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ANÁLISIS i

Trump lanza otro bumerán

Estados Unidos empuja con sus sanciones a que Rusia y China consoliden una alianza estratégica

Vladímir Putin presencia las maniobras militares Vostok-2018, en la frontera con China y Mongolia, el pasado 13 de septiembre.
Vladímir Putin presencia las maniobras militares Vostok-2018, en la frontera con China y Mongolia, el pasado 13 de septiembre. EFE

La guerra comercial de Donald Trump para proteger empresas norteamericanas esconde una burda estrategia encaminada a frenar el imparable avance de Pekín para relevar a Washington como potencia mundial. Por eso, incluye trabas a las mejoras chinas en su capacidad militar. Sus últimas sanciones por la venta de armamento ruso a China constituyen la prueba más obvia de esa táctica que se le puede volver en contra.

Washington ha utilizado como un escarmiento a Rusia y un aviso a navegantes esa venta a China de aviones SU-35 y misiles antiaéreos S-400 rusos. Solo así puede interpretarse tan airada reacción por un contrato firmado en 2015, anterior a la presunta interferencia rusa en las elecciones estadounidenses, uno de los argumentos esgrimidos ahora. De hecho, el año pasado se entregaron sin problemas la mitad de los cazabombarderos.

El paso dado por Washington coincide, de hecho, con la pretensión china de convertirse en protagonista militar mundial con la expansión de su poderío por vez primera a bases en el exterior, como la de Yibuti o las del mar del Sur, donde desplegará los SU-35 y los S-400 para compensar algo la enorme presencia armada estadounidense.

La última aplicación de la restrictiva legislación norteamericana solo puede ser un primer paso para obstaculizar el permanente flujo exportador de armas rusas a China, que es el segundo gran cliente de Moscú. De paso, debilita a Rusia como segundo exportador de armas (23% del mercado mundial), solo por detrás de Estados Unidos (34%). Y como tercera consecuencia, Trump lanza un aviso a India, primer cliente de Rusia, y sobre todo Turquía, el gran aliado del sureste que ha osado negociar también la compra de S-400.

Encaja, por tanto, que los sancionados sean ahora Rosoboronexport, principal exportador de armas rusas, y Equipment Development Department, organismo encargado de suministrar material a los ejércitos chinos.

Se refuerza así la tesis de que uno de los principales objetivos de la guerra comercial de Trump es dañar el avanzado sector tecnológico de China, que acaba de crear su ciberejército, porque el próximo gran conflicto, cree, será la ciberguerra. No fue casual que las tecnológicas chinas fueran las principales víctimas del primer ataque arancelario de Washington contra Pekín con un coste de 50.000 millones de dólares.

La táctica de Trump, sin embargo, encierra el peligro de transformase en bumerán. EE UU empuja a Rusia y China a consolidar una alianza estratégica basada en el viejo proverbio de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Washington alentó esa peligrosa deriva cuando en su revisada Estrategia de Defensa Nacional en 2017 citó la “competencia entre grandes poderes [China y Rusia]” como el principal objetivo de la seguridad nacional. Las torpezas con Europa han abundado también en ese aislacionismo suicida. Y, sin embargo, la tierra se mueve. China acelera y quizás ahora lo haga más rápido con la ayuda sin complejos de Rusia.

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