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Rachida Dati, la carrera hacia París entre camiones de basura y joyas

La dirigente conservadora, de orígenes humildes y musulmanes, aspira a la alcaldía de la capital tras su polémico paso por el Ministerio de Cultura y verse salpicada por el escándalo del Louvre

Rachida Dati
Daniel Verdú

“La ciudad estará limpia y tranquila conmigo”. Entra la música de película de acción y se observa a Rachida Dati, ministra de Cultura, polémica figura de la derecha gaullista francesa, ataviada con un chubasquero amarillo, como el que usan los basureros de París. Dati, antigua ministra del expresidente Nicolas Sarkozy, hoy sepultado por casos de corrupción y en libertad provisional tras su paso por la cárcel, ayuda a vaciar un cubo y da un brinco para subirse a una de las traseras del camión de la basura, que se pone en marcha para recorrer la noche parisina. La política, envuelta en innumerables polémicas, incluida la del histórico robo del Louvre, quiere ser alcaldesa de la ciudad. Y, según los sondeos, tiene grandes posibilidades de lograrlo tras las elecciones de la próxima primavera.

La secuencia de la basura, muy similar a la que representó también el presidente Donald Trump en la última campaña presidencial de Estados Unidos, es pura simbología electoral. Pero también un relato personal.

A Rachida Dati, crecida en una familia obrera, le persigue desde su etapa en el Ministerio de Justicia con Sarkozy (2007-2009) una fama de snob, de altiva. En aquel tiempo apareció en la portada de una revista de celebridades del brazo del diseñador de Dior John Galliano. Posó con vestidos de esa firma en la primera página de Paris Match. Como su mentor, que achaca el reguero de condenas por corrupción y financiación ilícita de sus campañas a un ataque orquestado de la judicatura, cuando se siente agraviada, ataca. El camión de la basura al que se subió, sin embargo, era la humildad, el trabajo. “La eficacia”, dice ella. Y la transportaba a sus orígenes obreros, que se cansó hace tiempo de ver publicados.

Los contenedores de basura, además, subrayan su promesa de ley y orden para la ciudad de París. “Si soy alcaldesa, la ciudad estará limpia siempre”, promete al conductor del camión, encantado de compartir lamentos y cabina con ella. Si ganase, sería la primera persona de origen árabe y musulmán —además, mujer de derechas— al frente de la capital de una Francia atormentada por los conflictos identitarios y las fracturas sociales. Aunque algunos asuntos pongan ahora en entredicho la legitimidad de sus anuncios.

Dati será juzgada por corrupción pasiva y tráfico de influencias en el caso Renault. La Justicia sospecha que recibió 900.000 euros entre 2010 y 2012 por una asesoría ficticia, o sea, a cambio de tomar partido a favor del fabricante en el Parlamento Europeo. Dati, además, omitió declarar a la Alta Autoridad para la Transparencia de la Vida Pública ―el organismo al que deben presentar sus cuentas los miembros del Gobierno― su colección de piezas de joyería valorada en 420.000 euros.

Nada de eso, sin embargo, supone un problema para seguir en el Ejecutivo —es uno de los cargos más resilientes después de mantenerse con Gabriel Attal, François Bayrou y Sébastien Lecornu— ni para aspirar a la alcaldía de la capital de Francia. “Es muy dura, ese tipo de casos le dan fuerza. Cree que es una prueba que debe superar. Cuando más la atacan, más convencida está ella”, opina una persona que la conoce bien de su etapa como ministra de Justicia.

Dati, madre de una hija, no tiene miedo a nadie. “Convertiré a tu perro en kebab”, le escribió en un sms al ex primer ministro Gabriel Attal, en un momento de enfrentamiento entre ambos, a propósito de Volta, su simpática mascota. La candidata a la alcaldía de París creció lejos de la capital, en las afueras de la ciudad provincial de Chalon-sur-Saône (Borgoña). Era la segunda de 12 hijos de Mbark y Fatim-Zohra, un albañil marroquí y una argelina analfabeta. Sus padres luchaban para llegar a fin de mes, cosiendo la ropa de sus hijos con telas de cortinas que, según se quejaba Rachida, hacía que parecieran miembros de una secta.

En casa, un apartamento en un bloque de viviendas sociales, escuchaban a Charles Aznavour y a Um Kalthum. La primera obra en la que trabajó Mbark en Francia fue un colegio católico. Se dirigió a la directora y pidió que admitieran a sus dos hijas mayores, Malika y Rachida. La madre superiora se sorprendió, pero aceptó, advirtiendo que tendría que pagar las modestas cuotas. Funcionó.

