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OPINIÓN i

Un declive más allá de la crisis

La socialdemocracia tendrá que acostumbrarse a niveles de apoyo inferiores, pero no será irrelevante

El líder laborista, Jeremy Corbyn, este sábado en Swansea (Gales).
El líder laborista, Jeremy Corbyn, este sábado en Swansea (Gales). DPA

De acuerdo a los datos recopilados por Simon Hix y sus coautores, el porcentaje de votos emitidos a partidos socialdemócratas en Europa alcanzó su cenit alrededor de 1950, cuando uno de cada tres europeos que votaban lo hacían por estos partidos. Esta cifra permaneció relativamente estable hasta la llegada de la gran recesión de 2007. En 2017, el último año cubierto por su base de datos, solo uno de cada cuatro europeos votó socialdemócrata.

Es fácil culpar a la gran recesión —o a las políticas con las que los Gobiernos la acompañaron— del (moderado) desencanto de las ciudadanías europeas con la socialdemocracia. De hecho, aquellos que fueron vistos como corresponsables de la crisis (los griegos del Pasok, por ejemplo) están entre los que más apoyos perdieron, mientras que los que fueron capaces de presentarse ante sus votantes como contrarios a las políticas de austeridad (el PS portugués) parecen resistir mejor en este último ciclo electoral.

Pero es muy probable que las causas últimas del declive socialdemócrata tengan raíces algo más profundas. Las bases sociales tradicionales socialdemócratas se han empequeñecido: la progresiva desindustrialización hace que cada vez haya menos trabajadores de cuello azul en nuestras sociedades, y los Estados hoy no pueden o no quieren acompañar esta transformación económica con una expansión de la sanidad, educación y servicios sociales que justifique un mayor empleo público, otra de las bases tradicionales de estos partidos.

Tendemos a culpar del declive de la socialdemocracia a la deseconomización del debate político. Muchos defienden que es el énfasis en políticas de identidad (centrar el debate en el reconocimiento o la crítica de ciertas formas de vida) lo que ha descolocado a la socialdemocracia, que ha perdido así la brújula que le daba sentido: la búsqueda de una sociedad más igualitaria en la que el Estado limitaba o corregía los de los mercados. Pero esta visión simplista olvida que lo que pone en cuestión la agenda socialdemócrata no es la aparición de ecologistas, feministas o minorías sexuales o étnicas en el debate, sino un cambio en las condiciones objetivas en las que opera. Nuestras economías son más heterogéneas, crecen menos rápido y están más divididas entre trabajadores cualificados y no cualificados.

En este contexto, las políticas socialdemócratas clásicas (regular los mercados, imponer impuestos progresivos, expandir la provisión pública de servicios) son más difíciles de vender políticamente a grandes capas de la sociedad. Y cuando se opta por satisfacer a unos, inevitablemente se deja insatisfecho a otros. Como muestran los trabajos de la politóloga Silja Haussermann, si la competición política futura pasa a estar estructurada por un conflicto entre políticas de inversión social (favorecidas por los votantes de partidos verdes y liberales) y políticas pasivas de protección (preferidas por las bases sociales de los populistas de derecha y de la izquierda tradicional), los partidos socialdemócratas se van a encontrar incómodamente partidos por la mitad.

Es este delicado equilibrio el que mejor explica los problemas actuales de la socialdemocracia, y es así como hay que interpretar el aparente viraje izquierdista del SPD, las bases demócratas estadounidenses o los laboristas británicos. Son intentos de conquistar ciertos electorados que su apuesta centrista en el pasado ha dejado desatendidos o desilusionados. Cuando se analiza el atractivo demoscópico de estas propuestas, aparece una regularidad: los partidos que se embarcan en ellas se vuelven más atractivos entre los jóvenes, pero a costa de tensionar sus envejecidos electorados tradicionales. No es por tanto evidente que estas apuestas acaben siendo exitosas. Dependerá en buena medida del contexto que enfrenten —no es lo mismo competir contra Trump que contra una miríada de partidos verdes, liberales y de populistas—. Y en todo caso, los problemas estructurales que dificultan un idílico retorno a una hegemonía socialdemócrata (que por cierto nunca existió) por no van a desaparecer.

En todo caso, sería un error interpretar este complejo panorama económico como necesariamente destructivo para la socialdemocracia. Seguramente tendrá que acostumbrarse a niveles de apoyo inferiores a los de la posguerra, pero eso no significa que se convertirá en irrelevante. Al contrario, en este contexto político fragmentado y volátil, los socialdemócratas gozan de ciertos activos (su papel pivotal en la conformación de gobiernos, su flexibilidad programática, su resistencia organizativa…) de los que sus competidores adolecen. De que aprendan a explotarlos dependerá su futuro.

José Fernández Albertos es politólogo en el Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC.

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