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Philippe, el primer ministro letraherido

El jefe del Gobierno francés, coautor de dos novelas negras, publica un ensayo autobiográfico sobre la influencia de la literatura en su recorrido

“El hombre político, y quizá esto sea más verdadero para la mujer política, es un ego desmesurado”, escribe en su segunda novela
“El hombre político, y quizá esto sea más verdadero para la mujer política, es un ego desmesurado”, escribe en su segunda novela

Para Édouard Philippe, leer es un respiro. “A la vez una salida de este mundo y una manera de entrar con más fuerza en él”, escribe. La literatura, para el primer ministro francés, es el arma idónea para combatir la dictadura de “un presente inmediato e imperativo”. Cuando se ve atrapado en el frenesí de la actualidad y la inmediatez, de las pequeñas querellas políticas y su aceleración en el mundo de los 140 caracteres, Philippe lee. Y escribe.

Socialista cuando era estudiante, convertido después en conservador, Philippe fue mano derecha de Alain Juppé, alcalde de Burdeos, ex primer ministro, aspirante frustrado a la presidencia. Al nombrar en mayo a Philippe primer ministro, el presidente Emmanuel Macron quiso señalar que empezaba una nueva época en la que las viejas divisiones partidistas ya no eran válidas. Macron, procedente de un Gobierno socialista, pondría al frente de su primer Gabinete a un hombre de derechas.

Philippe conoce bien las bambalinas de la política por su etapa como asesor en la sombra de Juppé, y la parte más pública, por su papel como alcalde de la ciudad portuaria de Le Havre. También es escritor, autor de dos novelas y de un ensayo recién publicado. Titulado Des hommes qui lisent (Hombres que leen), es una mezcla de autobiografía a través de los libros leídos y por leer y de propuesta sobre una política de fomento de la lectura.

Hijo de profesores de francés, Philippe creció rodeado de libros y en un ambiente progresista. “A los 18 años yo era de izquierdas”, recuerda en Hombres que leen. Una posición lógica por la edad, y cómoda. “Poder afirmar la propia rebeldía y al mismo tiempo defender los valores dominantes habrá sido la suerte y el gran confort de la izquierda durante una cuarentena de años. Y la mía durante unos años”.

Considera que los libros se han convertido en el arma idónea para combatir la dictadura
de “un presente inmediato e imperativo”

De inclinaciones socialdemócratas, nunca le sedujo la izquierda revolucionaria. Sus referentes, cultivados a través de las biografías que escribió el periodista Jean Lacouture, eran más Léon Blum o Pierre Mendès France que el Che Guevara o Mao Zedong. Una izquierda reformista, más que revolucionaria, y con principios. “La paradoja de la izquierda francesa es que nunca ha dejado de reclamarse de un Blum o de un Mendès para afirmar [el] monopolio [de la moral]; su drama es haber sido refundada por Mitterrand, hombre de sinuosidades y ambigüedades y encarnación moderna del Príncipe florentino”.

Su otro referente era Michel Rocard, cabeza de la llamada segunda izquierda —la izquierda ética, antijacobina, pragmática— y némesis dentro del Partido Socialista del presidente François Mitterrand. Cuando estudiaba políticas en la elitista Sciences Po, leer el manual La politique des partis sous la Troisième République (La política de los partidos bajo la Tercera República), de François Goguel, le enseñó que la división entre izquierda y derecha no lo explicaba todo. Había otras maneras de entender el choque político. “Orden y movimiento. Conservadurismo y reformismo. ¿Y si hubiese que establecer los términos de la ecuación política personal en términos de contenido más que de pertenencia partidista? ¿Y si hubiese que leer más allá de la propia zona de confort?”.

