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Diseccionando la generación de cristal: ¿los adolescentes de ahora son más frágiles que sus padres y abuelos a su edad?

Muchos describen a estos chicos y chicas como vulnerables e incomprendidos, debido a la supuesta sobreprotección ejercida por sus progenitores. Expertos y jóvenes se preguntan si son justas estas etiquetas

Generación cristal adolescentes
Ana Howe, de 26 años, con Begoña González (a la derecha), de 21 años, esta semana en Madrid.José Sanz Mora

Pasan las épocas, los usos y las costumbres. El mundo evoluciona y, sin embargo, por encima de cualquier tipo de circunstancia, existe algo que se resiste a caer sepultado bajo los escombros que el transcurso de los años va dejando atrás: la tendencia inevitable a poner apelativos a las generaciones de jóvenes a lo largo de la historia más contemporánea. Los que nacieron entre 1946 y 1964 pertenecen a la numerosa colectividad del baby boom. Luego llegó la magnética generación X, desencantada e individualista, y a ella le siguió la de los llamados mileniales, tan sociables, tan creativos, tan multitarea… que dieron paso a los centenials, la también llamada generación Z, inmediatos, emprendedores y nacidos con un dispositivo digital bajo el brazo.

Pareciera que fuese necesario etiquetar a las diferentes generaciones de jóvenes, independientemente del tiempo que les haya tocado vivir, con adjetivos que casi siempre suelen tener en común aspectos relacionados con la incertidumbre, el descontento o la incomprensión de sus mayores.

Y en esas estábamos cuando apareció la última de las definiciones (hasta el momento): la generación de cristal: mujeres y hombres entre los 15 y los 29 años que, a juicio de la filósofa Montserrat Nebrera, autora del concepto, representan un arquetipo de debilidad emocional achacado, en gran medida, a la sobreprotección parental. “Son de cristal por su fragilidad emocional, por su vulnerabilidad existencial, fruto de la ultraprotección de sus padres. No en vano, su primera causa de muerte no natural es el suicidio”, afirma la propia Nebrera. “Pero también son de cristal por su transparencia, que les otorga una capacidad impresionante para recibir todo tipo de estímulos y procesarlos”, añade.

En este sentido, el psicólogo bilbaíno Luis de la Herrán, especialista en la atención a adolescentes desde hace más de 25 años, lo tiene claro: “Yo no hablaría de generación de cristal. Más bien diría que las personas adultas que cuidan de ellos son y somos una generación de manos de algodón, porque intentan evitar, en la mayor medida posible, sentimientos de frustración y aburrimiento, y eso es un gran error”, afirma Herrán. “Si acostumbramos a nuestros adolescentes a cierta frustración y a cierto aburrimiento, estaremos haciéndolos más fuertes”.

¿Por qué son de cristal? ¿Por qué se rompen tan rápido?

Ana Howe tiene 26 años y se acaba de estrenar como profesora de Música en educación secundaria. Junto con otros jóvenes de distintas edades ha participado en el consejo asesor del estudio Generación de Cristal. Más Allá de las Etiquetas, que la Fundación SM ha realizado con el objetivo de dilucidar hasta qué punto la denominación se corresponde con la realidad. “Por mis circunstancias familiares, yo he pasado parte de mi adolescencia sola; me he acostumbrado a valerme por mí misma en muchos momentos, así que yo no me siento sobreprotegida ni mucho menos débil”, dice Howe.

Su opinión coincide con algunas de las conclusiones del citado sondeo, en el que han participado no solo jóvenes españoles, sino también mexicanos, brasileños o chilenos, y del que se extrae, por ejemplo, que un 66% de los y las adolescentes y postadolescentes encuestados creen que el término generación de cristal se utiliza injustamente para criticarlos. “Es claramente una etiqueta peyorativa, pero a mí me gustaría devolver la pregunta: ¿por qué somos de cristal? ¿Por qué se nos considera débiles? ¿Por qué nos rompemos tan rápido? Si la definición se utiliza solo para criticar las consecuencias y no para analizar las causas, únicamente servirá para generar polémica”, sostiene Begoña González, estudiante de Psicología, de 21 años, y compañera de Howe en el comité asesor.

