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Cuando son ellas las que frenan los cambios en materia de igualdad

La experiencia de Oriente Próximo muestra que nombrar mujeres para cargos políticos resulta insuficiente para cerrar la brecha de género

Día Internacional de la Mujer 2017
Diputados iraquíes, en una sesión plenaria del Parlamento, en Bagdad. Getty Images

Cuando en 2014 el Gobierno iraquí quiso legalizar el matrimonio de las niñas a partir de los nueve años (ley Jaafari), no fueron las diputadas sino las activistas por los derechos de la mujer quienes evitaron que llegara siquiera al Parlamento. “Nos movilizamos en contra con una sentada ante la Asamblea Nacional y también logramos el apoyo de la entonces ministra de Estado de Asuntos de la Mujer, una política que era contraria al principio de igualdad y apoyaba la poligamia”, recuerda Hanaa Edwar, veterana feminista y cofundadora del Iraqi Women Network (IWN). Historias similares se repiten en varios países de Oriente Próximo.

En esta región del mundo, donde el patriarcado, la herencia tribal y las tradiciones religiosas se han aliado para apartar a la mujer de la vida pública, colocar a féminas en puestos políticos y establecer cuotas en las cámaras legislativas se interpretan como avances hacia la igualdad. De ahí que tras las intervenciones militares de EE UU tanto en Afganistán como en Irak se les reservaran sitios en las respectivas legislaturas (68 de los 250 escaños de la afgana y un 25% de los 325 con que cuenta la iraquí). Sin embargo, la brecha de género persiste.

Edwar, cuya organización está ahora embarcada en sacar adelante una ley contra la violencia doméstica, señala que en Iraq esa presencia no se ha traducido en políticas más igualitarias. “De hecho, a menudo la mayor oposición a nuestras propuestas procede de las diputadas”, apunta. “En 2015, había 84 en el Parlamento y cuando presentamos una propuesta para que los partidos políticos tuvieran que incluir a mujeres no solo en sus listas sino en los puestos de dirección, 72 de ellas votaron en contra”, recuerda.

“Muchas de estas mujeres no tienen una formación feminista o siquiera política. Llegan al cargo por relaciones familiares, de tribu o de secta”, explica Edwar en una conversación vía Skype.

Aun así, incluso en los países sin estructuras democráticas, se destacan los nombramientos de mujeres para cargos públicos como muestra de consideración hacia estas o de la modernidad del país. En Arabia Saudí, por ejemplo, fue altamente publicitada la designación de 30 de ellas para el Consejo Consultivo o la concesión del derecho al voto, dos gestos sin apenas contenido ya que esa Asamblea carece de poderes legislativos y solo se eligen la mitad de los concejales que, sean hombres o mujeres, ni siquiera controlan los presupuestos municipales. Algo parecido ocurre en Emiratos Árabes Unidos, que se precia de tener ocho ministras y una presidenta del Consejo Nacional Federal (cámara solo parcialmente elegida).

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“Muchos gobiernos en Oriente Próximo colocan a las mujeres en puestos de Gobierno como signo del avance en su situación. No es malo, pero plantea desafíos porque en general las leyes en la región MENA son discriminatorias para las mujeres y no hay democracia; sirve de poco nombrarlas si luego carecen de poder de decisión. Es una forma de obviar los cambios necesarios para su progreso”, analiza Sussan Tahmasebi, feminista iraní que dirige el programa de Oriente Próximo de ICAN, una ONG que promueve los derechos de la mujer, la paz y la seguridad.

Las activistas de Oriente Próximo subrayan la importancia de las organizaciones de base en la lucha por la igualdad

En su experiencia, “cuando se producen mejoras significativas es porque hay un movimiento de mujeres fuerte detrás”. Cita, por ejemplo, como en Túnez, tras las revueltas, las activistas presionaron para conseguir una cuota en el Parlamento y su demanda fue adoptada por los partidos políticos; el peso de las egipcias en la redacción de la Constitución (“cuatro de las cinco mujeres que participaron en el comité procedían del movimiento de mujeres”); o el trabajo de las turcas para reformar el código penal en el año 2000, y más recientemente para impedir que se prohibiera el aborto.

También en Afganistán el trabajo de las activistas ha sido clave en la aprobación de la ley contra el acoso a finales del año pasado. En Irán, su país natal, destaca “cómo la campaña del millón de firmas transformó el discurso público y, sobre todo, de los políticos”. “Ahora hasta los conservadores hablan de igualdad”, señala sin ocultar su satisfacción por una iniciativa en la que ella misma participó. De ahí que Tahmasebi, que con motivo el Día de la Mujer va a hablar del tema en el King’s College de Londres, insista en el poder transformador de las activistas y defienda que la atención no debe centrarse solo en las mujeres políticas, sino en apoyar los movimientos de base que trabajan por la igualdad.

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