Las tumbas vacías de los Balcanes

Transcurridas dos décadas de las guerras en la antigua Yugoslavia, asociaciones de víctimas luchan todavía por localizar a miles de desaparecidos

Un niño con las imágenes de dos desaparecidos durante la conmemoración del Día Internacional de los Desaparecidos, en agosto de 2019 en Pristina.
Un niño con las imágenes de dos desaparecidos durante la conmemoración del Día Internacional de los Desaparecidos, en agosto de 2019 en Pristina.Laura Hasani

Apiladas entre sillas y folletos, decenas de siluetas negras de cartón con forma de persona dominan la entrada a la sede de la Alianza de familias de detenidos y desaparecidos veteranos de guerra croatas, en Zagreb. Son solo una parte de las cerca de 2.000 que fueron utilizadas el pasado 30 de agosto en un acto con motivo del día mundial en recuerdo de los desaparecidos. La cifra no es casual; se trata de una estimación de personas aún por hallar en Croacia —vivas o muy probablemente muertas— fruto de la guerra que sufrió el país, junto con otros territorios de la antigua Yugoslavia, y de cuyo final se cumplen este mes 25 años.

“Son tantas que no nos caben todas”, reconoce la presidenta de la asociación, Ljiljana Alvir, en un reciente viaje que efectuó EL PAÍS a Zagreb. Una de esas siluetas recuerda a su hermano Robert, soldado en la segunda (tras un breve conflicto de 10 días en Eslovenia) de las guerras que desmembraron Yugoslavia en los años noventa dejando más de 100.000 muertos, un genocidio (Srebrenica) y –más de dos décadas después– alrededor de 10.000 desaparecidos que el paso del tiempo hace cada vez más difícil encontrar. Alvir, de hecho, no aspira ya a volver a abrazar a su hermano (“con todos los años que han pasado, si estuviese vivo habría encontrado alguna manera de ponerse en contacto con nosotros”, dice), sino a darle un entierro católico como el que recibió su prometido, que también murió en la guerra y cuyos restos descansan en Vukovar, la fronteriza ciudad croata en la que comenzó la agresión serbia.

“Mi hermano y yo éramos muy cercanos. Él tenía 19 años y yo, 21. Era soldado y el día antes de que cayese Vukovar [18 de noviembre de 1991] intentó con otros jóvenes cruzar a la otra parte de Croacia para permanecer con vida, pero los serbios les capturaron. Ese es el último rastro que hay de él. He seguido pistas y testimonios, pero sigo sin saber qué pasó a partir de ese día. He hecho todo lo posible por encontrarlo. Sueño con él. Y siento una responsabilidad de que no esté aquí. Que tendría que haber hecho algo. Algo. Haberle dicho: ‘quédate aquí’. Sé que no es así, pero es muy difícil vivir esta agonía y es muy difícil vivir sin tumba. Cuando voy a Vukovar visito la tumba de mi prometido. Y hablo con él. Le hablo de mis sobrinos. Cada familia, no solo la mía, necesita algo así. Tener ese lugar. Saber ‘aquí está mi hermano, mi hijo o mi marido’ y poder encender una vela, poner flores o decirle algo”, asegura entre lágrimas.

Drazenka Kosic es la otra cara de la misma moneda. Tiene 51 años, la edad que su padre estaba a meses de alcanzar cuando, en 1992, dos policías militares croatas se lo llevaron de casa y nunca más lo volvieron a ver. Él era un serbocroata en Slatina, una localidad en la región oriental de Eslavonia que al inicio del invierno de 1991 tomaron paramilitares serbios y poco después recuperaron las fuerzas croatas. “Fue entonces cuando los croatas empezaron a tomar represalias, matando civiles o quemando casas de gente que no tenía nada que ver con lo que pasó”, recuerda hoy Kosic. Primero fue un artefacto explosivo como advertencia; luego, la desaparición y, finalmente, una llamada anónima que les pedía una alta suma de dinero si querían volver a verlo con vida. Pagaron, pero nada cambió.

