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Lecciones del auge de Trump y Sanders

Hay que reconocer que hay motivos para el atractivo del populismo para evitar acabar en callejones sin salida

Trump en un acto electoral en Carolina del Sur.
Trump en un acto electoral en Carolina del Sur. AP

En Iowa, Bernie Sanders y Donald Trump demostraron ser verdaderos aspirantes a la nominación. En New Hampshire se pusieron a la delantera. Sin embargo, el auge de los políticos no pertenecientes al aparato tradicional del partido no es solo un fenómeno estadounidense, sino que refleja el crecimiento de los partidos populistas en Europa.

Hay que matizar un poco el término, ya que, históricamente, ha tenido significados diferentes en Estados Unidos y en el resto del mundo. Este tipo de populismo considera que la política convencional es, en el mejor de los casos, ruinosa y, en el peor, corrupta. El poder político está acaparado por los intereses creados y las élites, y roba a la gente corriente sus derechos. Sanders ha usado exactamente las mismas palabras para afirmar que los resultados de Iowa y New Hampshire “enviaron un mensaje muy profundo a la clase dirigente política, económica y, por cierto, mediática”. El populismo propone devolver el poder a los ciudadanos a través de individuos o partidos que defienden el sentido común y la justicia.

Trump es una versión estadounidense de un precursor precoz del auge populista: el italiano Silvio Berlusconi. Cualquiera que tenga un mínimo de intelecto cataloga a ambos como bufones ricos. Pero esto subestima su atractivo. A la gente le gusta el hecho de que no sean intelectuales, porque los intelectuales ofuscan con sus teorías y viven en un mundo irreal y de moral elevada. Lo que el electorado ve es gente que habla con franqueza y que, aunque quizá no sean santos, hacen lo que hay que hacer y no se inclinan ante los dioses de lo “políticamente correcto”.

Sanders, por su parte, es el gemelo político del británico Jeremy Corbyn; ambos son socialistas recalcitrantes y orgullosos de ello, que prometen enfrentarse a las grandes empresas y devolver la abundante riqueza de la sociedad a la mayoría, no a la minoría.

Cualquier muestra de ‘amateurismo’ es vista como una ventaja que demuestra su falta de afán manipulador

Como les ocurre a todos los populistas, cualquier muestra de amateurismo es una ventaja, pues no hace sino demostrar su honradez y su falta de afán manipulador. Las meteduras de pata que perjudican a otros políticos son una ventaja para los populistas, puesto que ponen de relieve que son mucho más humanos que la vieja guardia de perros fieles. Berlusconi, por ejemplo, hacía continuamente “chistes” que avergonzaban a muchos de sus compatriotas, como cuando afirmó haber usado su “encanto de playboy” con la primera ministra finlandesa, o cuando llamó a un miembro alemán del Parlamento Europeo “guardia de campo de concentración”. Aquello afectó tan poco a su popularidad como la sarta de declaraciones escandalosas ha afectado a la de Trump.

El hecho de que la prensa seria y la clase dirigente política se muestren alarmadas ante el auge de los populistas no hace sino confirmar que tienen algo que temer. El populismo siempre es simplista, tanto en su análisis de los problemas como en sus soluciones. Los planes de Trump de construir un muro en la frontera mexicana y de dar una patada en su hipotético culo al Estado Islámico resultan peligrosamente descabellados. Los de Sanders no son tan temerarios, pero a pesar de ello, la idea de financiar un enorme incremento del gasto público aumentando sobremanera los impuestos sobre sociedades va en contra de la economía basada en pruebas, que demuestra que es mucho más difícil aumentar la rentabilidad fiscal.

Si no queremos acabar en callejones sin salida populistas, tenemos que empezar a reconocer que hay motivos para el atractivo del populismo. Cuando Sanders habla de un “sistema de financiación de las campañas corrupto” y de una “economía amañada”, como hizo tras los caucus de Iowa y las primarias de New Hampshire, no le falta razón. Hay mucho de cierto en la idea de que la política convencional ha dejado de servir a los ciudadanos en los países democráticos.

Al perseguir el loable objetivo de liberalizar el comercio y abrir los mercados, los Gobiernos occidentales han concedido demasiado poder a las grandes empresas y a los individuos ricos, entre los que está un tal Trump. Al buscar el apoyo de los votantes indecisos, han descuidado los intereses de todos los demás, en particular los de los peor parados. Al profesionalizar sus campañas, han perdido su conexión con las bases y la autenticidad, convirtiéndose en marcas insulsas.

Marco Rubio y Ted Cruz, básicamente, están compitiendo con Trump según las condiciones de este: más que desafiar su populismo, afirman ofrecer una versión más realista de este. También en Europa, el aspecto más inquietante del populismo no es tanto su porcentaje de votos, sino la forma en que está desplazando hacia sí el centro.

Hillary Clinton, en cambio, está intentando algo distinto, y aunque admite que las quejas de los partidarios de Sanders son legítimas, insiste en que su hombre no tiene las respuestas. Después de New Hampshire reconoció que “la gente tiene todo el derecho del mundo a estar enfadada”, añadiendo un importante “pero”: “Pero también está hambrienta. Hambrienta de soluciones”, de lo que se deduce que Sanders carece de ellas. Clinton defiende discretamente el argumento de que la política adulta no es tan sencilla como afirma Sanders, pero que ella también comparte muchos de los deseos de su oponente.

Hay que hacer malabarismos, y reconocer lo que el populismo define correctamente como los problemas profundos de nuestra política y a la vez oponerse a lo que a menudo son soluciones simplistas e inviables. Para eso no hay ni que desacreditar por completo a los populistas ni darles demasiado la razón. Pero, sobre todo, hay que explicar que la sociedad solo puede mantenerse unida y progresar si adopta una política más moderada, consensuada, aburrida y convencional.

En estos momentos, el problema de EE UU es que los principales defensores de esta vía están tan sumamente arraigados en el repudiado establishment que ganarse la confianza de los votantes es casi imposible. A lo máximo a lo que podemos aspirar es a que en 2016 se contenga la marea populista y a que, cuando lleguen las próximas elecciones presidenciales, una nueva generación de políticos sinceros, independientes y convencionales esté en condiciones de liderar un contraataque.

Julian Baggini es fundador y director de The Philosophers’ Magazine. Traducción de News Clips.

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