Un gigante de la socialdemocracia

Olof Palme personificó el modelo sueco del bienestar y la lucha contra las dictaduras, especialmente las de Franco y Pinochet

El primer ministro sueco, Olof Palme, pide dinero para la oposición española, en octubre de 1975, en un mercado de Estocolmo. En vídeo, la policía identifica al asesino de Palme.EPV

La muerte a quemarropa de Olof Palme el viernes 28 de febrero de 1986 a las 23.21 cuando salía de un cine en el centro de Estocolmo causó una conmoción en Suecia y en el resto de Europa solo comparable al asesinato de John F. Kennedy en Dallas el 22 de noviembre de 1963. El primer ministro sueco, de 59 años, y que había sido reelegido el otoño anterior para un nuevo mandato, se encontró con la muerte en esa fría noche, en la calle Sveavägen, tras ver la película Los hermanos Mozart en compañía de su mujer, Lisbeth Beck-Friis, y uno de sus tres hijos, que no logró convencerle para que el matrimonio cogiera un taxi de vuelta.

El hecho de que en ese momento pasease sin escolta como un ciudadano más y de que quisiera regresar a su casa en metro definía el carácter del Estado del bienestar y del igualitarismo sueco del que él fue uno de sus principales valedores durante la década de los setenta y los ochenta, una figura con un peso internacional indiscutible para una pequeña nación de entonces 8,3 millones de habitantes. “Es necesario salir del búnker del Gobierno y como cualquier persona corriente irse una tarde al cine. Para que a uno no se le embote la humanidad”, comentó en una ocasión, él, que había nacido en una aristocrática familia de la capital sueca, asistido a los mejores colegios, y hablaba varios idiomas, entre ellos inglés, francés, alemán, español, algo de ruso y algunos dialectos escandinavos. “Nací en la clase alta, pero pertenezco al movimiento obrero. He llegado hasta aquí trabajando para las clases trabajadoras en sus propios términos, uniéndome al movimiento trabajador en pro de la libertad, la justicia y la igualdad”, aseguraba con una convicción en la que muchos de sus críticos y enemigos veían condescendencia y arrogancia.

Nacido el 30 de enero de 1927, fue el más pequeño de los tres hijos de Gunnar y Elisabeth von Knieriem Palme y su infancia estuvo llena de problemas de salud. Inteligente, esbelto y con unos característicos ojos azules, amante del deporte, se graduó a los 17 años en una de las mejores escuelas privadas del país, Sigtuna Humanistiska Laroverk, en 1944, e hizo el servicio militar como teniente de caballería. Después obtuvo una beca en el Kenyon College de Ohio (EE UU), donde estudió política y economía y se licenció en 1948. Viajero incansable, su estancia en Estados Unidos, donde en cuatro meses visitó 34 Estados con un presupuesto de 300 dólares de la época, fue el primero de dos viajes iniciáticos que cambiaron su vida. Allí conoció la segregación racial y la pobreza que le inclinaron hacia la izquierda. “Vi a la gente pobre en el país más rico del mundo”, dijo. El segundo viaje le llevo de vuelta a Europa y en Praga se casó con una estudiante checoslovaca solo para que pudiera salir del país en 1949. Se divorciaron poco tiempo después.

En 1951, tras su regreso a Suecia y licenciarse en Derecho, inicia su carrera en el Partido Socialdemócrata, primero como líder de la Unión Nacional de Estudiantes, después como secretario personal del entonces primer ministro Tage Erlander. Más tarde llega a ser parlamentario hasta que en 1965 se convierte en ministro de Comunicaciones (cambió la costumbre de conducir a la izquierda como los británicos) y en 1967 en titular de la cartera de Educación y Asuntos Religiosos (intervino en el polémico filme Yo soy curiosa, que trataba cuestiones sexuales). Dos años después fue elegido para suceder al socialdémocrata Erlander, en el poder desde la posguerra, y juró como primer ministro el 14 de octubre de 1969.

A los 42 años, el entonces gobernante más joven de Europa se encontró con un panorama poco esperanzador: un desempleo galopante, huelgas salvajes, un creciente déficit de la balanza fiscal y una polarización extrema entre izquierda y derecha. Palme supo dar la vuelta a la situación y llevo a Suecia a cotas inéditas de bienestar y a un protagonismo insólito del país en la escena mundial en la segunda mitad del siglo XX. Había nacido el modelo sueco: un modelo que hacía compatible la economía de mercado con una fuerte imposición fiscal garantizadora de servicios sociales de calidad desde la cuna a la tumba. Como él dijo en más de una ocasión, su objetivo no era acabar con los ricos, sino con la pobreza. “Lo demás es una sociedad de egoísmo y codazos”.

En el plano internacional, Suecia como país neutral se convirtió bajo sus dos mandatos, de 1969 a 1976 y de 1982 a 1986, en una autoridad moral como defensora del desarrollo del Tercer Mundo, la justicia social, el espíritu democrático y la denuncia de los totalitarismos. Palme se opuso a la guerra de Vietnam, al apartheid sudafricano, a la ocupación soviética de Checoslovaquia y al régimen del chileno Augusto Pinochet, además de llevar a cabo varios intentos fallidos de intervenir en la solución de la crisis de los rehenes en Irán en 1980, y de impulsar la desnuclearización y la mediación entre el Este y Oeste durante la Guerra Fría, aunque algunos le acusaban de estar más favor de Moscú que de Washington. También se opuso activamente a la dictadura franquista. Su imagen pidiendo dinero en las calles de Estocolmo a favor de los demócratas españoles, después de los últimos fusilamientos del franquismo, dio la vuelta al mundo. Amigo personal del expresidente Felipe González, con quien viajó en algunas misiones, en su despacho tenía enmarcadas dos primeras páginas de EL PAÍS con la cobertura del 23-F.

Han pasado 34 años de su muerte, más de tres décadas de hipótesis, algunas disparatadas, sobre el quién y el porqué de su asesinato. Ahora por fin parece un caso cerrado. Aquella noche del 28 de febrero de 1986 asesinaron a un hombre, pero no a su leyenda.

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