Documentar la guerra en Ucrania… también a través del relato de los sueños

El Centro de Historia Urbana de Lviv reúne un macroarchivo de imágenes, vídeos y testimonios personales sobre los efectos de la invasión rusa para poner a disposición de la justicia, los medios o la investigación

Un combatiente entre las ruinas de la acería Azovstal, durante el asedio en mayo de Mariupol, en una imagen del archivo del Centro de Historia Urbana de Lviv.
Un combatiente entre las ruinas de la acería Azovstal, durante el asedio en mayo de Mariupol, en una imagen del archivo del Centro de Historia Urbana de Lviv.Dmytro Kozatskyi

La escena del sueño es la siguiente: una joven está sentada en su habitación cuando entra una especie de criatura pequeña, quizá un hada, puede que un gnomo. Esta criatura la mira y se sitúa en lo alto de una ventana, sobre el marco. La joven despierta y siente que aquel ser canijo que la observaba fijamente representaba de algún modo la muerte. Este es uno de los relatos oníricos que ha reunido el investigador Bohdan Shumilovich como parte del proyecto de documentación de la guerra que desarrolla el Centro de Historia Urbana de la ciudad de Lviv, en el oeste de Ucrania. “A veces los sueños pueden probar cosas que los documentos no pueden”, dice Shumilovich, de 45 años. Mostrar emociones o sentimientos que deben formar parte de la historia de esta guerra más allá de las bombas, las muertes y la huida.

Pero antes que los sueños golpearon la puerta de este centro de investigación decenas de ciudadanos ucranios que huían desde el este del país para cobijarse en Lviv, ciudad clave en el viaje hacia la frontera occidental. Desde que Rusia inició la invasión el pasado 24 de febrero, esta institución independiente, localizada en un impecable edificio art nouveau del centro de la ciudad, ha acogido a más de 300 personas. Cinco meses después, las sirenas siguen sonando en las calles ―aunque los refugios poco se llenan―, pero muchos ucranios desplazados por la violencia han regresado ya a sus hogares. Eso si aún existían. El Centro de Historia Urbana mantiene a 11 personas pernoctando en su antigua sala de conferencias.

“Primero nos preguntamos qué podíamos hacer como seres humanos y alojamos a la gente”, relata Mariana Mazurak, de 32 años, subdirectora del centro, “luego pensamos en cómo contribuir como institución e iniciamos el proceso de documentación”. Comenzaron a reunir testimonios, a entrevistar a ciudadanos ucranios, a archivar fotos de particulares, de fotógrafos profesionales e incluso de las redes sociales, con Telegram a la cabeza. Tienen ya más de 27.000 imágenes almacenadas y 130 relatos personales a través de cuestionarios que incluso repiten para salvar las emociones de las primeras respuestas, las que salen en caliente.

Algunas de las fotografías recogidas muestran simplemente instantáneas de una vida corriente alrededor de la guerra; otras viajan hasta el interior de humildes refugios, a aquellos días en los que resistía Azovstal, en Mariupol, a las calles llenas de cócteles molotov preparados por la resistencia, al destrozo de las bombas o, incluso, a los cuerpos aniquilados por la guerra que guardan los ficheros. “No sabemos aún cómo mostrar esas imágenes con cadáveres, pero lo haremos”, apunta Mazurak. El objetivo de todo este esfuerzo está en hacer público el material, bien sea para la investigación, el periodismo o incluso servir a la justicia.

Un combatiente amputado en la acería de Azovstal, durante el asedio en mayo de Mariupol, en una imagen del archivo del Centro de Historia Urbana de Lviv. DMYTRO KOZATSKYI
Un combatiente amputado en la acería de Azovstal, durante el asedio en mayo de Mariupol, en una imagen del archivo del Centro de Historia Urbana de Lviv. DMYTRO KOZATSKYI
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El Centro de Historia Urbana de Lviv, fundado por el austriaco Harald Binder, es solo uno de tantos esfuerzos por documentar la guerra de Ucrania, un caso único de estudio por la cantidad de material audiovisual que produce, la excepcional contribución de las redes sociales, la llegada masiva de periodistas y el acceso a cientos de miles de desplazados, con sus vivencias a la espalda. En la cima de estos trabajos está sin duda el Tribunal Penal Internacional con sede en La Haya, que investiga crímenes de guerra con el compromiso de más de 40 países de coordinar sus pesquisas. Pero también hay iniciativas nacionales más pequeñas, como la Coalición 5 am —las cinco de la madrugada, hora en la que empezó la invasión rusa—, que reúne a una treintena de organizaciones ucranias de derechos humanos.

Tom Artem, ucranio de 27 años, ha contribuido con sus fotos al macroarchivo en construcción del Centro de Historia Urbana de Lviv. Es uno de esos 11 desplazados por la guerra que aún viven en este edificio. Desde Jersón, en el sureste del país, huyó en febrero junto a sus hermanos hacia Odesa, en la costa del mar Negro. En marzo, el joven, esta vez solo, recaló en Lviv. Ya han pasado dos semanas, según cuenta tremendamente nervioso, de la última vez que habló con sus padres. Sus hermanos le cuentan que están escondidos en algún lugar de Jersón, hoy ocupada por los militares rusos.

—¿Cómo se siente?

—Enfadado, vacío.

Esa es justo el tipo de pregunta poco recomendable desde el punto de vista académico, según admite Bohdan Shumilovich. “Si quieres documentar”, explica, “no hay que buscar una reflexión emocional”. Shumilovich, profesor en la Universidad de Lviv, no quería actuar de terapeuta. Otros colegas del mundo académico le sugirieron optar por reunir una suerte de diarios que pudieran formar parte de la historia. Y eso es lo que pidió a sus estudiantes. “Les dije que escribieran sobre su vida diaria, los cambios a su alrededor, lo que leían en los medios o redes”, prosigue el historiador. El relato de la guerra, al fin y al cabo, no lo escriben solo las víctimas directas de la violencia, sino todos aquellos que la sufren, bien sea desde un lugar relativamente seguro como Lviv. Al principio se apuntaron a la iniciativa 50, luego 70, pero poco a poco fueron desanimándose; no sabían qué más contar.

Ahí es cuando entró en escena el relato onírico. Shumilovich recordó el libro publicado por la periodista alemana Charlotte Beradt en los años sesenta del siglo pasado bajo el título El Tercer Reich de los sueños. En este, Beradt, con ayuda de la escritora Hannah Arendt, reunía más de 300 sueños de ciudadanos judíos bajo el régimen nazi. “No son una fuente exacta para la documentación”, dice el investigador ucranio, “pero sí son evidencia”. Una evidencia diferente, pero que puede formar parte de la historia de la guerra más allá de las conquistas o derrotas del ejército. Los jóvenes comparten con Shumilovich sueños que escriben a mano, en sus ordenadores, que graban e interpretan. La idea es reunir los diarios y sueños, traducirlos a inglés y mostrárselos al mundo a través de la Red.

Ahí va otro sueño: un joven está sentado en una habitación junto a un gato, bajo un techo acristalado. Por encima, una especie de ratas voladoras aguardan amenazantes. La escena guarda una estética casi cinematográfica, según el relato. De repente, las ratas atacan con mucha violencia.

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Sobre la firma

Óscar Gutiérrez (ENVIADO ESPECIAL)

Periodista de la sección Internacional desde 2011. Está especializado en temas relacionados con terrorismo yihadista y conflicto. Coordina la información sobre el continente africano y tiene siempre un ojo en Oriente Próximo. Es licenciado en Periodismo y máster en Relaciones Internacionales

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