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Bienvenido a O’Naturel: quítese la ropa y elija el menú

París abre su primer restaurante para nudistas

Dos clientes sentados a la mesa en O'Naturel en una fotografía del perfil del restaurante en Facebook.
Dos clientes sentados a la mesa en O'Naturel en una fotografía del perfil del restaurante en Facebook.

A la entrada de O’Naturel no se dejan solo los abrigos. Para cenar en el nuevo restaurante del que todo el mundo habla en París, hay que quitarse toda la ropa, aunque se puede hacer una excepción con joyas y zapatos. Los móviles, eso sí, se quedan también en las taquillas dispuestas en el vestuario, junto a pantalones, vestidos y ropa interior. La discreción es clave en el primer restaurante nudista de la capital francesa y uno de los pocos en todo el mundo abiertos en una gran urbe.

“Más allá de que estás desnudo, esto es un restaurante”, subraya Mike Saada, cofundador de O’Naturel con su hermano gemelo Stéphane. Salvo que esta excepcionalidad es la que hace que la experiencia en este local situado en el distrito 12, en pleno París, sea algo diferente desde el principio. A O’Naturel solo se puede entrar mediante reserva, y ahí ya se hace una primera criba para asegurarse de que los eventuales clientes son eso, clientes y no curiosos o malintencionados que puedan aguarle la fiesta a quienes quieren pasar una velada tranquila. La idea es, explica Stéphane, aplicar en el local los principios propios del naturismo: “Libertad, respeto a uno mismo, a su cuerpo, y respeto a los otros”, recita.

Para entrar hay que llamar al timbre, puesto que la puerta permanece cerrada en todo momento para evitar curiosos, motivo por el cual también el escaparate está cubierto con cortinas, igual que la entrada al comedor, que solo se puede traspasar una vez se ha dejado la ropa en casilleros individuales. Pero una vez cumplido ese requisito, es cierto que O’Naturel no se distingue de otro restaurante cualquiera, salvo por el hecho de que todas las sillas están recubiertas con una funda de un solo uso que se cambia cada vez que se marchan los comensales, en aras de la máxima higiene que exige un local de estas condiciones. Quizás también por la temperatura, sensiblemente más elevada en atención a la desnudez de los clientes.

Al igual que el personal de la cocina y los camareros, Mike y Stéphane permanecen vestidos. “Lo exigen las leyes, por higiene”, subrayan. Pero además, la paradoja es que estos hermanos gemelos parisinos de 42 años no vienen del mundo naturista. Durante dos décadas, trabajaron en aseguradoras, hasta que se cansaron. Jugaban con la idea de un restaurante de calidad pero de precios asequibles —el menú ronda los 49 euros, un precio habitual—, pero de esos hay a montones en París. Buscaban algo que marcara la diferencia. Y se dieron cuenta de que había una gran carencia: aunque Francia es el primer destino naturista mundial, faltaba un restaurante exclusivamente nudista, sobre todo en una ciudad grande, alejada de las zonas costeras de turismo nudista tradicionales.

Es precisamente esto lo que atrajo a Anne —nombre ficticio porque prefirió no dar su identidad— hasta O’Naturel. Esta mujer que ha superado la cincuentena es miembro de la Asociación Naturista de París (ANP), situada a poca distancia del restaurante, y tras conocer la nueva oferta sintió “curiosidad” y quiso descubrirlo por sí misma. “Tengo amigos que ya han venido, si me gusta, repetiré, claro”, aseguró.

“Estamos en el centro de París y estamos cenando desnudos, es un poco surrealista, es como estar de vacaciones, pero mejor”, declaró a la AFP Yves Leclerc, presidente de la Federación Francesa de Naturismo (FFN) cuando acudió a cenar —solo abre por las noches— la semana pasada.

“Esto es como una pequeña burbuja en medio de la ciudad”, corrobora Mike. Y esa era, desde el principio, la idea, continúa su hermano Stéphane. “Nos dijimos que la gente volvía de las vacaciones y que para muchos eso significa tener que esperar hasta el año que viene para volver a ir a un lugar naturista. Y aquí pueden venir incluso si hace mucho frío, aquí se está bien, es como un pequeño oasis, un cliente nos decía que era como estar dos o tres horas de vacaciones”.

Pero no todos los clientes son naturistas. Hay también gente, algunas parejas o incluso grupos de amigos, que acuden por curiosidad y para quienes esta ha sido su primera experiencia nudista. “Algunos nos cuentan que dudan unos instantes antes de entrar, pero una vez dentro, todo pasa bien. En cuanto se sientan, empiezan a relajarse y acaban olvidando que están desnudos. Una vez que dan el paso, están muy relajados, y la gente conversa con otras mesas”, dice Stéphane.

La principal sorpresa, de hecho, ha sido recibir clientes de todas las nacionalidades —ya han venido estadounidenses, rusos, irlandeses o chinos, enumeran— y edades, muchos en la treintena o incluso más jóvenes. “Esta generación que viene detrás de la nuestra está mucho más liberada”, se ríen.

¿Y los críticos gastronómicos? ¿Vendrán? “Tendrán que entrar en el juego”, sonríe Stéphane. “Serán, evidentemente, bienvenidos”, acota Mike. “Pero tendrán que desnudarse”.

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