Las diferencias entre los países de la coalición frenan la lucha contra el ISIS

El combate contra esta nueva forma de insurgencia islamista no puede ganarse sólo con medios militares

Un grupo de Pesmergas kurdos posan con un ex marine de EE UU  en Telskuf, al norte de Irak.
Un grupo de Pesmergas kurdos posan con un ex marine de EE UU en Telskuf, al norte de Irak.John Moore (Getty Images)

La conquista de Mosul, la tercera ciudad iraquí, y la subsiguiente declaración del califato en una amplia zona de Irak y Siria, despertó al mundo a la amenaza del llamado Estado Islámico (ISIS) en junio de 2014. Su crueldad ayudó a Estados Unidos a formar una renuente coalición internacional para lanzar una campaña aérea con la que combatirlo. Pero tras el anuncio de miles de bombardeos, cunde la duda sobre su efectividad. Diferencias políticas irreconciliables entre los países implicados (dentro y fuera de la coalición) frenan la lucha contra el grupo, a pesar de éxitos puntuales como la recuperación esta semana de Sinjar.

Los recientes atentados en París, Beirut y Ammán, por solo nombrar los últimos, cuestionan las declaraciones oficiales de que el ISIS está “contenido”, la última ayer viernes por parte del propio presidente norteamericano, Barack Obama, en una entrevista a la cadena ABC. Sin embargo, ya hace un año que una quincena de países (occidentales y árabes, aunque solo siete de ellos intervienen tanto en Irak como en Siria) se aliaron para “primero degradar y finalmente destruir” a ese grupo.

El Departamento de Defensa de EE. UU. publica una exhaustiva lista de los objetivos alcanzados por la Operación Resolución Inherente. Pero el resultado es como mínimo discutible. Aunque en Irak han logrado frenar el avance de los yihadistas, estos siguen controlando Mosul y atrayendo a un amplio sector de la comunidad árabe suní de ese país. En Siria, sin embargo, el aguante del régimen de Bachar el Asad y la división y debilidad de la oposición armada, está permitiendo que el ISIS avance, a menudo con el consentimiento de los suníes de las zonas rurales.

“Somos los únicos que estamos sobre el terreno, si nos dejaran en un par de meses acabaríamos con ellos", fanfarroneaba recientemente ante esta corresponsal un diplomático iraní. "Total ¿cuántos son? ¿30.000? ¿50.000 milicianos? ¿Qué es eso para un Ejército como el de Estados Unidos? Si no les derrotan es porque no quieren”, insistía.

Es una idea peligrosa, pero extendida en algunos lugares de Oriente Próximo, que revela parte de la complejidad de luchar contra un grupo al que al principio se consideró solo terrorista y que ha planteado un nuevo modelo de insurgencia islamista (suní). Además de usar el terror, el ISIS explota el descontento de las poblaciones locales y la ausencia de Estado, y maneja con enorme destreza las redes sociales.

Si bien es cierto que tras las intervenciones en Irak y Afganistán de la pasada década ni Estados Unidos ni sus aliados occidentales están dispuestos a volver a enviar tropas a Oriente Próximo, la batalla no es solo militar. Tal como reconocen diplomáticos, políticos y uniformados, se necesita resolver primero la brecha sectaria alimentada por la rivalidad regional entre Irán (chií) y Arabia Saudí (suní) desde hace al menos tres décadas.

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En sus declaraciones públicas todos condenan al ISIS, pero mientras para Irán se trata del enemigo público número uno, para Arabia Saudí ese podio lo ocupa la República Islámica, cuyo régimen ha visto como una amenaza a los intereses árabes desde la revolución de 1979. De ahí que su respaldo a la coalición antiyihadista se haya visto mermado por su empeño en combatir la influencia iraní en Yemen, una aventura que muchos analistas consideran un desastre.

A la vez el entusiasmo anti ISIS de Teherán, que en principio constituiría una estupenda base para la cooperación con Occidente como sugirió su propio ministro de Exteriores, resulta contraproducente en la práctica. Su apoyo a las milicias chiíes de Irak ha minado el desarrollo de las fuerzas de seguridad, frenando los objetivos de la coalición, y la autoridad del Gobierno de Bagdad, que la minoría suní percibe como una extensión de la República Islámica. La marginación política y falta de oportunidades que han sentido los suníes iraquíes desde el derribo de Sadam Husein en 2003 ha contribuido al avance y arraigo del ISIS.

Intereses enfrentados

Del mismo modo, el respaldo de Irán al régimen de El Asad (la única revuelta árabe que Teherán no ha considerado legítima) lo descalifica a ojos de la dividida oposición siria. Sus múltiples grupos solo han encontrado ayuda en las petromonarquías, más deseosas de dar una lección a Irán que de cualquier cambio que pueda traer la menor brizna de democracia.

No es el único caso de intereses contrapuestos. Turquía, nominalmente en la coalición, ha rechazado participar en los bombardeos porque, tras su inicial interés en la caída de El Asad, se ha percatado que el abandono del statu quo empodera a los kurdos y no está dispuesta a tolerar que su propia población kurda (unos 15 millones de sus 80 millones de habitantes) reclame mayores derechos o una autonomía.

Esas diferencias se extienden a los propios kurdos. Su éxito de esta semana en Sinjar (con el apoyo aéreo de EE.UU.) no ha podido ocultar las rivalidades entre los partidos del Kurdistán iraquí (motivo del retraso de una operación prevista para semanas atrás) o entre los kurdos iraquíes y los del PKK sirio, quienes aseguran haber hecho la parte dura del avance contra el ISIS mientras sus hermanos iraquíes se colgaban las medallas.

Lo que es más peligroso. La apuesta por apoyar a los Peshmerga (fuerzas kurdas iraquíes) pone a Washington en una difícil tesitura con el Gobierno de Bagdad, que ve cómo los kurdos se hacen con el control de territorios en disputa y que no estaban incluidos en su autonomía. Sinjar es un ejemplo simbólico, pero Kirkuk, con sus reservas de petróleo, puede llegar a constituir un casus belli. Algunos observadores ya han advertido del riesgo de que se reabra el conflicto árabe-kurdo.

“El ISIS se enfrenta a una creciente presión por parte de la coalición que lidera EE. UU., pero sus recientes pérdidas territoriales no anuncian una mayor estabilidad”, resumía un reciente análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra.

Sobre la firma

Ángeles Espinosa

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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