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ANÁLISIS

Tocqueville vs Trump (y Le Pen)

La igualdad de condiciones que alababa el pensador francés es clave para desactivar los populismos

Donald Trump, junto a tres de sus hijos, Ivanka, Eric y Donald, en Canadá en 2013.
Donald Trump, junto a tres de sus hijos, Ivanka, Eric y Donald, en Canadá en 2013. AP

Subidos a los hombros de los titanes de la historia, a veces se observan mejor las vicisitudes del tiempo presente. La introducción de La democracia en América, la obra maestra de Alexis de Tocqueville publicada hace casi dos siglos, arroja esclarecedora luz sobre las procelosas aguas políticas actuales en buena parte de Occidente.

“Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en los Estados Unidos han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Descubrí sin dificultad la influencia prodigiosa que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad. Da al espíritu público cierta dirección, determinado giro a las leyes; a los gobernantes máximas nuevas, y costumbres particulares a los gobernados. [...] a medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más en la igualdad de condiciones el hecho generador del que cada hecho particular parecía derivarse”.

Muchos son los síntomas de que, hoy, hay serias averías en esa igualdad de condiciones que Tocqueville consideraba como el motor de la sociedad que, pronto, se convertiría en líder mundial. Lo mismo pasa en otras del arco occidental (aunque no en todas). Pero los análisis sobre la crisis que estas sociedades experimentan y el consiguiente auge populistas tienden a centrarse en otros asuntos y obvian la cuestión de la movilidad social.

La narrativa común indica que la globalización ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas en los países emergentes, pero precarizado la vida de amplios sectores de las ciudadanías occidentales; estos sectores anhelan otros tiempos, en los que había mayor estabilidad y perspectivas de progreso; recelan por tanto del libre comercio y del flujo migratorio que, a sus ojos, corrompen la armonía y homogeneidad cultural de esos otros tiempos; y lamentan la desigualdad social cada vez más marcada, con élites cada vez más ricas, y cada vez más gente en la precariedad.

Todo esto tiene mucho fundamento, pero no toca otro elemento clave: el deterioro de esa igualdad de condiciones de la que hablaba Tocqueville. La avería en el ascensor social que permite ir de abajo hacia arriba a través del mérito (y de arriba hacia abajo). Varios estudios apuntan a que la movilidad social sufre.

Un interesante trabajo de dos investigadores de la Universidad de Massachusetts publicado el año pasado concluye que, en EE UU, la movilidad social se ha visto notablemente reducida a partir de los años ochenta, precisamente en coincidencia con un aumento de la desigualdad (es decir con la distancia entre renta y patrimonio de los más ricos y de los más pobres).

Otro interesante estudio de la Universidad de Stanford compara la fortaleza del vínculo entre los ingresos de los padres y los de los hijos en distintos países. En Estados Unidos (Trump) y Reino Unido (Brexit) es mucho más acentuada que, por ejemplo, en Alemania, España o los escandinavos, donde la pujanza de posiciones populistas es menor. Es decir, quienes nacen en familias de élite en EEUU o Reino Unido tienen muchas probabilidades de quedarse en ese círculo social, más de lo que ocurre en otros países occidentales.

La literatura científica en esta materia es vastísima, y los resultados llenos de matices. No es razonable extraer conclusiones tajantes. Pero sí lo es pensar que la movilidad social es un factor clave, y los recortes en muchos servicios públicos tras la crisis económica atenúan la capacidad de las sociedades de sobreponerse al estatus quo y maximizar la igualdad de condiciones.

El fenómeno es difícil de abordar. Hoy día padres ricos no solo transmiten el patrimonio a sus hijos, si no también niveles educativos cada vez más determinantes para el desarrollo de los individuos en la sociedad actual, en la economía del conocimiento, donde el bagaje cultural/intelectual tiene un peso específico extraordinario. La paradoja, por tanto, es que en muchas ocasiones los vástagos de familias de elite no son cretinos que heredan latifundios, sino ciudadanos preparados y cosmopolitas que merecen permanecer en la elite por sus cualidades. Pero la percepción de que no solo hay desigualdad social, sino que las posibilidades de subir –y bajar- en la escala social se contraen, produce sin duda gran frustración en amplios sectores sociales. Y, también sin duda, es un factor que alimenta el auge populista.

“The system is rigged”, era uno de los leit motivs de la campaña de Donald Trump. El sistema está amañado (en favor de las élites, claro está). Muchos vieron en él un outsider que desatrancaría tuberías atascadas. La paradoja es que Trump encarna precisamente los problemas de la movilidad social en EE UU: él empezó su actividad gracias a un generoso préstamo de su padre.

En Francia, Marine Le Pen también cosecha probablemente votos sobre la base de ese sentimiento. Pero ella también es ejemplo perfecto del problema que hay que solucionar: su padre fue, antes que ella, candidato a la presidencia de Francia.

Desde el siglo XIX, Tocqueville muestra un camino para desactivar a los populistas.

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