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El cambio exiguo en Ferguson, la cuna del nuevo debate racial

A los dos años de la muerte de Michael Brown, la población negra asegura que no ha mejorado la relación con la policía

Recuerdo a Michael Brown, el sábado, en el lugar en que murió en Ferguson en 2014
Recuerdo a Michael Brown, el sábado, en el lugar en que murió en Ferguson en 2014

Los comercios de la empobrecida avenida West Florissant ya no están tapiados por miedo a saqueos. Tampoco hay todoterrenos militares para dispersar con gas lacrimógeno a manifestantes. En la calle Canfield, ya no hay flores en el lugar en que en agosto de 2014 murió Michael Brown, un negro de 18 años desarmado, por disparos de un policía blanco. La gasolinera incendiada en las protestas tras la muerte de Brown se convertirá en un centro de ayuda para jóvenes.

Pero en Ferguson (Misuri), la cuna del debate en Estados Unidos sobre el trato de la policía con la comunidad afroamericana, la sensación de los residentes es que casi nada ha cambiado.

Paseando por el barrio negro en que murió Brown en este suburbio de San Luis, la pregunta sobre si ha mejorado la relación con la policía recibe respuestas parecidas. “Es la misma. La policía es de la misma manera que era”, dice una mujer negra de unos 50 años, que declina dar su nombre y vive en el humilde complejo de apartamentos en que lo hacía el fallecido. Los únicos recuerdos a Brown son una paloma esculpida en la acera y unos grafitis en su honor en la calzada.

Algo sí ha cambiado. La mujer sostiene que, tras la muerte del joven, la policía ha reducido su presencia en el barrio por miedo a verse envuelta en nuevas polémicas. “Si los llamas, no vienen. Están preocupados de que les tiroteen y que ellos no puedan disparar contra alguien con las manos alzadas”, dice. Se refiere al supuesto gesto -no demostrado en la investigación que exoneró al agente- que hizo Brown antes de recibir una decena de disparos del policía que lo paró mientras andaba por la calle.

El lugar, el sábado, en que murió Michael Brown en Ferguson en 2014 ampliar foto
El lugar, el sábado, en que murió Michael Brown en Ferguson en 2014

Los claroscuros sobre su muerte desataron una ola de protestas de la población negra de Ferguson. Denunciaba sufrir un patrón de discriminación racial de la policía, que fue confirmado después por una investigación del Departamento de Justicia federal. La violenta represión de las protestas propició ecos incómodos en EE UU por los paralelismos con la lucha por los derechos civiles en los años sesenta.

Ferguson y la reiteración de casos parecidos han logrado que el eje del debate racial en EE UU sea ahora la relación entre la policía y la comunidad afroamericana. Ferguson ha impulsado la transparencia: proliferan las grabaciones ciudadanas para destapar casos de brutalidad policial y crecen el número de cuerpos que colocan cámaras en los uniformes de sus agentes. Y es un asunto central en las elecciones presidenciales de noviembre: la demócrata Hillary Clinton ha incorporado a su campaña a madres de negros muertos por la policía, y el republicano Donald Trump dibuja un paisaje apocalíptico de crimen en los suburbios negros que promete revertir con ley y orden.

Los afroamericanos son mayoría en Ferguson, de unos 20.000 habitantes, pero están infrarrepresentados en las instituciones. El pasado mayo, el Ayuntamiento contrató al primer jefe negro de la policía y prometió ampliar el número de agentes negros, que ahora suponen un 5% de la plantilla. Fue una consecuencia del acuerdo al que llegó con el Departamento de Justicia, que lo había denunciado por prácticas inconstitucionales, y que debe derivar en una reforma del sistema policial.

Marcus White, afroamericano de 23 años ampliar foto
Marcus White, afroamericano de 23 años

Pero en las calles perciben poca novedad. Marcus White, afroamericano de 23 años, también esgrime que los agentes patrullan menos y que las interacciones “han empeorado”: alega que siguen multando y parando más a negros que a blancos. Él ahora ya no conduce por la ciudad cansado de lo que describe como excusas para multarlo. La investigación federal destapó que las multas, que afectaban desproporcionadamente a negros, eran una fuente principal de financiación de Ferguson.

White, que trabaja de jardinero, explica que la desesperanza cunde en el barrio en que murió Brown. La mayoría de residentes no trabajan y reciben subsidios para comprar alimentos. Se enquistan la violencia y el tráfico de drogas. Él tiene dos hijos de corta edad y critica la descomposición de muchas familias negras por la ausencia de padres y valores. “Ven un día por la mañana y verás”, dice. Asegura que los chicos de 16 y 17 años no quieren ir ni a la escuela ni trabajar. “¿Qué se les ofrece aquí?”, se pregunta.

El joven tiene previsto votar a Clinton en noviembre para evitar una victoria de Trump, al que considera racista. “¿Cuándo era grande América cuándo recogíamos algodón?”, dice en referencia al lema del candidato republicano de recuperar la grandeza del país, y a la época en que los esclavos negros trabajaban en los campos de algodón del sur. “La América que era grande para blancos no lo era para negros”.

Un libro sobre pinturas para traer paz a Ferguson, en un restaurante en la zona blanca ampliar foto
Un libro sobre pinturas para traer paz a Ferguson, en un restaurante en la zona blanca

La población blanca vive en el centro histórico de Ferguson, donde tienen su sede la policía y el Ayuntamiento. Los comercios también han dejado de estar tapiados y ya no hay rastro de protestas frente a la comisaría. La percepción es un poco más positiva. “Siempre ha habido y hay tensión racial. Ha mejorado pero queda progreso por hacer”, dice Ron, un veinteañero blanco que trabaja en un restaurante. El local, solo con clientes blancos, exhibe un ejemplar del libro ‘Pintura para la paz en Ferguson’.

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