Trump cambia el curso de la campaña con sus ataques a la legitimidad de las elecciones

El Partido Republicano rechaza la estrategia del presidente de avivar el fantasma del fraude y los demócratas ven en ella un ejercicio de distracción para recuperar la iniciativa perdida

El presidente Trump se dirige a los periodistas, este viernes en la Casa Blanca. En vídeo, Trump plantea posponer las elecciones presidenciales de noviembre.ALEX BRANDON (AP) | Vídeo: REUTERS / EPV

Era un día de homenaje a un héroe de las libertades civiles. La hora de las elegías a un histórico líder de la lucha por el derecho al voto para los afroamericanos. Desde el púlpito del funeral por el congresista John Lewis, en Atlanta, tres de los cuatro últimos presidentes apelaron a las esencias democráticas de Estados Unidos. Recordaron que, casi dos siglos y medio después de la declaración de independencia, en medio del año más duro que atraviesa el país en su historia reciente, aún queda mucho terreno para la lucha por los principios de igualdad y libertad sobre los que se levanta la gran potencia mundial. Otro presidente, el actual, no participó en el acto. Recluido en la Casa Blanca, tuiteando y viendo la televisión, Donald Trump prefirió avivar las llamas del conflicto y, en su tuit número 13.097 desde que se convirtió en comandante en jefe, 96 días antes de los comicios en los que busca una reelección que hoy los sondeos le arrebatan, planteó retrasar las elecciones, alegando sospechas infundadas de que el aumento del voto por correo debido a la pandemia provocará fraude electoral.

Ninguno de sus tres predecesores mencionó el nombre de Donald Trump. Pero sobrevoló la ceremonia la sombra del desdén del presidente hacia las protestas por la justicia racial que han recorrido el país estos meses, inspiradas por la lucha del propio Lewis, y la de sus supuestas maniobras por limitar un derecho al sufragio que el legislador al que se rendía tributo luchó por ampliar. “Mientras estamos aquí sentados, hay gente en el poder que está haciendo todo lo posible para desalentar el voto, para suprimir el voto cerrando centros electorales, atacando a minorías y estudiantes con restrictivas leyes de identificación y atacando nuestro derecho al voto con precisión quirúrgica, incluso socavando el servicio postal antes de las elecciones, que dependerán del voto por correo para que la gente no se enferme”, advirtió Barack Obama.

Tratar de adivinar una estrategia a partir de un tuit es arriesgado. ¿Fue solo una de esas rabietas a las que muchos de sus biógrafos dicen que es propenso? ¿Se trató de una mera maniobra para desviar la atención de los catastróficos datos económicos que su Administración se disponía a publicar? ¿O de verdad el presidente de Estados Unidos está dispuesto a intentar aplazar, por primera vez en la historia del país, la fecha de las elecciones?

Sea como fuere, los tuits de Trump expresan desconfianza en la democracia estadounidense, en plena campaña electoral, en medio de una pandemia descontrolada y con el país políticamente polarizado y sacudido por las protestas. Sus insinuaciones de fraude, su exigencia (en un tuit posterior) de que los resultados se conozcan la misma noche electoral, cuando el aumento del voto por correo es probable que retrase el escrutinio si se trata de una contienda ajustada, preparan el terreno para cuestionar el desenlace de las elecciones. Sobre todo entre cierto núcleo duro de sus seguidores que se ha demostrado particularmente receptivo a las teorías conspiratorias.

La dinámica se antoja particularmente peligrosa dados los recientes golpes que ha recibido la reputación de la democracia estadounidense. En la memoria de todos están los últimos días del año 2000, con el bochornoso recuento de votos en Florida que dio la victoria a George W. Bush ante Al Gore. En un año marcado por escándalos en el recuento de las primarias, de los caucus de Iowa a Nueva York, donde el aumento del voto por correo debido a la pandemia aún no ha permitido concluir el recuento de los comicios celebrados hace más de un mes, la retórica de Trump tiene donde sostenerse. Y la trayectoria del controvertido fiscal general William Barr, que viene ejerciendo de brazo ejecutor de la agenda política del presidente y que ya ha amplificado sus alegaciones infundadas de fraude electoral, desaconseja descartar que toda la maquinaria del departamento de Justicia se sume a una ofensiva de contestación de los resultados si no son satisfactorios.

Resulta destacable, no obstante, lo solo que se quedó Trump en su sugerencia, dentro de un Partido Republicano que, en tres años y medio de mandato, se ha convertido en poco menos que un culto a la personalidad de Trump, tolerando, si no directamente aplaudiendo, cualquier salida de tono de un presidente que como candidato suscitó todos los recelos del Viejo Gran Partido. Los pesos pesados de la formación, del senador Marco Rubio al veterano y astuto líder de la mayoría en la Cámara alta, Mitch McConnell, salieron a dejar clara su negativa a plantear siquiera el aplazamiento.

El rechazo frontal expresado por su partido plantea incógnitas sobre el desenlace de la recta final de la campaña, si la recurrente queja del presidente sobre unas “elecciones amañadas” se convierte en estrategia central. Podrían abrirse grietas en el cohesionado bloque republicano si al debate sobre la estrategia ante el coronavirus, la reactivación económica y la justicia racial se suma un enfrentamiento sobre los fundamentos mismos de la estructura democrática del país.

Hay indicios de que así será. Y avisos desde hace tiempo. Este mismo mes, en una entrevista en Fox News, Trump se negó a confirmar si aceptará o no los resultados. “Ya veremos”, dijo. El mismo jueves, tras la tormenta desatada por sus tuits, se resistió descartar la posibilidad de buscar un aplazamiento. “¿Que si quiero ver un cambio de fecha? No. Pero tampoco quiero ver una elección fraudulenta”, dijo a los periodistas.

En la campaña de Joe Biden, se contempla la jugada de Trump como un mero ejercicio de distracción. Consideran que desviar la narrativa de la campaña hacia cualquier tema que no sea la economía o la pandemia beneficia al presidente. Y en particular, el cuestionamiento de la legitimidad de las elecciones le permite tomar la iniciativa y situarse en ese ataque al sistema que tan bien funciona entre sus bases. Trump, recuerdan, juega mucho mejor a la ofensiva que a la defensiva.

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