El muro contra Marine Le Pen muestra fisuras

Macron intenta reconstruir el maltrecho frente republicano alertando sobre el peligro ultra del FN

El candidato centrista, Emmanuel Macron, en el memorial de la Shoa en París.Foto: atlas | Vídeo: PHILIPPE WOJAZER / POOL (efe) / atlas

Un mito está a punto de desmoronarse en Francia, el del frente republicano, ese muro de contención que en elecciones sucesivas impedía al Frente Nacional del clan Le Pen acercarse a posiciones de poder. El todos contra el FN puede quedar obsoleto el domingo en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, que enfrentan al exbanquero y exministro centrista Emmanuel Macron con la nacionalpopulista Marine Le Pen. Para reconstruir el frente republicano, Macron intenta arrinconar a Le Pen en la extrema derecha asociada al colaboracionismo con los nazis en la Segunda Guerra Mundial. Le Pen busca retratar a Macron como un oligarca al servicio del poder financiero internacional.

La distancia entre ambos candidatos se estrecha desde el 23 de abril, día de la primera vuelta. Un sondeo del instituto Odoxa, que hace una semana daba 63% de votos a Macron y 37% a Le Pen, les da ahora 59 y 41. Queda muy lejos del 82% que sacó el presidente Jacques Chirac en la segunda vuelta 2002 ante el 18% del padre de Marine Le Pen, Jean-Marie. Entonces sí hubo un frente republicano. Hoy, aunque los sondeos acierten y Macron gane con comodidad, no se repetiría.

“Hay una tendencia política de nuestro país que era considerada ilegítima en nuestra historia: durante tiempo existió la idea de que en el momento en que había un riesgo de la extrema derecha, derecha e izquierda se coaligarían”, explica el politólogo Gérard Grunberg.

Ya no es así. “No hay un frente republicano”, constató la semana pasada Macron en un mitin en el norte del país. El candidato de En Marcha! multiplica los gestos para persuadir a votantes y líderes de que el FN sigue siendo un partido ultra que merece la movilización de los demócratas. Se trata de demonizar de nuevo a un partido que se ha embarcado en un proceso de desdemonización.

El viernes Macron se desplazó a Oradour-sur-Glane, el pueblo cerca de Limoges donde los nazis mataron a 642 hombres, mujeres y niños el 10 de junio de 1944. Y este domingo, con ocasión de la Jornada Nacional de los Deportados, asistió a los memoriales de la shoah y de los mártires de la deportación en París, una manera de alertar sobre el peligro del extremismo, del regreso a los años treinta. Varios veteranos de la resistencia han apelado a votar contra Le Pen.

"Tenemos un deber de memoria", dijo Macron. "Y [tenemos] el deber de que esto no vuelva a ocurrir, no aceptando en nada el debilitamiento moral que puede tentar a algunos, el relativismo que puede tentar a otros, el negacionismo [del holocausto] en el que otros encuentran refugio".

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"Yo no hago comercio con las conmemoraciones", dijo unas horas antes Le Pen tras depositar, sin la presencia de fotógrafos, unas flores en una estela conmemorativa en Marsella. "Estos no son actos electorales".

A Le Pen le ayuda el abstencionismo de izquierdas, la convicción por parte de una parte de los votantes de Jean-Luc Mélenchon, el candidato de La Francia Insumisa, de que “entre la extrema finanza y la extrema derecha” no hay elección buena. También cuenta con apoyo de una parte —un tercio según algunos sondeos— de los votantes en la primera vuelta de François Fillon, candidato de Los Republicanos, antaño el gran partido de la derecha.

Le Pen ha sido ágil en la primera semana de campaña. Se siente cómoda a la contra. La palabra de la semana es remuntada o remontada, neologismo del catalán o el castellano adoptado por la lengua francesa tras la reciente remontada del Barça frente al París Saint Germain. Al propio Le Pen recurre al hispanismo y promete la remontadá.

En siete días la candidata del FN ha renunciado temporalmente la presidencia del partido para vestirse del manto de candidata de todos franceses. Ha lanzado una operación de seducción hacia el votante izquierdas, presentándose como la candidata que embridará las fuerzas de la globalización y plantará cara ante “estas finanzas arrogantes” y “la oligarquía” supuestamente representada por “el banquero Macron”. Ha realizado una apertura a la derecha de raíz gaullista —algo que su padre no logró en 2002— al nombrar primer ministro in péctore al pequeño candidato Nicolas Dupont-Aignan. Y ha suavizado, aunque de forma confusa, su promesa más impopular, retirar a Francia del euro.

Macron y Le Pen han convocado sendos mítines multitudinarios el lunes en la región de París, coincidiendo con la fiesta del 1 de mayo. El miércoles debatirán en televisión. Hace 15 años Chirac se negó a debatir con Le Pen padre. Macron no puede permitirse este lujo. Tiene que pelear por cada voto. Y el frente republicano de entonces difícilmente se repetirá.

“Lo que ha cambiado hoy es que, de una parte, la extrema izquierda se ha vuelto populista, con Mélenchon: rechaza la división izquierda/derecha y por tanto considera que no está mucho más cerca del señor Macron que de la señora Le Pen, y rechaza decir claramente que vota a Macron”, dice Grunberg. “Lo mismo ocurre con una parte de los republicanos. Incluso la Iglesia católica, incluso el Papa, no se decide entre la extrema derecha y Macron”.

El FN ya es el gran partido de la derecha francesa y, aunque el 7 de mayo pierda, puede superar el 40% de votos. Es la nueva normalidad.

Sobre la firma

Marc Bassets

Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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