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Federico I, un nieto de exiliado republicano en el ‘trono’ de la Patagonia

La memoria del aventurero francés Orélie-Antoine, autoproclamado rey en 1860, y la defensa de los derechos de los mapuches guía la acción de esta extraña monarquía simbólica

Frédéric Luz, junto a los representantes mapuches Teresa Paillahueque, Domingo Paine y Reynaldo Mariqueo, durante la ceremonia de coronación el pasado marzo.
Frédéric Luz, junto a los representantes mapuches Teresa Paillahueque, Domingo Paine y Reynaldo Mariqueo, durante la ceremonia de coronación el pasado marzo.

Algunos le llaman “alteza” y otros, “monseñor”. Él firma sus correos como Frédéric Luz d’Araucanie. Por teléfono, desde Graulhet, el pueblo de 12.000 habitantes en el sur de Francia donde reside, cerca de Toulouse, Frédéric Luz explica que prefiere que le llamen por su nombre, y que no se acaba de sentir cómodo con los oropeles que rodean el trono virtual de Patagonia y Araucanía.

Luz —un heraldista de 54 años, monárquico de izquierdas en su juventud y nieto de un español exiliado en Francia para escapar del franquismo— fue entronizado en marzo, en una ceremonia en París, como octavo soberano de Patagonia y Araucanía, cargo no reconocido por ningún Estado para un reino inexistente. Federico I sucede a Antonio IV, que falleció en diciembre a los 74 años.

Ambos son los continuadores de una casa real fundada en 1860 por Orélie-Antoine de Tounens, un masón de la región francesa del Périgord que se aventuró hasta el extremo sur del cono sur y acabó creando un reino en las regiones habitadas por indígenas. El reino de Orélie-Antoine I duró dos años, y acabó detenido por las autoridades chilenas y expulsado a Francia. Murió en 1878, a los 53 años. Desde entonces, su historia ha alimentado la imaginación de viajeros y escritores. Su aventura fue el mito fundador de un grupo de activistas de la causa de Araucanía y Patagonia que tiene en Federico I su último eslabón.

“No se trata de jugar a ser una monarquía, ni de hacer una parodia”, dice Frédéric Luz desde Graulhet. El objetivo de esta monarquía sui generis —“el rey del fin del mundo”, resumió Le Monde— es la defensa de los derechos de los mapuches, el pueblo indígena que vive desde tiempos ancestrales en el sur de Argentina y Chile. El otro es mantener viva la memoria de su fundador. “La diferencia con una simple oenegé”, explica Federico I, “es la historia de Orélie-Antoine”.

No todos se han tomado tan en serio a Orélie-Antoine. El escritor argentino Tomás Eloy Martínez, en un reportaje publicado en 2003 en EL PAÍS, le describía como “un francés enloquecido, el más extravagante viajero de la Patagonia”.

La epopeya del Indiana Jones del Périgord merece un capítulo en la crónica de viajes En Patagonia, del británico Bruce Chatwin, publicada en 1977. El libro relata su llegada a la región, la profecía de un líder indígena sobre la llegada de un extranjero blanco con barbas largas, la proclamación de una monarquía constitucional, la anexión —sobre el papel— de toda Sudamérica desde el paralelo 42 hacia el sur, su detención y su repatriación. “Exiliado en París, su cabello creció y ennegreció, y sus ambiciones de liderazgo aumentaron en proporciones megalomaniacas”, escribe Chatwin. “La historia posterior del reino de Araucanía y Patagonia pertenece más bien a las obsesiones de la Francia burguesa que a la política de Sudamérica”, concluye.

En 1981, el escritor Jean Raspail lo retrató en su novela Yo, Antoine de Tounens, rey de Patagonia como un rey desdichado, sin trono ni súbditos, un Quijote que pasó su vida construyendo castillos en el aire y que acabó sus días como un pelele del que se burlaban niños y mayores en Tourtoirac, el pueblo donde acabó sus días. Raspail, autor de relatos de viajes y aventuras y próximo a la ultraderecha monárquica, incluyó ese comentario en el epílogo: “Este reino es eterno. Por los tiempos que corren y por los tiempos que vienen, me honro en declararme patagón”. Y acaba anunciando que ha recibido las credenciales como “cónsul general de Patagonia”.

Frédéric Luz, que en su programa incluye la puesta en marcha de “un gobierno en el exilio eficaz y operativo” y “fomentar la creación de un equipo nacional de fútbol mapuche”, desecha la novela de Raspail como una ficción sin rigor histórico. Y subraya que, pese al folclore monárquico, lo esencial es la causa mapuche. “Dicho esto, yo ya sé que no soy ni el rey de España ni la reina de Inglaterra”.

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