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Hallado muerto en Francia el juez de un polémico asesinato sin resolver de los años 80

El magistrado, de 65 años, fue descubierto en el despacho de su domicilio con una bolsa de plástico en la cabeza

Jean-Michel Lambert en una imagen tomada en septiembre de 2014 en Le Mans.
Jean-Michel Lambert en una imagen tomada en septiembre de 2014 en Le Mans. AFP

El misterio del “pequeño Grégory” se ahonda. Y se recrudece. Tres décadas después del asesinato nunca resuelto de Grégory Villemin, un niño de cuatro años secuestrado y asesinado en octubre de 1984, el caso que lleva de cabeza a los investigadores en Francia desde hace casi 33 años y que fue reabierto hace un mes, se cobra otra víctima. Jean-Michel Lambert, el primer juez instructor del caso, fue hallado sin vida la noche del martes en su casa en Le Mans. El magistrado está considerado uno de los responsables de que el misterio de la muerte del pequeño nunca haya sido resuelto por la forma en que orientó la investigación, plagada, según los expertos, de errores. Hace unos años, admitía que nunca logró superar el que fue su primer caso como juez. Lambert llevaba retirado tres años, pero seguía con sumo interés la reapertura del “caso del pequeño Grégory”, como se conoce popularmente este enigma criminal. Ahora está muerto. Todo apunta a que se ha suicidado y que su muerte tiene relación con la investigación. Sería la tercera víctima mortal en torno a un misterio que todavía está lejos de ser resuelto.

“Es un caso que me ha perseguido toda mi carrera, toda mi vida”, repetía Lambert en 2014 en una entrevista. El “caso Grégory” ha sido uno de los más mediatizados en Francia. La sonrisa congelada en una de las últimas fotografías en vida del pequeño de cuatro años que en octubre de 1984 fue hallado muerto, atado de manos y pies, a la orilla de un río en Los Vosgos, en el noreste del país, nunca desapareció del todo del imaginario francés. Su muerte destapó un siniestro entresijo de rencores familiares y envidias en una zona rural que obsesionaría a Francia durante décadas. Y se llevó varias víctimas más por delante.

¿Víctima o victimario?

La primera, Bernard Laroche, primo del padre del pequeño. Él fue el primer sospechoso del asesinato de Grégory. Fue Lambert el que ordenó su encarcelamiento. Tres meses después, lo puso en libertad por falta de pruebas. Un testimonio, el de su cuñada Murielle Bolle, de entonces 15 años, había sido crucial para su detención. La adolescente había declarado que vio cómo Laroche subió a su coche a un niño pequeño con un “gorro” —Grégory fue hallado muerto con un gorro que tenía calado hasta cubrirle los ojos— al que dejó más tarde en casa de “un amigo” del padre del pequeño, antes de regresar solo. Pero Bolle se retractó poco después y, a falta de más pruebas, Laroche fue puesto en libertad. Dos meses más tarde, en abril de 1985, Jean-Marie Villemin, padre de Grégory y primo de Bernard, lo mató con una escopeta de caza, convencido de que su primo y hasta entonces mejor amigo había sido el autor de la muerte de su hijo.

El entorno familiar, siempre bajo sospecha

Bolle es ahora una mujer de 48 años. Desde finales de junio está en prisión provisional, imputada por “secuestro seguido de muerte”. Pero esto, como todo en el caso Grégory, es más complicado, y más difuso, de lo que a primera vista parece. A mediados de junio, el caso fue reabierto una vez más —ya lo fue en décadas anteriores— porque la fiscalía dijo haber hallado pruebas grafológicas que daban un giro imprevisto al caso.

Marcel y Jacqueline Jacob, los septuagenarios tíos-abuelos paternos de Grégory, fueron detenidos y permanecieron en prisión durante varios días antes de ser puestos en libertad bajo vigilancia, imputados, también, por “secuestro seguido de muerte” por la fiscalía de Dijon. Según esta, nuevos análisis grafológicos indicaban que Jacqueline Jacob podría ser la autora de al menos algunas de las cartas de amenaza que recibieron los padres de Grégory, Jean-Marie y Christine Villemin —que también fue considerada sospechosa durante años, antes de ser completamente exonerada—, desde antes de que su hijo apareciera asesinado. Los Jacob estaban muy unidos a Bernard Laroche.

La que fuera testigo, ahora sospechosa

Cuando el revuelo mediático que provocó la detención de los Jacob se empezaba a calmar, otro golpe de efecto. Murielle Bolle, que en el imaginario francés permanece como la adolescente pecosa y pelirroja que compareció ante los medios hace más de 30 años, también fue sido detenida. Un primo, de identidad no revelada, había revelado a la policía, a raíz de la reapertura del caso, que la joven había sido maltratada por su familia la noche antes de cambiar su testimonio. Está previsto un careo entre ambos a finales de mes. El abogado de Bolle, Jean-Paul Teissonnière, había anunciado el martes que estudiaba “hacer citar como testigo” al juez Lambert para exculpar a su clienta.

Puede que eso llevara al exmagistrado a tomar la drástica decisión de quitarse la vida metiendo la cabeza en una bolsa de plástico que cerró con un pañuelo. O puede que fuera la noticia, conocida también el martes, de que el juez que asumió la instrucción cuando Lambert fue apartado de ella en 1987, Maurice Simon, criticó duramente la actuación de su predecesor por “las carencias, irregularidades y faltas” de su investigación. “Estoy ante la presencia de un error judicial en todo su horror”, escribió en unos cuadernos secretos desvelados la víspera por la cadena BFM TV. Puede que, como en el caso Grégory, la verdad nunca se sepa. Lambert no dejó una nota de despedida.