Philippe actuó en consecuencia. Leyó biografías de Churchill y de De Gaulle. Devoró, y fue una revelación, El camino de la servidumbre, del apóstol del libre mercado Hayek, “esta obra abominable, un concentrado de lo que, por fuerza, el liberalismo tiene de ultra”, ironiza. Matizó su mirada sobre la descolonización leyendo al historiador Raoul Girardet y al militar Hélie de Saint-Marc, resistente ante los nazis, deportado y más tarde golpista en Argel. Con el prosista conservador Denis Tillinac descubrió que amar a personajes como Tintín, D’Artagnan o su idolatrado Cyrano revelaba “una sensibilidad de derechas”. Y es así como se transformó. En tres años, entre 1993 y 1996, pasó de la izquierda a la derecha.

Hombres que leen no es una obra solamente política ni autobiográfica. Es un elogio de la lectura y el libro en el que el autor, por ejemplo, se declara admirador encendido de la tradición de Sant Jordi. “Regalar un libro incluso puede convertirse en una manera de construir un pueblo”, escribe. “Así que ¡seamos catalanes! Regalemos libros por lo menos tan a menudo como rosas”. El ensayo se cierra con una lista de sus obras de cabecera —entre ellas, La escritura y la vida, de Jorge Semprún, y muchas en inglés— y otra, más original, de aquellas que no ha leído, un ejercicio inusual de sinceridad, más teniendo en cuenta que incluye novelas casi sagradas del canon francés como Madame Bovary y En busca del tiempo perdido.

“El hombre político, y quizá esto sea más verdadero para la mujer política, es un ego desmesurado”, escribe en su segunda novela

No lo ha leído todo, y no se esconde. No es un intelectual: es un político que lee y escribe, y bien. En vísperas de la campaña presidencial de 2012, Macron escribió un artículo sesudo sobre la campaña en la revista de filosofía Esprit. Por la misma época, Philippe publicó Dans l’ombre (En la sombra), un thriller político coescrito con su amigo —y discípulo, como él, de Alain Juppé— Gilles Boyer. He aquí la diferencia: él no es un erudito; es un narrador.

La novela —la segunda que Phi­lippe y Boyer escribieron a cuatro manos— es a la vez el relato trepidante de una campaña presidencial contada por un apparatchik: el consejero de un candidato apodado El Patrón; un polar —o novela negra— con aires de House of Cards—, y un manual electoral, una ventana realista a las bambalinas de la política.

La política, explica el narrador, es “un mundo en el que las personas son más malvadas y retorcidas que la media”. “El hombre político, y quizá esto aún sea más verdadero para la mujer política, es un ego desmesurado que permanentemente piensa que él es mejor que otros, que con él los problemas se resolverán, que con él la vida cambiará, que con él se preservará la paz mundial”. Y pocos tienen tanto ego como esos jóvenes que “piensan siempre que antes que ellos no ocurrió nada notable” y están convencidos de que ellos “van a hacer política de otra forma”. No es difícil adivinar aquí una burla por anticipado a políticos como su actual jefe, el joven Macron.

El mundillo político, tal como lo describen Philippe y Boyer, es “un ambiente de hombres cuya libido se encuentra más o menos en los niveles de las radiaciones de Chernóbil (justo después del accidente)”. La actitud del protagonista hacia las mujeres —“en regla general, la idea de desayunar con una mujer con la que acabo de pasar la noche me resulta insoportable: yo me acuesto con ella, vuelvo a casa y se acabó”— le valió algunas críticas a Phi­lippe en el momento de su nombramiento.

La novela —una trama con peleas partidistas, fraude electoral y asesinatos— acaba en la noche de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Un final abierto que deja al lector esperando nuevas aventuras del Apparatchik, el Patrón, Winston, Marilyn y los otros protagonistas. Philippe se ha llevado a su coautor Boyer para colaborar con él en Matignon, la sede de la oficina del primer ministro. No sabemos si tendrán tiempo de embarcase en una tercera novela. Quizá en unos años leamos la secuela de En la sombra. Esta vez ya no sobre las interioridades de la campaña, sino del poder.

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