“Pasamos un año pensando que estaría vivo, hasta que la policía nos dijo que fue asesinado el mismo día en que fue capturado. Lo llevaron a unos barracones junto al río Drava, donde fue interrogado. Luego le mataron y tiraron su cadáver al río”, relata. El asesino fue condenado por un tribunal militar, pero se benefició de una amnistía, por lo que solo estuvo en torno a dos meses en prisión, agrega. Los cómplices no llegaron a entrar en la cárcel. El cadáver de su padre nunca ha aparecido. Ambas cosas –el juicio y la falta de una lápida sobre la que llorar– son los dos grandes dolores de Kosic. “Lo más duro es que a veces me topo con la persona que mató mi padre. Pero si no se encuentra el cuerpo siempre faltará algo. Es como si, en cierto modo, no se cerrase. Y no tengo mucha esperanza de que lo encontremos".

Pese al árbol de las historias de dolor de quienes aún buscan a sus seres queridos, el bosque está lleno de casos cerrados. De aquellos que lograron dar sepultura –o hallaron con vida– a quienes desaparecieron durante las guerras en Croacia (1991-1995) y Bosnia (1992-1995), y en Kosovo (1998-2000). Según datos del pasado agosto del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), uno de los organismos internacionales que participa en la búsqueda de los desaparecidos en la antigua Yugoslavia, un 71,4% (25.000) de las 35.013 desapariciones comunicadas al organismo han sido resueltas: el 60% se hallaron los cuerpos y se entregaron los restos a las familias y el 10% de los desaparecidos fueron encontrados con vida.

“Los resultados en la antigua Yugoslavia no tienen precedentes. En ninguna otra región del mundo se ha dado ese porcentaje de identificaciones exitosas de personas desaparecidas tras el conflicto”, apunta Matthew Holliday, jefe del programa de los Balcanes Occidentales de la Comisión Internacional sobre Personas Desaparecidas, creada a iniciativa del entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, en 1996, poco después de la firma de los Acuerdos de Dayton que pusieron fin al derramamiento de sangre en Bosnia, y que ha trabajado desde entonces en más de 40 países. La Comisión, que eleva los dosieres de desaparecidos a unos 40.000 (10.500 de ellos por resolver), ha sido importante en una labor en la que participan un mosaico de organizaciones locales, estatales e internacionales (oficiales, de la sociedad civil, veteranos de guerra, etc.), en ocasiones según el país y la nacionalidad o adscripción étnica de los desaparecidos.

El país que más sufrió es también el que tiene mayor número de lápidas por rellenar. Bosnia ha concentrado casi dos tercios (22.424) de los casos, 6.395 todavía abiertos. Unos 8.000 desaparecidos tenían el sello del genocidio. Son los varones musulmanes asesinados en la masacre de Srebrenica por las fuerzas serbobosnias al mando de Ratko Mladic, que cumple por ello cadena perpetua en una prisión de La Haya.

Quedan por encontrar los restos de unos 1.000. Entre ellos, varios de los 22 familiares que perdió en el genocidio Munira Subasic, hoy presidenta de la Asociación de madres de los enclaves de Srebrenica y Zepa. Su marido fue identificado y enterrado en 2005. Los restos de su hijo, hallados desperdigados en dos fosas comunes, una a 10 kilómetros de la otra, cerca de Srebrenica. Son solo dos huesos, que dieron positivo en la prueba de ADN. “Era muy importante que mi hijo tuviese una tumba digna y una lápida, lo que en mi percepción es una prueba de su existencia. Aunque sus nombres están escritos sobre tumbas, nadie puede decir que no existieron”, explica por correo electrónico.

Más arduo

En el camino se han resuelto muchas incógnitas, pero la lejanía temporal de los hechos hace cada vez más arduo resolver los casos pendientes. “Siendo menos, están siendo mucho más difíciles de encontrar que los anteriores”, señala Alvir. Uno de los problemas: algunos intentos de eliminar huellas de las atrocidades funcionaron. “Sabemos por algunos testigos dónde estaban inicialmente los cuerpos. Allí excavamos y encontramos restos, pero los cadáveres ya no están allí porque fueron movidos a otra parte, incluso más de una vez. Y ahí es donde perdemos la pista”.

