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Los jóvenes rusos, de la protesta a la adaptación

Leyes más restrictivas contra las revueltas y un refuerzo del patriotismo marcan la actitud de los menores de 30 años

Jóvenes rusas viajan en el metro de Moscú, el pasado 24 de marzo.
Jóvenes rusas viajan en el metro de Moscú, el pasado 24 de marzo. Alexander Shcherbak/TASS

El escaso interés por la política caracteriza hoy a la juventud rusa. Los jóvenes se han adaptado al sistema imperante y han cambiado de actitud desde las masivas protestas contra las irregularidades en las últimas elecciones parlamentarias y presidenciales de 2011 y 2012, respectivamente. Los chicos y chicas que por aquel entonces salieron a las calles de Moscú y otras grandes ciudades rusas “experimentaban por primera vez en su vida la falsificación electoral y eso les impresionó mucho, lo que revelaba su ingenuidad y el desconocimiento de la sociedad en la que vivían”, afirma la socióloga Natalia Zórkaya, del Centro Levada.

Las protestas no desembocaron en un movimiento político estructurado. Faltaban líderes y capacidad organizativa. Las autoridades promulgaron una normativa más restrictiva para los mítines y reprimieron a los revoltosos. Los más rebeldes en las concentraciones previas a la toma de posesión del presidente Vladímir Putin fueron juzgados y perseguidos durante años.

Mejor hablar de coches que de política

P. B., Moscú

La política no es tema prioritario entre la juventud, según confirman las encuestas del centro Levada. Cuando los chicos y chicas de 18 a 24 años se reúnen, aparte de charlar sobre “hombres y mujeres” (el 46%), hablan sobre el trabajo (33%), los automóviles y artilugios técnicos (31%), el deporte (28%), la moda (26%), los precios y los bienes de consumo (24%). De política solo hablan el 6% de los jóvenes, aunque este porcentaje llega al 21% entre los mayores de 55 años, según un sondeo del pasado agosto.

Los jóvenes con una percepción adecuada de la realidad “intentan no participar en las discusiones sobre política, aunque se presentan como voluntarios para ayudar en un orfanato o ir a plantar árboles”, afirma el profesor Petrov. “Como el resto de la población, los jóvenes tienen miedo a situaciones que amenacen su bienestar”, afirma Zórkaya.

En 2014, la anexión de Crimea replanteó el panorama político y revalorizó el factor patriótico. “Después de Crimea, yo he admirado a Putin y me he distanciado de las protestas en las que participé”, afirma Oleg, un economista que trabaja como conductor. Konstantín, manifestante en 2011 y 2012 y especialista en tecnología, reaccionó de otro modo: emigró a EE UU y hoy trabaja en una gran multinacional en California.

En la hora del patriotismo las nuevas generaciones rusas no se diferencian de sus mayores. Según el director del Centro Levada, Lev Gudkov, más del 70% de la población cree que Rusia debe continuar su rumbo, sin hacer caso de las sanciones. La mayoría de los jóvenes se siente bien y es optimista, excepto un 15% de descontentos, señalaba el experto a principios de este año. El porcentaje de insatisfechos —y de potenciales emigrantes— aumenta en los grupos más cualificados y con más inquietudes intelectuales.

Más del 70% de la población cree que el rumbo del país debe mantenerse

Annia, de 22 años, estudiante de diseño en Moscú, desea marcharse al extranjero para mejorar su formación. En el centro donde estudia el ambiente es muy competitivo y los alumnos, según sus notas, estudian gratis o pagan la matrícula. A Annia este curso le cuesta 350.000 rublos (cerca de 5.000 euros), cantidad que a ella le parece “excesiva para la formación que dan”. Procedente de una familia de clase media, Annia se gana dinero de bolsillo en una fundación. El domingo, votará en las legislativas por el Yábloko (Partido Liberal) y hubiera votado a Borís Nemtsov, si este hubiera estado vivo. Cuando el político liberal y crítico de Putin fue asesinado, en febrero de 2015, la estudiante salió a la calle en su memoria.

Preferencia por Putin

El porcentaje de insatisfechos aumenta entre los más cualificados

En Rusia hay más de 27 millones de personas entre los 18 años (edad a partir de la que se puede votar) y los 30. Se trata de un conjunto muy heterogéneo, pero, en lo que a política se refiere, la socióloga Zórkaya afirma que la juventud combina “la más baja participación electoral con la máxima preferencia por el presidente Putin y el partido en el poder”. Esto quiere decir que “los jóvenes por una parte se niegan a responsabilizarse por lo que pasa en el país y, al mismo tiempo, muestran lealtad hacia sus dirigentes”.

“La generación que ha madurado en época de Putin se ha criado como si estuviera en un invernadero y no conoce la palabra necesidad”, afirma Alexéi Petrov, vicedecano de la facultad de Historia de la Universidad de Irkutsk. En una conversación por Skype, el profesor, responsable de trabajo con la juventud en aquella facultad siberiana (a más de 4.200 kilómetros de Moscú), afirma que, en los años noventa, los jóvenes querían parecerse a Sasha Bely, el protagonista de la serie televisiva Brigada, quien, al volver del servicio militar, organiza una banda para proteger en un mundo hostil al ciudadano.

En la primera década de este siglo, prosigue Petrov, todos querían parecerse a los poderosos y bien pagados ejecutivos de Gazprom (el gigantesco consorcio estatal de gas). Ahora, quieren ser funcionarios. En las legislativas de 2011, cuenta, a instancias de Moscú, las autoridades académicas de Irkutsk recomendaron a los estudiantes ir a votar. El resultado fue que los comunistas vencieron en los colegios donde votaron los universitarios. Hoy, dice el profesor, nadie azuza a los estudiantes a las urnas.