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La capital de la emigración clandestina en Túnez

De este archipiélago parten hasta el 40% de los viajes clandestinos rumbo a Europa desde Túnez, incluido el que terminó en la peor tragedia del Mediterráneo en 2018

Kerkennah (Túnez)

Como cada mañana, Khemaïes, un veterano pescador de ojos diminutos y despiertos, ha visto amanecer desde su vetusta embarcación de madera. El sol no salió a su encuentro mientras trajinaba en altamar. En verano, los paseos a turistas son más generosos que el exangüe Mediterráneo, y su barca permanece atracada toda la noche en un solitario espigón de una isla de Kerkennah. “La otra me la robaron una noche para llevar harraga [migrantes clandestinos] a Italia. Por eso, ahora siempre duermo aquí ... Muchos se forran con ese negocio”. Este archipiélago de apenas 15.000 habitantes, situado en la provincia sureña de Sfax, se ha convertido en la capital de la emigración clandestina en Túnez, un fenómeno al alza desde el pasado mes de septiembre. Los migrantes de nacionalidad tunecina ya ocupan el primer lugar entre llegados a las costas italianas en 2018.

Espigón de una de las playas de Kerkennah, principal punto de partida en Túnez de las embarcaciones que se dirigen clandestinamente hacia Italia
Espigón de una de las playas de Kerkennah, principal punto de partida en Túnez de las embarcaciones que se dirigen clandestinamente hacia Italia

En alguna de las villas esparcidas entre las áridas explanadas de arbustos y palmeras de Kerkennah, solo ricas en escorpiones, se planeó el viaje que terminó en el naufragio más mortífero de este año en el mar Mediterráneo. La noche del pasado 2 de junio, se hundió una nave que había partido de la Melita, la principal isla del archipiélago, con unos 180 migrantes a bordo, entre los que, además de tunecinos, se contaban unos 50 migrantes subsaharianos, incluidas dos mujeres encintas. Las autoridades pudieron rescatar a 68 supervivientes y encontraron 84 cadáveres. Si a estos añadimos los 35 desaparecidos, las víctimas mortales de la tragedia se elevan a más de un centenar.

Uno de los supervivientes es Ahmed Boukthir, un joven de 26 años, torso fornido y ataviado con una gorra. En sus ojos, no luce el brillo de aquellos a quienes la fortuna ha otorgado una segunda oportunidad después de haberse enfrentado cara a cara con la muerte. A Ahmed le falta Abdessalam, íntimo amigo de infancia con el que compartía todas sus aventuras, también la de viajar clandestinamente a Europa. Él pudo escapar a la desgracia, Abdessalam no. “Nunca pensamos que algo así pudiera suceder. Las barcas que zarpan de Túnez no están sobrecargadas y no suelen hundirse”, comenta pensativo. Sin embargo, su travesía fue una excepción. “Al llegar al barco, que nos esperaba en altamar, nos dimos cuenta que doblábamos su capacidad. Pero entonces ya no había marcha atrás”.

Suspicacias en torno al peor naufragio

¿Por qué los pasadores abarrotaron esta nave y no las anteriores? Esta es la pregunta que mantiene en vela a Nasser Jlidi el padre de Abdessalam, convencido de que su hijo murió a causa de una oscura conspiración. “Las familias de las víctimas hemos creado una asociación y exigiremos al Gobierno saber toda la verdad”, proclama este hombrecillo descamisado, mejillas consumidas y ojos saltones. Su desconfianza se alimenta sobre todo de una grabación que circuló por las redes sociales pocos días después del accidente. En ella, uno de los supervivientes sostiene haber oído que el naufragio fue provocado a propósito para distraer a las autoridades y despejar la vía a un segundo navío.

La oportuna muerte la semana pasada de uno de los supuestos líderes de la red mafiosa ha multiplicado las sospechas de Nasser. Según informó la prensa local, la policía encontró el cadáver del “cerebro de la catástrofe de Kerkennah” en su domicilio y la autopsia oficial atribuyó su deceso a una “crisis cardíaca”. Su socio, Nejah Attalah, de 32 años, había sido arrestado a mediados de junio mientras intentaba huir del archipiélago escondido en el maletero de un coche. “Nosotros solo tratamos con Attalah por teléfono. Su contacto nos lo pasaron unos amigos que emigraron a Italia. Era conocido en la zona por organizar estos viajes”, apunta Ahmed, mientras sorbe parsimoniosamente una pipa de agua en el café favorito de su barrio, en las afueras de Sfax.

