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La catedral ortodoxa en París expone las fricciones entre Putin y Hollande

El viaje de Putin para inaugurar el templo deriva en una bronca diplomática

La agresiva política militar de Vladimir Putin aísla cada día más al mandatario ruso. Este martes tuvo que anular una visita a París porque François Hollande avisó de que le echaría en cara los brutales bombardeos rusos sobre Alepo. El presidente francés los calificó de “crímenes de guerra” que podrán ser juzgados por el Tribunal Penal Internacional. Pero la historia más espectacular es la de la catedral ortodoxa rusa que Putin quería a inaugurar en la capital francesa el próximo día 19.

La catedral de San Vladimir, en París, el pasado 4 de octubre.
La catedral de San Vladimir, en París, el pasado 4 de octubre. REUTERS

Es una historia de intrigas, extorsiones, alta diplomacia y aspiraciones imperiales con la religión de por medio. En su cruzada por recuperar símbolos del desaparecido imperio soviético, Putin incluyó a mediados de la pasada década la construcción de una gran catedral ortodoxa en París. Existía ya una, la de Alejandro Nevski, donde se casó Pablo Picasso, pero está bajo la obediencia de la rama ortodoxa de Constantinopla-Estambul.

Putin encargó el proyecto a Vladímir Kojine, entonces director de asuntos económicos y un hombre de su máxima confianza. Fue él y el propio Putin quienes convencieron al Gobierno de Nicolas Sarkozy para que les vendiera una fabulosa parcela de 4.200 metros, antigua sede del Instituto de Meteorología, situada en el muelle Branly, a orillas del Sena, entre la torre Eiffel y el puente de Alma.

Por esa joya pugnaron grandes fortunas, pero sobre todo dos Estados: Rusia y Arabia Saudí. El primero, para la catedral, ofrecía unos 73 millones de euros. El segundo, que ofrecía mucho más, quería construir una enorme mezquita.

Tras muchas gestiones y presiones, Sarkozy recibió en 2007 al entonces gran patriarca ruso Alexis II, que le explicó la necesidad de construir un templo digno para los 200.000 fieles rusos de París. El proyecto se aceleró y, tras muchas peripecias, el concurso lo ganó el prestigioso arquitecto Manuel Núñez-Yanowsky (Samarcanda, 1942), hijo de un republicano español.

“Sabe por qué está esto aquí”, cuenta por teléfono este arquitecto francés que le dijeron en el Elíseo al enseñarle mapas y dibujos del proyecto. “Señalaba el templo y la cruz y me añadía: Si no, estaría una media luna”.

El interés y la presión de Putin por acelerar las obras hizo que la futura catedral fuera bautizada como “San Vladímir sur-Seine” por parte de Frédéric Mitterrand, ministro de Cultura de Sarkozy. “Para la embajada rusa en París se convirtió en el proyecto central”, dicen en el Ayuntamiento.

Fue en la casa consistorial donde el socialista Bertrand Delanoë, entonces alcalde, le puso proa al templo, que ahora se llama oficialmente Catedral de la Santa Trinidad. “Es un insulto al alma rusa, a la iglesia ortodoxa y a París”, argumentó al usar el caso como arma arrojadiza contra el conservador Sarkozy.

Rusia y Arabia Saudí pugnaron por construir en el mismo terreno una catedral y una mezquita, respectivamente 

Llegado al Elíseo en mayo de 2012, Hollande no quiso contradecir a su popular alcalde y ordenó revisar a fondo todo el proyecto. No puede hacerse “por razones técnico-estéticas”, zanjó su ministra de Cultura, Aurélie Filipetti.

El parón enervó a Moscú. En julio, entró directamente en acción Putin con Hollande. Los dos encontraron un compromiso. La víctima fue Núñez-Yanowsky. “Se cargaron mi proyecto. Los dos pactaron un arreglo”. Consistió en encargar la construcción al arquitecto francés Jean-Michel Wilmotte, firmante de faraónicas obras en Rusia. “Mi proyecto era el encuentro de la tradición y la modernidad, y el que han acabado haciendo es el despacho de un árabe rico”, critica airado Núñez-Yanowsky.

Las obras se han hecho con una celeridad inusitada tras la luz verde definitiva dada en enero de 2014. Al menos esta vez no se ha traído tierra rusa para los cimientos de esta mole culminada por cinco majestuosos bulbos dorados, la central de una altura de cerca de 30 metros. Es lo que hizo el zar cuando en el siglo XIX se construyó la catedral de Alejandro Nevski, de solo tres pequeñas torres junto al Arco de Triunfo.

Pero el objetivo era y es idéntico. “Es la gran vuelta de Rusia a la escena internacional. Putin lo ha hecho para decir: hemos vuelto a París, esta vez a orillas del Sena”.

En la recta final, aún tuvo que superar el Kremlin otra prueba en la que invirtió mucha energía diplomática y financiera, que a veces es lo mismo. En junio de 2014, un Tribunal de Arbitraje de La Haya dictó que los antiguos accionistas del imperio energético ruso Yukos debieran ser indemnizados con 50.000 millones de euros.

Para recuperar parte de ese dinero, los socios del antiguo propietario, el encarcelado Mijaíl Jodorkouski, exigieron embargar bienes rusos en el extranjero, como la catedral parisina. Los jueces franceses se pusieron en marcha. El Kremlin también, hasta que logró que el Gobierno francés endureciera la ley que regula esos embargos. Quizás a cambio, apenas exigió compensaciones tras la decisión de Hollande de no entregar dos portaaeronaves Mistral comprometidos con Moscú.

La catedral, hoy protegida por inmunidad diplomática, lucirá con todo su esplendor el día 19. Pero Putin no podrá llenar los informativos rusos con su presencia en la inauguración. Es una mancha, aunque pequeña, en esa gran bandera que acaba de izar en pleno corazón de París.