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Los ‘tories’ británicos afrontan el miedo al hundimiento del partido

La pronosticada victoria del Partido Laborista y la irrupción del candidato populista Nigel Farage han puesto contra las cuerdas al primer ministro Rishi Sunak y empujado a los ‘tories’ a una crisis existencial

Rishi Sunak
Rishi Sunak deposita una corona de flores en el acto británico de conmemoración del 80º aniversario del desembarco de Normandía, el jueves 6 de junio en Ver-sur-Mer (Francia).LUDOVIC MARIN (REUTERS)
Rafa de Miguel

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Los mentideros del Partido Conservador del Reino Unido evocan con temor, desde hace varias semanas, un fantasma al que llaman “Canadá 93″. En aquel país, con un sistema parlamentario muy similar al británico, el Partido Conservador Progresista sufrió ese año una derrota a manos del Partido Liberal que le llevó casi a desaparecer del mapa político. Pasó de 167 escaños a retener apenas dos. Aparte de una década de desgaste en el poder y una candidata, Kim Campbell, tan insustancial para sus críticos como el primer ministro británico, Rishi Sunak, lo es para los suyos, fue la aparición de un partido a su derecha, el Partido Reformista, lo que hundió definitivamente a los tories canadienses. Las comparaciones nunca son perfectas, pero esta mantiene aterrada a la derecha británica.

La aparición a última hora en la escena electoral de Nigel Farage, el político que impulsó el Brexit, con una popularidad similar a la de Boris Johnson, al frente del partido Reform UK, supone para muchos analistas y para bastantes diputados conservadores el último clavo en el ataúd de un partido que padece una grave crisis existencial.

“Necesitamos acabar con el modelo actual y traer al Reino Unido una nueva forma de hacer política. Estamos, quizá, a punto de lograr un verdadero cambio. Queremos poner en marcha una revolución que favorezca a los ciudadanos británicos”, proclamaba de nuevo este viernes por la noche en el debate de siete partidos organizado por la BBC —ignorado por los dos principales candidatos— Farage, que no desaprovecha ninguna oportunidad de ocupar espacio de pantalla. Su batalla, como ha dejado claro, es por los restos del naufragio de la derecha, que ya da por descontado.

“El Partido Conservador sufre un problema fundamental de identidad. La mayor parte de su historia ha logrado ser dos partidos en uno”, explicaba recientemente el exministro David Gauke, que abandonó la formación por su oposición al Brexit, en la revista The New Statesman. “Pudo ser una organización de centroderecha capaz de defender los intereses de los empresarios y de la clase media, y a la vez un partido populista y patriota que recababa el apoyo de las clases trabajadoras con un profundo sentimiento nacionalista”, distinguía. Admite Gauke que muchos votantes conservadores ya no perciben ninguna de esas opciones en la oferta electoral de su partido.

Sunak de las mil caras

Sunak ha ensayado sin éxito todas las personalidades tories, y cada una de ellas le ha acabado estallando en la cara. Ha querido presentarse como el estadista capaz de hacer frente a los retos de seguridad y defensa del siglo XXI, y su espantada el pasado jueves de los actos conmemorativos del 80º aniversario del desembarco de Normandía para hacer campaña ha logrado irritar al estamento militar británico, a los veteranos y a la clase media conservadora.

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Ha querido ser el tecnócrata riguroso y responsable que enderezaba la economía y no ha contentado a nadie: el Reino Unido sigue inmerso en una profunda crisis del coste de la vida, con unos servicios públicos en estado agónico. Y las reglas presupuestarias impiden al primer ministro complacer a los diputados de sus filas que reclaman una mayor bajada de impuestos. A cambio, un amplio grupo de empresarios ha decidido respaldar a la oposición laborista y a su líder, Keir Starmer.

Finalmente, el primer ministro ha presentado su cara más populista con un plan de deportaciones de inmigrantes a Ruanda que se ha desinflado como un suflé: ni un solo vuelo ha despegado aún hacia ese país africano y el número de personas que han llegado a suelo británico después de cruzar el canal de la Mancha vuelve a estar este año en niveles récord (más de 11.000, un 46% por encima de la cifra de 2023 por estas fechas). El partido de Farage ha hecho bandera de este asunto, y del fracaso de los conservadores en atajarlo.

La amenaza de un tercer puesto

La última encuesta de la empresa YouGov, que emplea datos de casi 60.000 encuestados y permite asignar escaños a los partidos, anticipa para las elecciones del 4 de julio una victoria laborista arrolladora, superior incluso a la de Tony Blair en 1997. El partido de Starmer obtendría hasta 422 diputados, frente a 140 de los conservadores (las cifras en los comicios de hace cinco años fueron de 202 y 365, respectivamente). Aunque el sondeo no atribuye ningún representante a Reform UK, el partido de Farage, le sitúa como segunda fuerza en decenas de circunscripciones. Frente a un 19% de apoyo a los tories que atribuye la media de las encuestas, la nueva formación, apenas conocida la decisión del político populista de volver a ser candidato, se acerca ya a un 16%.

Durante los dos últimos siglos se ha definido al Partido Conservador británico como la “máquina electoral perfecta”, y sus primeros ministros han ocupado Downing Street la mayor parte de ese periodo. En un sistema bipartidista prácticamente blindado, hasta en la época más aciaga para los tories ―el largo periodo de Gobierno del Nuevo Laborismo de Blair― era simplemente cuestión de paciencia y de esperar que cambiaran las tornas.

El Brexit, sin embargo, fue un indicador adelantado que demostraba que el Reino Unido no era inmune al auge de populismos de extrema derecha que se acabaría extendiendo por toda Europa. Boris Johnson logró camuflar la amenaza en 2019, al apropiarse del discurso de Farage, levantar la bandera del antieuropeísmo ―“Get Brexit Done” (“Hagamos que el Brexit sea realidad”) fue su lema de campaña― y alimentarse de la frustración y angustia del llamado muro rojo, el norte de Inglaterra que tradicionalmente votaba laborismo.

Sunak no tiene el carisma, la popularidad o el cinismo de Johnson.

“No puedes razonar con un tigre cuando tienes tu cabeza dentro de su boca. El único modo que tienen los conservadores de no acabar a merced de Farage después del 4 de julio es conseguir el mayor número posible de escaños. Si quedan terceros ―porque obtengan menor número de votos que Reform UK, aunque lo superen en escaños― se abrirán todas las puertas de la locura”, anticipa William Atkinson, número dos de la página web ConservativeHome, el foro obligatorio para entender el ánimo de los tories en cada momento.

En Canadá, conservadores y reformistas necesitaron sufrir varias derrotas más, a lo largo de una década, para entender que debían fusionarse para sobrevivir, como finalmente hicieron. Son muchos los que sostienen estos días que los tories británicos tendrán que abrazar a Farage y sus huestes para poder resurgir de sus cenizas. A fin de cuentas, el político ya inició su andadura, hace 30 años, en el Partido Conservador. Si acabara regresando, sin embargo, sería a una formación muy distinta a la que abandonó a finales del pasado siglo.

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Sobre la firma

Rafa de Miguel
Es el corresponsal de EL PAÍS para el Reino Unido e Irlanda. Fue el primer corresponsal de CNN+ en EE UU, donde cubrió el 11-S. Ha dirigido los Servicios Informativos de la SER, fue redactor Jefe de España y Director Adjunto de EL PAÍS. Licenciado en Derecho y Máster en Periodismo por la Escuela de EL PAÍS/UNAM.
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