A cambio de 300 dinares (100 euros), que se añadían a los 3.000 dinares que costaba el trayecto a Europa, Attalah preparó para Ahmed y Abdessalam un viaje en barca a Kerkennah desde una playa de la vecina Sfax. “La otra opción, que costaba la mitad, era llegar en el ferry, escondidos en algún vehículo”, explica el joven, que está convencido de que Attalah contaba con colaboradores entre la policía. “Los agentes suelen revisar todos los vehículos, pero no lo hicieron con los que trasladaron a los otros muchachos”. Tras la catástrofe, una decena de altos cargos policiales fueron relevados, y el primer ministro, Yusuf Chahed, cesó al ministro del Interior. Hasta el momento, ningún agente figura entre los procesados.

Ahmed Bouktir, el superviviente del naufragio.
Ahmed Bouktir, el superviviente del naufragio.

El sistema que describe el joven superviviente es el habitual en Kerkennah, de donde se calcula que parten rumbo a las costas italianas hasta un 40% de las embarcaciones clandestinas en Túnez. Poco a poco, los organizadores congregaron a un centenar de harragas en una villa de la isla. Allí se alojaron durante varios días, a la espera del momento más adecuado para partir. El resto de los migrantes fue conducido directamente a la embarcación desde Sfax. Durante los preparativos, todos los miembros de la red de pasadores utilizaron pasamontañas excepto Attalah, que entonces ya estaba fichado y se hallaba bajo orden de arresto por las autoridades.

Kerkennah, paraíso de los pasadores

En los últimos años, Kerkennah ha constituido un paraíso para las redes de pasadores de migrantes. Su región concentra la mayor flota pesquera del país, y existe un fluido comercio de navíos. Además, a causa de un agudo conflicto entre sus aguerridos habitantes y el Gobierno por la distribución de los beneficios de varias plataformas de explotación de varias plataformas petrolíferas emplazadas en su costa, la presencia policial es mínima en todo el archipiélago desde 2016. Tras el naufragio, el Gobierno ha prometido recuperar el control de las pequeñas islas, cuya superficie no supera los 160 Km2.

Unas dos horas después de haber iniciado la ruta, el capitán, un chaval de 24 años, decidió volver a Sfax y emitió una señal de socorro. “Estaba muerto de miedo, guiaba la nave entre temblores. Sabía que tarde o temprano nos íbamos a hundir”, recuerda Ahmed. Al iniciar la maniobra de giro, la barca finalmente volcó. La primera misión de auxilio, un buque de la marina, tardó tres horas en arribar al lugar del naufragio. A la Guardia Nacional le llevó otras tres horas más. Toda una eternidad, incluso para aquellos que, como Ahmed, sabían nadar. No había ni un solo salvavidas a bordo.

Mientras Ahmed llevaba un año en el paro, Abdessalam disfrutaba de un buen trabajo en la empresa de mármoles de su padre. “Tenía hasta dos coches. Su único motivo para lanzarse al mar era unirse con su novia, una chica alemana que vive en Italia. Estoy convencido que le habrían dado el visado, pero no tuvo paciencia. No quiso esperar”, cuenta apesadumbrado Nasser. Según Valentin Bonnefoy, investigador de la ONG FTDES, la delicada situación económica del país, con un elevado paro y precariedad entre los jóvenes, explica el repunte de la emigración clandestina.

Aunque su situación económica no ha mejorado, Ahmed asegura que no volverá a probar la travesía a Europa. Sin duda, otros ocuparán su lugar. A las redes mafiosas, no les faltan potenciales clientes, como Kaïs, un taxista que deambula por Sfax con su “taxi-disco”, un vehículo adornado con luces intermitentes y la música a todo trapo. “Ya estuve en Italia, pero me deportaron. Quiero volver a buscar una bonita esposa!”, grita entusiasmado por encima del volumen del altavoz. Los sueños sobre el Eldorado europeo no solo están revestidos de flamantes billetes de euro.

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