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OPINIÓN

La noche más larga

La autora se sorprende de la forma en que París ha vuelto a la normalidad apenas unas horas después de los atentados que han costado la vida a 127 personas

Ilustración en la que diferentes líderes mundiales acompañan al presidente de Francia, François Hollande.
Ilustración en la que diferentes líderes mundiales acompañan al presidente de Francia, François Hollande.

El silencio es denso, cerrado. Cierras los ojos e intentas dormir en ese material pesado por donde siguen desfilando imágenes de cadáveres sobre las aceras, voces en off de las televisiones, galería de los horrores de una noche que parece no terminar nunca. Sabes que a tu teléfono siguen llegando mensajes “¿estás bien?”, “¿estáis todos bien?”, pero lo dejas mudo con una desagradable sensación de aprensión, como un mal augurio de algo que todavía no ha ocurrido. Inicias entonces un macabro recuento de presencias que pueda conjurar ese miedo infantil a una noche plagada de fantasmas.

En medio de la oscuridad, tendida sobre la cama, se oyen las sirenas y piensas en todas aquellas personas que esperan una noticia, en esos padres que se agolpan a la puerta de una discoteca para encontrar, puede ser, quizás, un cuerpo sin vida. Te revuelves. Sabes que, como tú, miles de personas están tendidas sobre sus camas escuchando esos mismos sonidos, acechados por esos mismos pensamientos; que esas sirenas son, en la noche muda, el hilo conductor de ese sentimiento extraño de sentirse uno y vulnerable. Esas sirenas se convierten en el canto fúnebre de esta ciudad herida.

Barrios "fruto de la inmigración"

La mañana es gris y fría. Salgo a la calle a satisfacer ese viejo ritual que uno conserva como un recuerdo del siglo pasado, voy a buscar los periódicos, como si la letra impresa fuera más cierta, menos banal, más pasajera. Los periódicos dicen que estamos en guerra y utilizan esa palabra, guerra. Miro a mi alrededor, es sábado por la mañana y las calles comienzan a llenarse de personas que han bajado a hacer las compras, pues en París perviven esos mercados abiertos como emblema de un país que, a pesar de todo, sigue pegado a la tierra. Me encuentro en uno de esos barrios mixtos, con una importante población "fruto de la inmigración”, como se llama decorosamente en francés a los inmigrantes provenientes de las antiguas colonias, principalmente magrebíes y de África subsahariana. Ellos siguen a sus cosas: algunos hablan en corrillo, otros se apresuran apremiados por alguna urgencia indescifrable en sus rostros cansados, otros simplemente examinan los productos tranquilamente, con ojo científico. Siguen ajenos al ruido, a ese ruido que les acecha desde los carteles mudos del Frente Nacional.

Sigo caminando, intentando atrapar las miradas, las palabras, en busca de indicios que me confirmen que todo esto es cierto, que de verdad ha ocurrido la pesadilla. Pero no encuentro esas señales en las miradas imperturbables con las que me cruzo, solo veo una ciudad que vive y que en ese vivir lucha contra la fatalidad de los hechos: bajo los soportales en casas de cartón improvisadas los mendigos siguen, más mal que bien, intentando conseguir unas monedas que les salven el día, de los hoteles salen parejas cogidas de la mano, cámara al hombro, en busca de ese París que se les ofrezca como una sorpresa, niños corretean junto a sus padres y sus risas resuenan como la luz misma. Para mi asombro, la ciudad sigue igual, casi indiferente y esa vida, frenética e incesante, es en sí misma una batalla ganada contra el horror. No puedo evitar sentirme admirada y orgullosa de esa elegante indiferencia, que no es más que un saber antiguo de una ciudad que se siente eterna.

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