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Merkel, segunda parte

La canciller ha propuesto a Annegret Kramp-Karrenbauer, una política capaz de garantizar su legado, como número dos de la CDU

Annegret Kramp-Karrenbauer, ex primera ministra del Estado del Sarre, en conferencia de prensa el lunes en Berlín.
Annegret Kramp-Karrenbauer, ex primera ministra del Estado del Sarre, en conferencia de prensa el lunes en Berlín. Photothek via Getty Images

A Annegret Kramp-Karrenbauer se la conoce en Alemania como la “mini Merkel”. Su estilo político, dicen, recuerda al de la canciller. La que fuera hasta ayer ministra presidenta del Estado del Sarre es una política poco dada a mostrar sus emociones, con fama de cerebral y eficiente. También como Merkel pertenece al ala más centrista de la Unión Cristianodemócrata (CDU).

Por eso, Kramp-Karrenbauer, también conocida como AKK, podría convertirse en una garantía de continuidad del merkelismo en Alemania, frente a las corrientes más derechistas de un partido en el que la tentación de dejarse contagiar por el discurso antiinmigración de la extrema derecha va en aumento. Con ella, interpretan los analistas, el partido se situaría en el centro de la sociedad, guiado por un pragmatismo alejado de estridencias ideológicas, como el que también ha caracterizado a la canciller.

Nacida en Völklingen, en 1962, al sur de Alemania, casi en la frontera con Francia, Kramp-Karrenbauer estudió derecho y es militante de la CDU desde los 18 años. Habla francés, tiene tres hijos y practica el catolicismo. Es además, según resaltaban este lunes los medios alemanes, una política asertiva que no necesita alimentar su ego, pero que sabe utilizar los codos cuando es necesario.

De esta mujer de apellido interminable se dice que no pierde los nervios y que goza de una gran aceptación dentro del partido. Incluso los representantes del ala conservadora la respetan por su capacidad de análisis, su seriedad y su olfato político. Reciben además con los brazos abiertos a una política moderada, que por ejemplo apoyó a Merkel en su política de puertas abiertas para los refugiados, pero cuyos valores religiosos la convierten en una garante de los valores tradicionales, como demostró su oposición al matrimonio gay. Es, pues, una política bajo cuyo paraguas caben casi todos, en un partido necesitado de unidad.

La sintonía entre Kramp-Karrenbauer y la canciller Merkel es conocida desde hace tiempo, pero fue la victoria sorpresa y providencial en las elecciones del Sarre del año pasado, que rompió el hechizo del candidato Schulz, la que desató los rumores sobre la posible sucesión. En Sarre, ha gobernado en coalición Jamaica —Verdes, Liberales y conservadores— y en gran coalición con los socialdemócratas, lo que supone una experiencia muy valiosa con vistas al próximo Ejecutivo.

Pero pese a sus virtudes, para muchos Kramp-Karrenbauer es todavía una política de provincias, que hasta ahora gobernaba un Estado de un millón de habitantes. Es evidente su falta de experiencia en la política nacional e internacional. De su rodaje en la capital los próximos meses dependerá su futuro y tal vez también el de Alemania.

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