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Elecciones EE UU
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

Estados Unidos ya está votando (y mucho)

El contexto de pandemia ha movido a más de 60 millones de personas a anticipar su voto, proyectando una participación récord que podría beneficiar a Biden

Jorge Galindo
Decenas de personas esperan en fila para votar anticipadamente en las presidenciales, en Augusta, en octubre.
Decenas de personas esperan en fila para votar anticipadamente en las presidenciales, en Augusta, en octubre.Michael Holahan (AP)

Votar en pandemia debería ser más difícil. De hecho, lo es: más riesgo, esperas más largas, logística más complicada, con menos gente dispuesta a trabajar en ello justo cuando más falta hace. Y, sin embargo, las estimaciones de participación para 2020 alcanzan niveles que, de cumplirse, no se habrían visto en más de un siglo: alrededor de 154 millones, un 65% según el pronosticador de referencia Nate Silver. No es solo una predicción: ya está sucediendo. A 26 de octubre, más de 60 millones de personas han ejercido su derecho. Es como si la mitad de los que votaron en 2016 ya lo hubieran hecho con más de una semana de antelación.

La explicación de la paradoja no es sencilla. Podría ser que la importancia percibida de estos comicios tras cuatro años de polarización extrema y gobierno de Trump estuvieran fomentando la participación, particularmente entre los descontentos. También es posible que se trate simplemente de personas que están adelantando un voto que iban a emitir igualmente, haciéndolo de una manera que perciben menos riesgosa en mitad de una epidemia. O quizá las mejoras en el acceso al voto temprano, en persona o por correo, que han impulsado varios Estados están efectivamente ampliando el perímetro de la democracia. Los datos disponibles a día de hoy ofrecen apoyo parcial para todas estas hipótesis, y aunque por ahora dan más esperanza a Biden que a Trump, no dejan una respuesta definitiva a la pregunta que todos, sobre todo ambos candidatos y sus equipos de campaña, tienen en la cabeza: quién va a salir ganando con todo esto.

Un laberinto fragmentado de normas

Rojos (Tennessee) y azules (Nuevo México); con gobernadores demócratas (tratando de facilitar el voto por correo, como en Carolina del Norte) o republicanos (que lo dificultan, estilo Texas); habituados al voto por correo (Washington) o nuevos en ello (Georgia). La variedad de Estados en los que el porcentaje de votos ejecutados en 2020 contra el total de 2016 se explica más fácilmente con las normas que gobiernan el voto temprano desde antes de esta atípica elección que por cualquier otra variable. La gente está acudiendo a los buzones o a las urnas allá donde existe una infraestructura física, institucional y social previa (tal es el caso de todos los Estados mencionados. Y para llegar hasta ellas se mueve por el laberinto fragmentado que son las regulaciones electorales estadounidenses.

En Texas, por ejemplo, la inmensa mayoría de los 7,4 millones de votantes que ya han ejercido su derecho lo ha hecho en persona, no por vía postal: apenas 841.000 papeletas requeridas por este medio, contra las más de 21 millones enviadas en California. Este año, el Estado más grande de la federación estrena norma para que todo elector reciba una.

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Esta falta de coherencia en el acceso efectivo a la base de la democracia lo determina todo en un año normal, pero más aún en uno que mezcla una pandemia que entra en su tercera gran ola dentro de EE UU con la extrema división partidista.

Mujeres, mayores y afroamericanos

No disponemos de datos por grupo para todo el país, pero sí para algunos, gracias a que ciertos registros de votantes son accesibles en algunos Estados, y a la recopilación de ellos que hace el profesor Michael McDonald de la Universidad de Florida en su Election Project. La imagen resultante es incompleta pero sugerente, particularmente para las expectativas de Joe Biden.

Las mujeres, que se espera que den la espalda a Trump con aún más fuerza que en 2016, están participando algo más que los hombres al menos en Colorado (probablemente demócrata) y Carolina del Norte (en juego).

Pero sucede que es más probable que el voto adelantado sea femenino. Porque su media de edad es ligeramente mayor, y porque suelen exhibir una mayor prudencia que los hombres. Resulta imposible hasta el día después de la elección saber si estamos ante voto añadido o sencillamente anticipado para esquivar lo peor de las aglomeraciones.

Algo similar pasa con las personas de más edad, si bien en este caso la duda esperanzada va para los republicanos, refugio habitual del votante de más de 50 años. Comprenden una mayoría en Colorado (azul), Ohio (en juego, pero posiblemente de Trump) y en una de las llaves de la presidencia: Pensilvania.

Pero todo ello no quita para que los jóvenes estén acercándose desde ya a las urnas de manera masiva, sobre todo si lo comparamos con 2016. En varios Estados clave, este segmento (que tradicionalmente vota progresista) se está movilizando en proporciones inusitadas.

De nuevo planea la duda: ¿cuántos de estos votos serán al final añadidos por motivación o facilidades, cuántos serán apenas anticipados unos días? Lo mismo pasa con la que es una de las divisiones demográficas principales en el voto estadounidense: según la información disponible de las Carolinas (a diferencia de la del Norte, la del Sur no está en juego realmente: es tradicionalmente republicana), tanto los afroamericanos como las personas con herencia en Asia. El segundo grupo representa apenas unas decenas de miles de personas del total de la población en ambos Estados, pero el primero sí resultaría más que suficiente para volcar la elección en el Norte.

No es el único Estado en esta situación.

Avance demócrata (hasta ahora)

Efectivamente, son los demócratas los más movilizados hasta el momento, al menos en los Estados en juego para los que disponemos de datos accesibles. En ninguno es ni mucho menos abrumadora la diferencia, eso sí, y sería necesario que el segmento de votantes sin afiliación (independientes) virase hacia la izquierda para consolidar las ganancias que se adivinan en el voto anticipado.

Bajando al siguiente nivel territorial para producir una imagen de mayor resolución, la impresión condado por condado es esta misma. Al menos en dos de los Estados que más atención atraen, porque son los que pueden acabar decidiendo esta elección igual que decidieron la última. Son las zonas donde Clinton tuvo mejores resultados las que están viendo una movilización mayor hasta ahora. Claro, que estos mismos condados suelen estar más densamente poblados (Filadelfia, Miami): a la participación temprana que ya es tradicional en estos núcleos urbanos que facilitan el voto anticipado desde hace años se une el incentivo de evitar encontrarse con demasiada gente en un núcleo potencial de contagio del virus.

¿Están los demócratas asustados o movilizados? O, mejor dicho: ¿en qué medida cada uno de los dos sentimientos está determinando los patrones inusitados de voto anticipado que estamos observando? Las mismas preguntas sirven para los republicanos: el sector conservador de la ciudadanía ha hecho saber en las encuestas que su preocupación por el virus a la hora de votar es menor, y su preferencia por hacerlo en persona el día de la elección, mayor. Resulta tentador para los que aspiran a reemplazar a Trump pintar estas cifras anticipadas como una ola azul, y aunque tanto ellas como las encuestas así lo sugieren, nada les garantiza por completo que después no llegue una roja que la iguale en tamaño.

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Jorge Galindo
Es analista colaborador en EL PAÍS, doctor en sociología por la Universidad de Ginebra con un doble master en Políticas Públicas por la Central European University y la Erasmus University de Rotterdam. Es coautor de los libros ‘El muro invisible’ (2017) y ‘La urna rota’ (2014), y forma parte de EsadeEcPol (Esade Center for Economic Policy).

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