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Los republicanos descubren a Donald Trump. Demasiado tarde

Los comentarios machistas del magnate republicano pueden dar un golpe decisivo a sus aspiraciones presidenciales

Una mujer muestra la portada de un diario sobre Trump.
Una mujer muestra la portada de un diario sobre Trump. AFP

No existen los golpes de gracia en las campañas electorales. Sólo retrospectivamente, cuando conocemos el ganador de la elección, construimos un relato en el que cada incidente, cada escándalo, cada error del candidato o acierto del rival encajan para explicar el resultado. Si la demócrata Hillary Clinton derrota al republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales del 8 de noviembre, posiblemente la filtración de una grabación con comentarios lascivos y machistas de Trump se vea como uno de estos momentos decisivos que dan un vuelco a la campaña.

En realidad —y siempre siguiendo la hipótesis de que Clinton derrote a Trump— la grabación publicada por The Washington Post se parecerá más al último clavo en el ataúd del candidato del Grand Old Party o G.O.P., el viejo y gran partido de Abraham Lincoln y Ronald Reagan. La nueva ofensa supone una conmoción para quienes no habían querido darse por enterados de la personalidad y las maneras del magnate neoyorquino que en poco más de un año ha hecho saltar por los aires las mejores tradiciones del G.O.P. Para el resto, confirma lo que el propio Trump había revelado por su propio pie. No anuncia nada nuevo, sino que refuerza ideas y tendencias en marcha. Nadie podrá alegar, como los vecinos de los criminales entrevistados por periodistas apresurados, que “parecía buena persona”, o "nunca lo hubiéramos imaginado de él".

Los muchos líderes republicanos que se han lanzado a criticar a Trump, los menos que le han retirado el apoyo, y los escasísimos que han anunciado que votarán a Clinton, tuvieron decenas de ocasiones de repudiar a quien hoy es su líder.

Por ejemplo, cuando Trump se labró una carrera política difundiendo teorías conspirativas que falsamente cuestionaban que el presidente Barack Obama, el primer negro en el cargo, hubiese nacido en Estados Unidos. O cuando identificó a los inmigrantes mexicanos con violadores y criminales. O la vez que prometió prohibir la entrada de musulmanes a Estados Unidos. O el día que lanzó su artillería retórica contra un juez de Indiana por su origen mexicano. O el que insultó al senador John McCain, que fue prisonero de guerra en Vietnam y es considerado un héroe en su país. O el que defendió crímenes de guerra como la tortura y el asesinato de civiles como método antiterrorista. O el momento en que aceptó los apoyos de grupos de la extrema derecha neonazi o fichó a un jefe de campaña que dirige una web donde se publican textos antisemitas. O el día que incitó a los estadounidenses a mirar un vídeo sexual inexistente en el que aparentemente salía una Miss Universo a la que él había denigrado. O el que insultó a una familia de un caído en Irak, o a una periodista de la cadena Fox News. O el que animó a la Rusia de Vladímir Putin a robar correos electrónicos de Clinton. O cuando, hace unos días, respondió exhibiendo su supuesto genio para las finanzas —desmentido por repetidos fracasos empresariales— para defender la posibilidad de que durante más de una década no hubiese pagado impuestos.

Sirva esta muestra incompleta para recordar las oportunidades que los líderes republicanos tuvieron para romper con Trump, y, con excepciones contadas, no aprovecharon. No fueron sólo los líderes. Los votantes disponían un elenco de 16 candidatos en las elecciones primarias —algunos de probada competencia, como el exgobernador de Florida Jeb Bush o el gobernador de Ohio John Kasich— y eligieron a Trump.

¿Qué es diferente ahora? La crudeza de las expresiones de Trump las hace intolerables para muchos republicanos. Ya no se dirigen a un grupo étnico o ideológico, sino a más de la mitad del electorado. A un mes de las elecciones, es posible que sea demasiado tarde para distanciarse de él. La imagen de Trump como machista, xenófobo y malhablado (políticamente incorrecto, dicen los suyos) ya estaba fijada en la mente de la mayoría de votantes: las últimas revelaciones no hacen más que consolidarla.

Si Trump pierde, nos será sólo por su personalidad. Hay razones de fondo que nada tienen que ver con él. De las seis últimas elecciones presidenciales, los republicanos sólo han ganado una con voto popular, la de 2004 (en 2000 ganó el demócrata Al Gore en voto popular pero el republicano George W. Bush sumó más votos electorales, los compromisarios distribuidos entre estados que deciden la elección). La demografía —sobre todo el auge de la población de origen latinoamericano— es un factor ineludible que va más allá del nombre de los candidatos y juega en contra del Partido Republicano

Muchos votantes de Trump admiten sus fallas morales, y a algunos les repugnan sus comentarios. Pero alegan otras razones —desde el compromiso en oponerse al derecho al aborto a la defensa del carbón en los estados mineros de los Apalaches, o la hostilidad a los Clinton— para defender su opción.

Si Trump vence, será porque la coalición multiétnica y multigeneracional que dio dos victorias a Obama se habrá desmovilizado. Y porque la desafección de las élites y los miedos de una parte del país son más fuertes que cualquier otra consideración. El 8 de noviembre el ‘momento populista’, que sacude las viejas estructuras a ambas orillas del Atlántico, tendrá en Estados Unidos su momento de la verdad.

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