El estudio de la Fundación SM también arroja otro tipo de resultados, por ejemplo, que un 74% de los y las jóvenes considera que las personas adultas los acusan de falta de esfuerzo en los estudios, en el trabajo o en la vida en general; o que un 62% opina que las generaciones anteriores lo tuvieron más fácil para progresar que los jóvenes actuales. “Es cierto que existe un punto evolutivo en la adolescencia en el que confluyen rasgos de incertidumbre ante el futuro e incomprensión por parte de los adultos”, reconoce González. Y es en este punto en el que surge la pregunta: ¿realmente difiere tanto la generación de cristal de las generaciones anteriores?

Fragilidad orientada a la empatía

El 29 de octubre de 1965, la banda británica The Who publicaba uno de sus temas más emblemáticos, My Generation, cuya letra traducida venía a decir algo así como: “La gente intenta derribarnos / Solo porque estamos en movimiento / Todo lo que hacen es horriblemente frío / Espero morir antes de hacerme viejo / Estoy hablando de mi generación”. Solamente en esta primera estrofa, escrita hace la friolera de 57 años, se cumplen varios de los preceptos que hoy identifican a la generación de cristal: negación del esfuerzo y distancia frente a los adultos, críticas a su forma de pensar…

“Todas las generaciones han impugnado los modelos establecidos en su momento”, asegura Ariana Pérez Coutado (34 años), investigadora especializada en juventud y directora del estudio de Fundación SM. “Este grupo de nacidas y nacidos después del año 2000 se resiste, por ejemplo, a escuchar que las condiciones laborales de sus mayores también fueron precarias cuando comenzaron a trabajar y ponen en cuestión si esa es la forma ideal de enfrentarse al mercado laboral por primera vez”, concluye. Y es aquí donde el relato de la fragilidad empieza a cobrar significado, siempre orientado hacia la reivindicación.

“A principios de siglo, la población joven era mucho más conformista, pero después de 2008, momento en el que todo vuela por los aires, la cosa empieza a cambiar”, continúa Pérez Coutado. “En la actualidad, por poner un ejemplo, un 46% de los jóvenes pertenecen a una organización medioambiental y un 28%, a más de una. Es una cuestión existencial; en el caso concreto del clima, son conscientes de que los estragos les van a tocar seguro, pero ocurre lo mismo si hablamos de LGTBI, temas sociales o de salud mental, por ejemplo. Quizás la diferencia radique en que ahora tenemos vocabulario para poder ponerle nombre a las cosas que nos pasan. En ese sentido, sí nos reconocemos frágiles, pero dentro de una fragilidad orientada a la empatía”.

Ana Howe va incluso más allá: “Se nos ha educado en la inteligencia emocional, en que no pasa nada por mostrar fragilidad, y luego lo que se nos devuelve cuando lo hacemos es que somos unos ‘blanditos’. Los jóvenes no somos más que un reflejo de ciertas decisiones que ha ido tomando la sociedad”. A esta ecuación, en la que una de las variables es la educación en lo emocional que menciona Howe, hay que añadirle, sin duda, todo aquello que está relacionado con lo digital y la pandemia, verdaderos elementos diferenciadores de esta generación respecto a sus predecesores.

“A mí, el confinamiento me pilló en primero de carrera. Justo cuando se cumplía un año, en el segundo cuatrimestre de 2021, la sensación que compartíamos la mayoría de la clase era de un enorme desgaste físico y emocional, y nadie sabía de dónde venía”, recuerda González. “La mitad de mi vida universitaria, que se suponía que iban a ser años locos, ha estado restringida. Y eso, obligatoriamente, pasa factura”. Irene Hernansáiz, profesora de Educación Secundaria y Bachillerato, lo ratifica: “Han hecho un esfuerzo enorme; se les ha pedido que se quedasen en casa, han dejado de vivir experiencias que son cruciales en el desarrollo… Es profundamente injusto meter a todo este rango de la juventud en el mismo saco”.

Sin embargo, a juicio de Montserrat Nebrera “han salido de la pandemia con un mayor aislamiento, conectados solo de manera digital, con desconcierto de identidad y un cierto desespero de fondo, porque saben que les corresponde vivir una época que, como la de sus abuelos, es claudicante”. Y remata con un augurio, cuanto menos, alentador: “De su dolor, por las roturas que necesariamente sufrirán, emergerá genialidad, más brillante, cuanta más luz les atraviese”.

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