“El principal reto es la falta de información creíble sobre nuevas fosas comunes secretas y tumbas individuales”, apunta Holliday, quien admite que también se cruzan en el camino la “reticencia o incapacidad de los Estados para cumplir sus obligaciones de investigar de forma efectiva la suerte y ubicación de los desaparecidos” y “la política, con algunos esfuerzos enfocados exclusivamente en algunos grupos de desaparecidos, en detrimento de otros”.

Fabien Bourdier, coordinador de la cuestión de los desaparecidos en los Balcanes Occidentales y presidente del grupo de trabajo del CICR sobre desaparecidos en Kosovo, admite que el descenso en el número de nuevos carpetazos a los casos es “particularmente preocupante”. “En los últimos años prácticamente se ha detenido, a causa del paso del tiempo y de la falta de información sobre nuevos lugares de enterramiento. En 2018, fueron halladas e identificadas 111 personas; el año pasado, 218; y en lo que va de año, solo 31”, señala por correo electrónico. El Comité alcanzó en 2018 un acuerdo con el mecanismo residual que sucedió al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia –clausurado en 2017 tras 25 años de actividad– por el que está rastreando cualquier potencial pista entre los nueve millones de páginas que este alberga en La Haya.

Vesna Terselic, directora de Documenta, una ONG con sede en Zagreb dedicada a la asunción del pasado bélico en la región y también involucrada en el dosier de los desaparecidos, ve tres motivos que explican el casi impasse actual: “Los testigos directos de los asesinatos o los enterramientos rara vez alzan la voz porque tienen miedo de quienes lo hicieron; los institutos, departamentos y comisiones gubernamentales no invierten los recursos y medios necesarios; y, por último, la cooperación entre Gobiernos e intercambio de información es ineficiente. Demasiado a menudo se politiza y se hace mal uso del asunto de la búsqueda de desaparecidos, que debería ser puramente humanitario”. Las asociaciones locales de familiares de desaparecidos suelen de hecho salpicar su discurso de la denuncia de agravios comparativos respecto a un “otro” (serbio, croata, bosniaco, albanokosovar…) al que se prestaría más atención. "Cada aniversario de la desaparición es más que simplemente familias exigiendo la verdad: son comunidades de memoria que también reclaman el derecho a saber qué sucedió. Nuestras sociedades viven de facto en círculos de retraumatización vinculados a la suerte de los desaparecidos”, añade.

El presidente de Serbia, Aleksandar Vucic, y el primer ministro de Kosovo, Avdullah Hoti, se comprometieron a profundizar en la búsqueda de los desaparecidos en el acuerdo, principalmente económico, que firmaron el pasado septiembre en la Casa Blanca en presencia de Donald Trump. La mayoría de los más de 6.000 desaparecidos del conflicto son albanokosovares, pero también hay serbios, como Ivan Celic, cuyo rastro se perdió en Pristina en 1999 dos días después del despliegue en la ciudad de las tropas multinacionales de la KFOR. “Recibió una llamada del director de la empresa en la que trabajaba para que fuese al centro de Pristina para un relevo. Condujo allí por la mañana y ya no tuvimos más información sobre él. Durante el conflicto no había sido reclutado por el Ejército ni por la policía. Tenía 39 años”, explica por correo electrónico su hermano Dusko Celic, presidente de la Coordinadora serbia de familias de desaparecidos y muertos en la antigua Yugoslavia, que aglutina a 60 asociaciones. Fue en ese periodo, desde la retirada de las fuerzas de Slobodan Milosevic hasta finales de 2000, cuando se dieron la gran mayoría de desapariciones de serbios y otras comunidades no albanokosovares, como los romaníes.

En 2003, la familia recibió los restos. Había muerto de un disparo en el cuello mientras tenía las manos atadas con alambre, según el informe de la autopsia, obtenido por la familia, agrega Celic. “El periodo de incertidumbre fue el más difícil. Nos llegaban noticias falsas de gente con nombres falsos que pedían dinero por sus servicios, diciendo que Iván estaba vivo. También fue doloroso convencer a su mujer, hijos y madre del trágico hecho de que los restos eran de Iván. De que estaba muerto”.


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