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El jefe de los espías de Francia jugaba muy sucio

El exresponsable de los servicios secretos creó una red de contactos para beneficiar a Sarkozy, el imperio del lujo y la mafia corsa

El tópico de que en los servicios secretos están los hombres más limpios para los trabajos más sucios se incumple en Francia. Bernard Squarcini, jefe de la poderosa Dirección General del Servicio Interior hasta 2012, ha utilizado métodos ilegales para beneficiar a su antiguo mentor, el expresidente Nicolas Sarkozy, o a su actual patrón, Bernard Arnault, dueño del imperio del lujo LVHM. Imputado en septiembre por tráfico de influencias y obstrucción a la justicia, El Escualo, como se le conoce en el sector, encabeza una red con turbios intereses que llegan hasta la mafia corsa.

Bernard Squarcini, en una imagen de archivo de 2008. Ampliar foto
Bernard Squarcini, en una imagen de archivo de 2008. Reuters

Nacido en Rabat en 1955, el policía Squarcini ha dedicado buena parte de su vida a la lucha contra el terrorismo corso, el de ETA o el yihadista. Pese a haber sido condecorado siete veces -tiene cuatro cruces españolas-, los franceses asisten estos días perplejos a las informaciones que se difunden sobre su turbio pasado y presente. Sobre todo cuando aún no se han recuperado de la historia de Bernard Barbier, exjefe técnico del servicio de espionaje exterior hasta 2014 que, ante estudiantes de su antiguo colegio, contó en agosto cómo espió a China, Canadá o España, cómo confirmó que Washington pinchaba cuentas de altos cargos del Elíseo o cómo guio a un comando francés para matar yihadistas en Mauritania.

El escándalo llega ahora de la mano de Squarcini. Había estado destinado en Córcega en los ochenta y su prestigio había llegado al cénit cuando, en 2003, siendo Sarkozy ministro del Interior, había detenido al histórico independentista Yvan Colonna por el asesinato del prefecto de la región. Por hazañas como esa, Sarkozy no dudó en nombarle jefe del espionaje interior en cuanto llegó al Elíseo en 2007.

Allí estrechó relaciones con el grupo que hoy se hace llamar Happy Few. O Club de Quenza, el pueblecito en el que suelen pasar sus vacaciones y donde algunos tienen casa propia. Son amistades peligrosas. Por ejemplo, la de Claude Guéant, exministro del Interior con Sarkozy y ahora imputado por repartir sobresueldos y por un caso de financiación ilegal de origen libio del partido de Sarkozy.

O Christian Flaesh, exjefe de la Policía Judicial de París, imputado por filtrar al Escualo información reservada sobre LVMH y sobre casos abiertos contra Sarkozy. Al grupo también pertenecen un exjefe de la policía nacional, Frédéric Péchenard, y un exprefecto de París, Michel Gaudin. Los dos trabajan hoy en el círculo más cercano al exjefe del Estado.

En junio de 2012, nada más llegar François Hollande al Elíseo, Squarcini fue apartado de su cargo. Enfadado, dejó la administración pública. Creó su propia empresa de seguridad, firmó un contrato de 12.000 euros mensuales con LVHM y estableció su despacho en la exclusiva avenida parisina de Montagne, donde se concentran las tiendas de moda más caras del país.

`El Escualo´ envió una nota confidencial sobre financiación ilegal del PS a Sarkozy y a LVMH

La justicia empezó a interesarse por sus actividades. En marzo de 2013 le intervinieron el teléfono y ahora el diario Le Monde cuenta el escandaloso fruto de esas escuchas. En abril de 2013, y a petición de Michel Gaudin, jefe de gabinete de Sarkozy y miembro del Happy Few como exjefe de la policía nacional, El Escualo les hizo llegar a ambos una nota redactada por los servicios secretos. En ella se decía que el dinero de una cuenta en Suiza a nombre de Jérôme Cahuzac, entonces ministro de Hacienda, había servido para la financiación ilegal del Partido Socialista.

En el colmo de la deslealtad, El Escualo envió la misma nota al gabinete del potentado Bernard Arnault, el segundo hombre más rico de Francia. En la conversación con uno de los empleados de la firma propietaria de Louis Vuitton o Christian Dior, se refiere a Hollande como “el usurpador” y le cuenta que Sarkozy, con quien dijo tener una cita, “ha leído la nota y le ha interesado”.

Su actividad oculta es muy variada. En marzo de 2013, habló por teléfono con Nathalie Kosciusko-Morizet, dirigente del partido de Sarkozy, sobre qué hacer para perjudicar al ex primer ministro François Fillon y a la exministra Rachida Dati, a quien había investigado discretamente para saber de quién estaba embarazada. “Realmente ella es…”, dice Kosciusko-Morizet. “Una loca”, acaba la frase El Escualo.

Los investigadores también han descubierto que Squarcini guardaba en su casa un detallado documento sobre el minucioso registro realizado hace años, a raíz de un robo, en casa de Ségolène Royal, ministra de Medio Ambiente y expareja de Hollande. Y en una caja bajo llave, otros documentos sobre los datos aportados por Hervé Falciani, el informático que entregó un listado con miles de presuntos defraudadores clientes del HSBC.

Squarcini ordenó espiar a un jefe policial que investigaba a la mafia corsa bajo la increíble acusación de que trabajaba para Argelia

Las pesquisas han salpicado gravemente a su sucesor, Patrick Calvar, también integrante del Happy Few. Ha llegado a ser interrogado porque facilitó a Squarcini datos sensibles que le pidió sobre varias personas o por hacer favores a la familia de Arnault, también a demanda de su antecesor. “Es un amigo”, se ha justificado Calvar. Con su red de influencias en su antigua casa, hasta consiguió sacar del listado de sospechosos –el fichero S- a un millonario ruso.

Otra víctima es Christian Flaesch, ya apartado en 2013 como jefe de la policía judicial por haber avisado al entorno de Sarkozy de una investigación sobre financiación ilegal del partido procedente de Libia. Meses antes, Squarcini le pidió datos sobre una demanda presentada por Hermes contra LVMH. “Yo me entero”, le responde. Y así es, porque le remitió una amplia nota de la causa. Por eso es por lo que está imputado.

La mafia corsa

Uno de los capítulos más oscuros revela la extraña relación del exjefe de los espías con la mafia corsa. Marie-Claire Giacomini, relacionada con una red de juego de los corsos, se refiere a “mi tito” cuando habla de El Escualo. Los dos, junto con un implicado en una red de venta de drogas, fueron fotografiados juntos en París en una operación policial contra el tráfico de estupefacientes.

Aún es más extraño uno de los capítulos de la operación contra la mafia corsa del juego en París: el jefe policial encargado del caso fue sometido a escuchas por orden de Squarcini bajo la increíble acusación de que trabajaba con los servicios secretos argelinos. Resultó ser falso, pero gracias a las escuchas se conoció todo lo que el policía estaba investigando.

El Escualo sigue ocupando su despacho. Y su restaurante preferido en la capital sigue siendo La Villa Corsa, frente a la sede de la Unesco y cerca de la Torre Eiffel. Hace unos días, vestido con traje y abrigo negros, se dirigía a mediodía a su trabajo con un amigo. "Desde luego, no era un policía o un agente de los servicios de información, porque tenemos prohibido acercarnos a él o hablarle", cuenta uno de sus excolaboradores

¿Los hombres más limpios para los trabajos más sucios? En Francia, algunos destacados espías cumplen, y muy bien, solo la segunda parte.

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