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Philippe contra Philippe

El flemático primer ministro y el combativo líder del sindicato CGT lideran el pulso por la reforma de las pensiones en Francia

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El líder sindical Philippe Martinez (izquierda) y el primer ministro francés, Édouard Philippe (primero por la derecha), en una reunión en París el pasado 26 de noviembre. AFP

El futuro político inmediato de Francia, y la paz social, están en manos de dos hombres llamados Philippe. El primero es el primer ministro Édouard Philippe, en quien el presidente Emmanuel Macron ha delegado la negociación y la venta de su ambiciosa reforma de las pensiones. El segundo se llama Philippe Martínez y es el secretario general de la CGT, el sindicato que lleva la voz cantante en las huelgas y manifestaciones que desde hace casi una semana tienen a medio país paralizado.

Édouard Philippe, de 49 años, hijo de profesores de francés y educado en la elitista Escuela Nacional de Administración, es alto y delgado; la silueta, las facciones y el bigote rotundo de Philippe Martínez, 58 años, hijo de españoles y metalúrgico de profesión, recuerda a los detectives Hernández y Fernández de las aventuras de Tintín. Podrían ser un dúo cómico: el alto y el bajo, el flemático y el combativo. Pero son el rostro de los bandos que se enfrentan en uno de los conflictos sociales más duros de los últimos años en Francia.

El miércoles, después de meses de consultas, Philippe (Édouard) desvelará por fin en un discurso los detalles de la reforma. El veredicto del otro Philippe (Martínez) sobre el discurso determinará si la batalla se prolonga o si, por el contrario, se da por satisfecho y entierra el hacha.

“Que retire la reforma”, declaró el martes Philippe Martínez en la cadena France 2 anticipando el discurso del primer ministro. Ante la Asamblea Nacional, Édouard Philippe admitió: “No es porque yo vaya a hacer un discurso que las manifestaciones cesarán. El discurso incluso suscitará nuevas preguntas. Y es normal”.

La reforma de las pensiones pone a prueba a Édouard Philippe, un hombre de la derecha moderada, exalcalde de la ciudad portuaria de Le Havre y criado políticamente bajo el ala de Alain Juppé, que en 1995 intentó reformar las pensiones siendo primer ministro y dio marcha atrás ante la presión de la calle.

Cuando Macron nombró a Philippe primer ministro, tras ganar las elecciones presidenciales de 2017, era un desconocido. En muchos aspectos son lo opuesto. El presidente puede parecer pomposo y arrogante, a veces autoritario. El primer ministro, en cambio, siempre envuelve sus palabras en una ironía que, como anglófilo que es, le gusta cultivar, como si no se lo tomase del todo en serio. No hay muchos políticos capaces de mezclar en un mismo discurso a Spiderman y a Séneca; el primer ministro es uno de ellos.

Pese a que, según la Constitución de 1958, el primer ministro “dirige la acción del Gobierno”, la lógica institucional de una presidencia fuerte conduce a que el jefe de Estado acumule poderes e invada las competencias de su jefe de Gobierno. Así ha actuado Macron. Pero, al abordar la reforma de las pensiones, ha cedido la escena a Philippe. Regresa así el rol tradicional del primer ministro como fusible: el cargo a quien el presidente puede destituir para protegerse él.

Los problemas del otro Philippe son de otra índole. Es la caída general de la tasa de sindicalización y la pérdida de hegemonía de la central que él dirige desde hace casi cinco años. En 2017, la CGT se vio superada como primer sindicato por la reformista CFDT. Fue un golpe severo, como la irrupción hace un año de los chalecos amarillos, el movimiento espontáneo, sin líderes, programa ni ataduras sindicales, que en pocas semanas logró lo que los sindicatos no habían conseguido en años: que el Gobierno rectificara sus planes.

La movilización contra la reforma de las pensiones ha permitido a Philippe Martínez volver a la primera línea y soñar con recuperar la influencia histórica de la CGT. Para Édouard Philippe, es la ocasión de demostrar que, aun bajo la sombra del omnímodo Macron, hay espacio para demostrar su fuste político. A fin de cuentas, raro es el primer ministro en Francia que, al mirarse en el espejo, no piense que él también podría ser presidente.

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