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COLUMNA

Batallas por ganar

Necesitamos honestidad intelectual y responsabilidad para evitar el reciclaje de las violencias de siempre

Sería más fácil declarar perdidas la lucha contra las drogas, las batallas contra la corrupción electoral y la empresarial, la de los inmigrantes y su abordaje maniqueo por parte de Estados Unidos y gran parte de Europa, la de los asesinatos selectivos y sistemáticos de líderes sociales en Colombia, solo para mencionar las más visibles. Pero no las podemos perder. Sería condenar anticipadamente a las nuevas generaciones. Incluso negarles la oportunidad de que sean ellas las que encuentren salidas de largo plazo.

Imposible no tener la sensación de morirnos un poco cada vez que vuelven a los libretos informativos el asesinato de un líder social, de una luchadora por los derechos humanos. Esa proximidad con la muerte que han querido normalizar los asesinos de la sociedad colombiana y a la que nos resistimos, exige revisar qué errores cometimos en el pasado en la construcción de verdaderas políticas públicas, en la manera cómo informamos, en la narrativa que vamos a construir esta vez para provocar un cambio.

Me niego a seguir contabilizando muertos en cifras que nunca coinciden. A decir que es la mano negra o las águilas, también oscuras, cuando son hombres y mujeres con capacidad para pagar sicarios, para impedir que se restablezcan las tierras a sus legítimos poseedores y los derechos de los otros sobre los que han construido impunemente sus riquezas. Necesitamos honestidad intelectual, responsabilidad para evitar el reciclaje de las violencias de siempre.

Me niego a aceptar el aprovechamiento político de unos y otros. No, no señor Petro. Esto no es el exterminio de Colombia Humana, que usted quiere comparar al de la UP. No lo puede ser. Lo que hay que proponerse es evitarlo. No convertir este drama en la victimización irresponsable. Sí han sido asesinados algunos de los miembros de su partido, que en buena hora está en la sana oposición, pero también del Centro Democrático, porque los liderazgos locales buscan plataformas que no siempre responden a los principios ideológicos para poder gobernar. Aquí también están matando campesinos sin color político y líderes de juntas comunales sin partido, educadores y jóvenes.

Es imposible seguir repitiendo que hay un muerto cada tres días, vidas que se pierden, historias que incluyen hijos, viudas, madres, sueños. No. No hemos llegado hasta aquí, en esta polarización por una apuesta valiente para acabar una guerra de más de 50 años con las FARC para volver a sumirnos al final en la misma lucha que se alimenta del narcotráfico, esa batalla perdida. Esa sí. Por lo menos hasta hoy.

Produce una enorme impotencia en el caso colombiano ver cómo año tras año desde el Norte miden el número de hectáreas de hoja de coca sembrada en el territorio donde los delincuentes se pavonean gracias a ese otro mal que es la corrupción. Nuevamente Colombia apareció en los titulares con 209.000 hectáreas de hoja de coca sembradas, cuando apenas llevamos un año apostándole a la sustitución de cultivos ilícitos, como la verdadera y única vía para, no solo garantizar un sustento al que siembra, sino para cambiar por siempre la cultura de la ilegalidad.

Estados Unidos juzga y exige y nuestras relaciones se renarcotizan, con un mandatario a quien le debe encantar que ese sea el foco de su relacionamiento con nosotros, cuando en su país el consumo crece 81 por ciento.

Elegimos cada tanto a los nuevos líderes de un mundo donde se van perdiendo batallas que debemos ganar como Estados, donde las sociedades han demostrado ser aún más valientes, donde los siempre menos favorecidos han demostrado una inmensa capacidad de perdón y construcción, a pesar de no haber recibido nada de esos líderes que escogen una y otra vez.

Están a prueba como nunca antes los nuevos líderes escogidos en Colombia, Iván Duque, y en México, Andrés Manuel López Obrador, con un Donald Trump metido en este triángulo sangriento para definir si nos declaramos fracasados en las batallas más grandes, las que ponen a prueba a los hombres. Las que tienen que ver con los principios mínimos o si buscamos de manera colectiva soluciones. Salidas transgresoras, que sean capaces de probar incluso la legalización de las drogas, salidas en la que los elegidos demuestren que no son cómplices ni populistas vanidosos, unos de corte fascista y otros con el riesgo de contagiarse de los peores regímenes de izquierda, como los de Nicaragua y Venezuela.

Narcotráfico, corrupción y muerte o exilio y desplazamiento. ¿Hasta cuándo? Vale la pena profundizar en formas de “reparar el futuro” en el libro Cómo mejorar a Colombia, en el que con 25 autores, y gracias a un texto del profesor y columnista Mauricio García, es posible identificar la urgencia de un diseño institucional nuevo que impida la captura de lo público para favorecer intereses particulares, el cumplimiento de la norma, el castigo más social que policial, la verdadera planificación del sector rural y yo diría que solo será posible cuando la verdadera apuesta sea por la construcción de una sociedad del conocimiento, donde la educación una a comunidades enteras en torno a la defensa de valores, a la construcción de idearios, y en donde el asesinato de un líder, de un solo ciudadano, paralice en un solo grito de protesta a 50 millones de colombianos.