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El culto terrorista al Kaláshnikov en Francia

Buena parte de esos fusiles llegan desde los Balcanes y muchos traficantes proceden o residen en la vecina Bélgica. Cada año mueren en el país 1.800 personas en tiroteos

Agentes de policía antidisturbios en el distrito de Molenbeek en Bruselas.
Agentes de policía antidisturbios en el distrito de Molenbeek en Bruselas. EFE

Todos los meses se producen en Francia tiroteos con el emblemático Kaláshnikov como protagonista. El fusil de origen ruso, el preferido por yihadistas y delincuentes, prolifera por todo el país. Ha sido el arma empleada por los terroristas en todos los últimos atentados, incluida la matanza del pasado viernes. Es una prueba de la facilidad con que entran ilegalmente en Francia armas de guerra de todo tipo. El mismo viernes, horas antes del múltiple ataque yihadista, el Gobierno lanzó un “plan nacional de lucha contra las armas ilegales”. Quizás demasiado tarde.

Marsella es la principal puerta de entrada de esos fusiles. Y donde más se utilizan. Una búsqueda en Google con los nombres de la ciudad y del mítico fusil arroja 218.000 resultados. Rara es la semana que no hay tiroteos en la ciudad con Kaláshnikov. El último, el 10 de noviembre. Dos treinteañeros resultaron muertos en un ajuste de cuentas en el Puerto Viejo, como informó el fiscal de la ciudad, Brice Robin, el mismo que se encargó de la catástrofe aérea del Airbus 320 en los Alpes.

La exhibición más notable de Kaláshnikov en Marsella se produjo el pasado 2 de marzo. Solo unas horas antes de la llegada a la ciudad del primer ministro, Manuel Valls, más de una decena de encapuchados con Kaláshnikov se enfrentaron a tiro limpio en el conflictivo barrio de la Castellane. Un mando policial cuenta que la mayoría de Kaláshnikov vienen de los Balcanes, procedentes de la guerra de los años noventa. En origen, se compran por unas decenas de euros. El intermediario llega a pagar alrededor de 500 por unidad y, en suelo francés, se adquieren por unos 2.000 euros. Algunos de los traficantes son belgas o residen en ese país, donde tradicionalmente ha existido un mercado de venta ilegal.

Cada año mueren en Francia 1.800 personas en tiroteos, según datos oficiales del Gobierno. La policía se incauta de unas 5.000 armas anualmente. El año pasado, fueron 5.300, de las que 175 eran armas de guerra. Este mismo lunes, se han recogido 31, entre ellas un lanzacohetes. Aún es mayor el número de armas robadas: 7.500 en 2014, el 80% en casas particulares. En Francia hay cuatro millones de armas legales.

Los Kaláshnikov han estado presentes en todos los últimos ataques terroristas en Francia. En los consumados y en los frustrados. Ese tipo de fusil lo usaron los tres yihadistas que ejecutaron los ataques de enero en la revista Charlie Hebdo y en el HiperCacher de comida judía. Y en el atentado contra el tren Thalys Amsterdam-París del pasado agosto. O en el frustrado intento de tirotear dos iglesias parisinas en abril.

Ahora, el plan del Gobierno para frenar una proliferación de semejante nivel pasa por organizar una estrategia común de los países europeos contra los traficantes. Y por un mayor control de las ventas por Internet, que también es una vía de aprovisionamiento.

Cuando ese plan aún no había visto la luz, yihadistas con Kaláshnikov volvían a sembrar de cadáveres las calles de París. El fusil omnipresente en todos los conflictos del mundo, pero especialmente en las filas terroristas, acabó siendo un insoportable peso de conciencia para su creador, el militar ruso Mijail Kaláshnikov.

Pocas semanas antes de morir en diciembre de 2013 a los 94 años, el diseñador del arma más universal escribió al patriarca de la iglesia ortodoxa. “Mi dolor espiritual es insoportable. Tengo la misma pregunta sin resolver: si mi rifle se llevó la vida de tantas personas, ¿puede que sea culpable de esas muertes, incluso si se trata de enemigos?”.

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