varios de sus amigos más cercanos en un viaje que duraría cerca de dos meses y que los llevaría a tres continentes, se plantaría en los picos de Europa, donde lo asombrarían, más que los colores, las texturas o las temperaturas de los glaciares, su lentitud, el movimiento monumentalmente pausado de esos mastodontes congelados, ese arrastrarse imperceptible —entonces, un glaciar recorría, en promedio, un metro y medio al año— que los convertía en la mayor y en la más poderosa fuerza de erosión sobre la tierra.

Quizá porque le pareció que aquella lentitud chocaba, que aquel moverse casi imperceptible de los gigantes helados era, en realidad, el opuesto exacto de la prisa, de la velocidad que recién había atrapado a la humanidad en su bucle, en esa pendiente atroz de aceleracionismo económico, vital y existencial en la que aún seguimos dando vueltas, Twain decidiría optar por el humor al referirse a los glaciares: “Guie a la expedición por el empinado camino de mulas y tomé la mejor posición en el centro del glaciar, pues Baedeker dice que la parte central avanza más deprisa. Sin embargo, a título de medida económica, dejé algunos de los bultos más pesados del equipaje en las orillas, para que avanzaran como carga pesada. Esperé y esperé, pero el glaciar no se movía”.

Poco después, Twain continúa: “Llegaba la noche, empezó a hacerse oscuro... y aquello seguía sin moverse. Entonces se me ocurrió que quizá Baedeker hubiera confeccionado un horario; estaría bien averiguar las horas de salida. No tardé en dar con una frase que arrojó una luz deslumbrante sobre el asunto. Decía: el glaciar Gorner viaja a una velocidad media de casi dos centímetros al día. Pocas veces me he sentido tan ultrajado. Pocas veces había sido traicionada mi confianza tan gratuitamente. Hice un pequeño cálculo: casi dos centímetros al día, es decir, unos ocho metros al año; distancia estimada hasta Zermatt, casi cinco kilómetros más una decimoctava parte”.

Sigue Twain: “Tiempo necesario para dejar el glaciar atrás, ¡algo más de quinientos años! El compartimento de pasajeros de este glaciar —la parte más veloz— no llegaría a Zermatt hasta el verano de 2388, y la parte de equipaje, que viajaba por el carril lento, no llegaría hasta unas generaciones después... Como medio de transporte de pasajeros, el glaciar me parece un fracaso”. Fracaso, es curioso, pero esta es la misma palabra —fracaso— que utiliza el Dr. Atl una y otra vez para referirse a sus pinturas de los volcanes y a los poemas de Las sinfonías del Popocatépetl.

“Cuando leí mis poemas, me parecieron insignificantes y hasta cursis, un verdadero fracaso”, escribe el Dr. Atl en Gentes profanas en el convento, mientras que, en una carta dirigida a Chucho González, su editor y amigo, dice que, “salvo algunos dibujos, los óleos de los volcanes son un fracaso, porque los Atl-colores fracasan ante los glaciares”. Como Twain, como tantos otros escritores y pintores, el Dr. Atl también se había sentido atraído por la conquista vertical y sus maravillas.

Como Twain, el Dr. Atl también quiso dejar su testimonio de esas maravillas congeladas que, a pesar de su fracaso, debían ser retratadas o deescritas, sobre todo, por los artistas, pues “un pintor tiene sobre un científico y sobre un matemático la inmensa ventaja de ver. No necesita telescopios ni hacer cálculos ni fotografías para conocer las formas y el movimiento de las cosas”.

Como Twain, además, el Dr. Atl vivió preocupado de la aceleración económica, vital y existencial del mundo en el que vivía: tras ser su partidario, luchó por impedir, por ejemplo, la explotación de hidrocarburos en el valle de México, pues, decía, la sobreexplotación del petróleo llevaría al mundo a su fin. El Dr. Atl no sabía, por supuesto, cuando hizo aquella advertencia, que sus palabras serían premonitorias, que la sobreexplotación de hidrocarburos traería consigo, sino el fin del mundo —todavía—, el fin de los glaciares.

Hace apenas unos días, científicos de la UNAM certificaron la desaparición del glaciar Ayoloco del Iztaccíhuatl, uno de los que el Dr. Atl fracasó al intentar pintar. Entre la muerte del Dr. Atl y el día de la escritura de este artículo, los glaciares del planeta han perdido casi diez billones de toneladas de hielo.

Muy pronto, no quedará ningún glaciar. No habrá forma de que los futuros Twain o Atl fracasen, hermosamente. Aun así, hay políticos que, a diferencia de los pintores y escritores, se empeñan en no ver. Para ellos, valen más los pasatiempos que lo que debería ser su obsesión.

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