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El riesgo de ‘Brexit’ fuerza a la UE a prepararse para un desafío inédito

Los Bancos centrales están listos para responder a corto plazo, pero Bruselas teme una sacudida política si Reino Unido sale de la UE o incluso si gana el 'sí' por escaso margen

El primer ministro británico, David Cameron, junto al jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.
El primer ministro británico, David Cameron, junto al jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. AP

El presidente de EE UU, el G-7, el FMI, la OTAN y una miríada de hombres vestidos con traje oscuro llevan semanas diciéndoles a los británicos que salir de la UE sería un desastre. El referéndum es un reflejo del zeitgeist, del espíritu de una época: Europa pierde brillo a la misma velocidad que ascienden el populismo, los movimientos antiestablishment, el recelo hacia los inmigrantes o la globalización. Pero el voto británico es algo más: fuerza a Europa a mirar hacia lo desconocido. Londres amenaza con quebrar 60 años de “unión cada vez más estrecha” y abre la veda a una crisis política marcada por el riesgo de desintegración.

El asesinato de la laborista Jo Cox ha dejado en suspenso la campaña en Reino Unido, pero el nerviosismo en las cancillerías europeas está lejos de aplacarse. A cuatro días de la votación, un Brexit supondría un jaleo en los mercados, aunque los bancos centrales están listos para disparar. En Bruselas se preparan planes de choque y se habla de los aspectos técnicos del referéndum, de sus consecuencias jurídicas, de cómo encarar el 24-J, esas cosas. Pero en los despachos altos de las diversas instituciones lo que más preocupa son las consecuencias puramente políticas de un posible Brexit. Incluso de un voto a favor de la UE por escaso margen.

“La Unión no puede ser una jaula”, asegura a este diario Jean-Claude Piris, que estuvo varios lustros al mando de los servicios jurídicos de la UE. Todo socio es libre de dar marcha atrás, como reflejan los tratados. Y la querencia de Europa por autolesionarse es de sobra conocida, pero tras casi una década de crisis sucesivas nadie, ni siquiera Piris, esperaba que ese melón se abriera así, de sopetón. El cuchillo, eso sí, penetra por el flanco más previsible: “Estamos con vosotros, pero no somos uno de los vuestros”, decía el inevitable Winston Churchill como resumen de la historia de desamor entre Europa y las islas.

Las encuestas auguran un resultado reñido, pese a que la campaña es cuando menos decepcionante: los proeuropeos se han limitado a meter miedo agitando el espantajo de una especie de apocalipsis económico; los del Brexit insisten en lemas antiinmigración, pese a que los datos refutan miserablemente ese argumentario. En los últimos años entran en Reino Unido tantos inmigrantes de la UE como de terceros países, pese a que Londres tiene en su mano la posibilidad de eliminar el flujo de migración no europea. Pese al largo pliego de cargos que pende sobre las élites europeas, no ha habido verdadero debate sobre la UE, sobre su respuesta a la crisis, sobre los grandes y espinosos asuntos del proyecto europeo.

El lío puede ser morrocotudo. En el peor de los casos, más allá de la sacudida en los mercados cada vez es más evidente que Europa penalizaría a Londres si el voto es negativo. Nadie en Bruselas quiere que la UE se convierta en una suerte de “vestíbulo de estación”, de la que se pueda entrar y salir a su antojo, afirman fuentes diplomáticas. Nadie quiere, en fin, que un abandono británico envalentone a los espíritus euroescépticos que anidan en la Unión.

Frente a las hipérboles desesperadas de los últimos días (“sería el fin de la civilización occidental”, ha dicho Donald Tusk, presidente del Consejo; Cameron ha citado “la III Guerra Mundial”), la respuesta inicial será más simbólica que sustantiva, a la vista de que no hay apetito por un salto adelante político a solo unos meses de las elecciones en Francia y Alemania. Berlín y París se han acostumbrado a “gobernar por abstención” en Europa, según la feliz expresión del jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker, pero su equipo espera una declaración conjunta de Angela Merkel y François Hollande, tanto más enfática cuanto más negativo sea el resultado. Los dos gobernantes subrayarán el 24-J que el proyecto común sigue adelante, con o sin Londres. Y en función del susto, pueden dejar caer iniciativas conjuntas en defensa y seguridad, y quizá algo, no mucho, en materia de política económica.

Lo más probable, a pesar del nerviosismo, es que Reino Unido siga en el club. Y en caso de ruptura hay dos salidas: una separación ordenada o uno de esos divorcios con la vajilla por los aires. Pero lo que de veras teme Bruselas es una suerte de contagio político: que los populismos recojan el testigo del referéndum británico y los Le Pen del continente prometan más consultas. En Suecia y Dinamarca, por ejemplo. O en plena eurozona: en Holanda. En ese caso, más improbable, la crisis política podría encender de nuevo la mecha de la crisis del euro. También el Este puede llamar a la puerta de salida, pero la lluvia de fondos estructurales es aún muy atractiva en esos países.

A veces, el curso de la historia se decide en un día, incluso en unas pocas horas: en un solo acontecimiento, como un gran seísmo, se concentran procesos estructurales complejos, que a partir de ahí se hacen perceptibles, comprensibles y tangibles. ¿Es el próximo jueves uno de esos días? “Europa, a pesar del drama, ha demostrado una capacidad de resistencia excepcional, pero es indudable que el referéndum abre un periodo de transformaciones que exige respuestas más políticas”, apunta el historiador Luuk Van Middelaar. “No veo el apocalipsis, pero Londres pone a prueba, una vez más, a la UE”, cierra.