EL CÓRNER EUROPEOAnálisis
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Nacionalista europeo, independentista inglés

La UE ha contribuido enormemente a que hayamos gozado en Europa de una época dorada

Jubilados de la armada británica, residentes del Royal Hospital de Chelsea, tras votar este jueves en Londres.
Jubilados de la armada británica, residentes del Royal Hospital de Chelsea, tras votar este jueves en Londres.Dan Kitwood / Getty

Lo confieso. Voté dos veces en el referéndum. Nada que ver con los cuatro años que estuve de corresponsal en México observando con interés la oscura ciencia conocida como “alquimia electoral”. Fue perfectamente legal. Voté la segunda vez en representación de un amigo británico que vive a 3.400 kilómetros del ruido y la furia que caracterizan a Reino Unido hoy en día, en la relativamente apacible ciudad de Beirut.

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Optó, como yo, por Remain, por la permanencia en la Unión Europea. Si no, no me hubiera sometido a un viaje de dos horas ida y vuelta en metro desde mi casa al barrio de Londres donde él está registrado. Pero la causa es justa y no dudé ni un segundo.

A fin de cuentas se trata de elegir entre una visión de nuestro país definida por el espíritu mezquino, ignorante, retrógrado, xenófobo y tribal que encarna Nigel Farage, el líder del partido derechista UKIP (UK Independence Party), o por la generosidad, el sentido común y la solidaridad con un proyecto que desde su fundación ha contribuido enormemente a que hayamos gozado en Europa de una época dorada de paz y prosperidad sin precedentes. Que muchos querríamos más, que hoy estemos viviendo una crisis de expectativas es otra cosa. No quita que las dos últimas generaciones de europeos occidentales hemos sido los seres más afortunados en la historia de la humanidad.

Esto no sé si lo entiende un amigo que tengo que votó no dos, sino tres veces en el referéndum. Es el único buen amigo que tengo en el mundo que es plenamente de derechas y, como cabía esperar, votó las tres veces por el Leave, por la salida de la Unión Europea.

Cuando me confirmó hace unos días en una comida que iba a votar con entusiasmo a favor del Brexit, perdí los papeles. Sorprendido por la rabia que salió de mí, reflexioné después a solas y entendí de repente que acababa de sucumbir a un impulso al que siempre me había considerado ajeno: el nacionalismo. Soy, he descubierto, un nacionalista europeo. Mi amigo, estando visceralmente a favor del Brexit, es lo opuesto: un independentista inglés.

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También lo son las dos personas en cuya representación él votó este jueves. ¿Por qué no podían votar ellos mismos? Ah, me contestó, es que se han ido a pasar unos días al sol en la casa que tienen en el sur de Francia.

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