Dati, y eso sigue siendo algo que aprecian los franceses, encarna el sueño aspiracional colectivo. “Seré la alcaldesa de los resultados”, repite en el vídeo de la basura. Pero también la vieja promesa de igualdad de la República. Desde los 16 años acumuló una interminable lista de trabajos a tiempo parcial para ayudar a su familia: vendía productos Avon puerta a puerta, salchichas, trabajaba en una gasolinera y en la caja de un supermercado. Cuando se fue a estudiar economía a la universidad de Dijon, hizo turno de noche como asistente en un hospital, enviando dinero a casa. La escuela, el trabajo duro, igualan a todos los franceses. El ascensor social. Eso la ayudará en las siguientes elecciones municipales. Aunque casi nadie crea ya en esa idea.

La ministra de Cultura, omnipresente en los medios, es también la alcaldesa desde 2008 del acomodado distrito VII de París. Sus rivales en la carrera electoral, para la que sigue siendo favorita con el 28% de apoyos —ha caído en las últimas semanas—, saben que será complicado batirla. “Tiene dos ventajas y muchos inconvenientes para esa carrera. Lleva mucho tiempo en la escena política francesa, tiene mucha notoriedad. Está bien colocada mediáticamente. Y, además, es una combatiente, con unas raíces humildes que subrayan el mérito de su ascenso”, apunta un diputado que la conoce bien. “La parte negativa, sin embargo, es que divide mucho. Hay hostilidad hacia ella. Es muy conocida, pero polariza el debate”. En el último sondeo Doxa aparecía como la segunda personalidad política, después de Jean-Luc Mélenchon (líder de La Francia Insumisa), en generar ese rechazo.

Siguiendo el consejo de su nueva mentora, Simone Veil, la venerada superviviente del Holocausto y exministra, se formó como magistrada y ejerció brevemente, hasta que, después de convertirse en asesora de Sarkozy en el Ministerio del Interior, este la propuso como ministra de Justicia. Siempre, sin embargo, la acompañaron las polémicas, tal y como ha ocurrido también durante su etapa en el Ministerio de Cultura.

Frédéric Martel, escritor y director del programa Soft Power de France Culture, cree que su figura despierta un rechazo unánime en el ámbito cultural. “Casi todo el mundo la considera incompetente, inculta y vulgar. No ha hecho nada por la Cultura. Es verdad que ha gestionado el ministerio, ha mantenido el presupuesto y como está muy mediatizada, ha asumido el rol. Y eso es bueno. Pero no sabe lo que es la política cultural. Tiene una idea destructiva de la cultura de base. Quiere acercarla a las clases populares, a los barrios, a los pueblos. Pero no pone los medios, porque eso deben hacerlo las asociaciones a las que no ayuda. Funciona de forma errática, no tiene sentido. Y para Radio France es un desastre, porque pretende reformar algo que ignora completamente”.

Dati, en realidad, ha sido una ministra contra la cultura. O contra sus representantes. “No teme a los artistas. Son ellos quienes le tienen miedo a ella. Lo dicen poco, para proteger una subvención en tiempos difíciles, pero en privado confían su desprecio o su aversión”, explicaba el periodista Michel Guerrin en Le Monde. “El cuaderno de los apodos está bien surtido: incompetente, demagoga, populista, mentirosa, en proceso de trumpización”, insistía el periodista.

La lucha es permanente. También contra el sector público del audiovisual, para el que ha diseñado una reforma muy criticada. La ley Dati propone crear un holding único, France Médias, para agrupar France Télévisions, Radio France y el Institut National de l’Audiovisuel (INA) bajo una sola dirección, con el argumento de reforzar la soberanía audiovisual y la coordinación entre medios públicos frente a plataformas privadas. Pero la oposición, y los sindicatos, temen que el objetivo sea liquidar la diversidad ideológica y facilitar su control.

Dati, pese a haber intentado desviar el tiro, ha salido salpicada tras el escándalo del Louvre. Uno de sus rivales en la carrera por la alcaldía, el socialista Emmanuel Grégoire, lo ve así. “El martes siguiente del robo dijo que no hubo problemas ni fallos. Y eso no era verdad, como se ha demostrado. Luego intentó corregir el tiro. Se pasa el tiempo como elegida de la oposición municipal dando lecciones de seguridad a la izquierda, y eso es un problema con lo que ha ocurrido en el Louvre, que depende de ella. Aunque luego haya querido echarle la culpa a la inseguridad en la ciudad, los fallos estaban en su área, en el museo. Y eso desmonta su autoridad”.

Su paso por el Ministerio de Cultura no dejará un gran recuerdo.

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Sobre la firma

Daniel Verdú
Nació en Barcelona pero aprendió el oficio en la sección de Madrid de EL PAÍS. Pasó por Cultura y Reportajes, cubrió atentados islamistas en Francia y la catástrofe de Fukushima. Fue corresponsal siete años en Italia y el Vaticano, donde vio caer cinco gobiernos y convivir a dos papas. Corresponsal en París. Los martes firma una columna en Deportes
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